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Jugar a pesar de todo

  • Roxana Cortés
  • hace 11 minutos
  • 4 Min. de lectura

(Ensayos para transmutar el dolor en la obra de Jorge Alfaro)



En el arte contemporáneo, la obra es menos un objeto que un modo de lectura. Se despliega como práctica que organiza materiales, gestos y relaciones. Vemos una forma y, detrás, opera un sistema de decisiones que orienta nuestra experiencia sin agotarla. Didi-Huberman ha insistido en esa potencia del arte como dispositivo crítico, una herramienta capaz de desplazar la mirada y, en ese desplazamiento, provocar otras maneras de pensar.

En ese umbral sitúo Des-armar. Desechar. Re-sanar. Ensayos para transmutar el dolor, una exposición que no pide contemplación, pide posición. Se presentó en el Festival de Arte y Ciencia El Aleph (UNAM, 2023), con obras de Jorge Alfaro y guion curatorial de Antonio Lozano. La muestra enlazó dos series, Estética de lo desechable y Des-armar. Desechar. Re-sanar, sostenidas por un diálogo insistente entre experiencia local y factura escultórica. No fue una exposición “de su momento”. En 2026 todavía nos interpela y afila una lectura del presente.

Alfaro vive desde hace décadas en la colonia La Mira, en Acapulco. Ha visto cómo la ciudad se volvió indicador rojo y la inseguridad se hizo rutina. En ese marco, la afirmación de Lozano, “la violencia permea la obra de Jorge Alfaro”, adquiere espesor, porque no refiere a un motivo añadido, remite a una normalidad forzada. Desde 2006, con el inicio de la guerra contra el narcotráfico durante la presidencia de Felipe Calderón, el deterioro social incidió en los procesos creativos de numerosos autores del municipio. Crear, en este contexto, se sostiene como búsqueda de dignidad, de cuidado y de cohesión comunitaria, incluso desde la fractura.

Hay otra idea de Didi-Huberman que ayuda a mirar aquí. Los tiempos oscuros no se viven únicamente como información o diagnóstico. Se viven como peso sobre el cuerpo. Ese peso aplasta el deseo y estrecha la imaginación. En Sublevaciones, el curador francés mostró cómo el montaje puede entrecruzar emociones colectivas, malestar social y agitación política, sin reducirlo a una consigna que simplifica el conflicto. Esa lección sirve para leer esta exposición, porque el montaje no solo ordena piezas, ordena tensiones y nos empuja a preguntarnos qué significa mirar, tocar, participar, cuando lo que rodea es amenaza. Desde ahí, la obra de Alfaro no presenta la violencia como tema. No la narra, la trabaja. La asume como problema de forma, de relación y de materia. En lugar de ilustrar, las piezas producen fricción y nos colocan ante un campo de decisiones.

En Estética de lo desechable esa fricción aparece primero como engaño perceptivo. Te acercas convencida de ver un pliegue de papel y el peso desmiente la mirada. Lo que parecía plástico responde con dureza mineral. Lo que parecía aluminio devuelve una nobleza fría. La materia imita la apariencia para exhibirla. La obra obliga a pasar del ojo a la mano, de la mano a la imaginación y de la imaginación a una lectura ética. Lo desechable deja de ser un adjetivo cómodo y se vuelve síntoma, pedagogía del consumo.

La serie Des-armar. Desechar. Re-sanar tensa aún más el recorrido. Aquí el juego no funciona como alivio, funciona como método. Gadamer recuerda que no hay cultura sin un componente lúdico, porque el juego no adorna la vida, la organiza. En la muestra, lo interactivo convoca comunión y movimiento, pero el punto de partida incomoda. El arma de fuego aparece como emblema del presente y plantea una operación concreta: resignificarla, reprogramarla, desarmarla y rearmarla de otras formas. Así, la pieza no borra el objeto, le disputa su destino y lo empuja hacia otra gramática.

En el recorrido aparece una escena insistente. La mano se acerca y duda. El cuerpo siente una mezcla de curiosidad y resistencia. La obra convoca participación y obliga a preguntarse qué significa tocar aquello que amenaza. Esa duda no estorba, es parte del dispositivo. El juego deja de ser escapatoria y se vuelve prueba.

Ahí ocurre el desplazamiento decisivo. La escultura deja de ser contemplación y se vuelve agente político. Interviene en la sensibilidad, invita a una catarsis colectiva, pero no como descarga fácil sino como reordenamiento del sentido. Cada pieza propone un ejercicio de transfiguración, ensaya modos de mirar el daño sin convertirlo en espectáculo, sin permitir que se imponga como centro magnético de la experiencia.

El rigor técnico de Alfaro no busca virtuosismo, busca desplazamiento ético. La claridad discursiva se sostiene en la técnica, no se le añade como comentario. La materia no ilustra una idea, la produce. Por eso la pregunta final no es qué “dice” la exposición sino qué nos exige. Qué hacemos con lo que nos hiere. Cómo se transforma la violencia cuando adquiere forma artística y esa forma, en vez de repetir la lógica de la amenaza, abre un lugar para el encuentro.

Jugar a pesar de todo no es una consigna luminosa. Es una apuesta difícil. Es forzar una grieta en los tiempos de plomo para que algo distinto respire. Una reapropiación mínima del cuerpo, de la mano, de la posibilidad de estar con otros. Pienso en el instante en que el metal, despojado de su mandato, deja de apuntar y se vuelve objeto en suspensión. Ahí la obra hace lo más radical: no borra el dolor, lo desarma y ensaya una forma de reconocernos en medio de un presente atravesado por la violencia. ⚅

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[Foto: David Espino]

 
 
 

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