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Ir al cine

  • Carlos F. Ortiz
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Me gusta ir al cine. Desde niño. Recuerdo que en mi infancia nos llevaban mi padre y mi madre. Caminábamos desde la Viguri hasta el cine Jacarandas. En fila india —decía mi mamá—, en las partes donde no había banqueta. Llegábamos y afuera comprábamos refresco en bolsa. A veces llevaba tortas o dulces. El cine en aquel tiempo era de permanencia voluntaria. Y era de esos teatros grandes, con pasillos anchos, y uno podía subir a jugar en el templete. Había intermedio de diez minutos y te podías quedar a ver la siguiente película. En ocasiones se proyectaban hasta tres. Esos eran mis días más felices: estar ahí, en la sala, con mis hermanos y mis papás.

Ir al cine era como ir de camping. Hay una frase que dice: “el cine se ve mejor en el cine”, y también se vive y se disfruta. Hoy ir al cine ha cambiado. Es un lujo. Los precios son muy elevados. La dulcería supone un gasto fuerte. El ambiente también ha cambiado. Hay gente que va al cine a ver su celular o a estar hablando. Antes era también un lugar de encuentro, de hacer amigos o tal vez sólo de conocer gente. Chilpancingo era una ciudad pequeña y muchos nos conocíamos, así que era común hallar a compañeros de escuela o vecinos de la calle.

Hace unos días, en la premier de Sirat: Trance en el desierto, un par de no tan jovencitas —de más de treinta— se la pasaron las casi dos horas que duró la película hablando y viendo su teléfono. Cuando les pedí guardar silencio se burlaron. Con cierto menosprecio me soltaron una frase insulsa desde su pretendida juventud: “qué oso con el señor”. Como si los años fueran un asunto grave, molesto.

Desde su aparente corta edad se ofendieron porque otra persona mayor que ellas les pidió, de favor, callarse. Parece que ese desdén hacia las personas de más años fuera una afrenta a su edad. Hay un miedo social a ser viejo. Por eso tantas campañas para conservar la juventud: cremas, tratamientos, operaciones, dietas, ejercicios. Envejecer hoy se ve mal. Que se note el paso de los años en tu cuerpo no es tolerable. Siempre es mejor aparentar un cuerpo joven, sin arrugas, sin canas. No por salud: por imagen, por vanidad.

Pareciera que me estoy desviando del tema, pero no. Ir al cine me hizo recordar lo que era ir antes. Y sentirme así me hizo reflexionar sobre cómo envejecemos ahora. O mejor dicho: sobre cómo no envejecemos. Antes las personas mayores eran vistas con respeto. Era gente que, a través de los años, guardaba conocimiento de la vida. Daba consejos, contaba historias. Hoy los viejos están aislados. Son artefactos obsoletos. Los consejos que guardan o pueden transmitir no son útiles para estos tiempos. No saben de tecnología; hablan de cosas que ya no interesan. Sus temas son de señoros —dicen los más jóvenes—, porque en estos tiempos hablar del pasado es hablar de cosas sin interés, aburridas. Ahora todo se encuentra resumido en reels de unos cuantos segundos, en lo simple, en lo fácil, lo banal.

Byung-Chul Han dice que envejecer es una anomalía en un mundo obsesionado con la inmediatez, la hiperactividad y la productividad. El envejecimiento es despreciado porque representa lentitud, pausa y fragilidad. Hay un rechazo a lo otro, a lo distinto, a lo que no encaja con la supuesta normalidad.

“Qué oso con el señor” es una frase que intenta ser un dardo. Una frase con ironía, filosa, que no muestra más que falta de profundidad generacional. Un arcaísmo en estos tiempos tan vertiginosos. A los 30 años decir “qué oso” suena como un LP de 45 revoluciones. Esas frases que los chavos usaban, que se emocionaban escuchando RBD y tiraban la baba por Robert Pattinson en Crepúsculo. Hoy se niegan a descubrir que su adolescencia ya las abandonó hace algunos años, que la estupidez no es sinónimo de juventud.

Ir al cine hoy es una apuesta. Es complicado encontrar películas subtituladas, o no tan predecibles, o no tan comerciales, o simplemente no toparse con estos eternos jóvenes que se niegan a crecer, a ser adultos. Porque disfrutar una película no es de viejos ni de jóvenes. Respetar a los otros es un acto de comunidad. Ir al cine también supone un gasto enorme. Es difícil ahora ver familias enteras disfrutando en un espacio tan maravilloso: riendo, llorando o tal vez soñando, con sus palomitas cada uno. Ir al cine es como ir al templo a encontrarse con la espiritualidad de la creación. Un acto de fe ante una historia que sucede de pronto en la pantalla. Ir al cine es también envejecer tranquilo mientras las historias se van hilando, formando parte de nuestra vida. ⚅

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[Foto: David Espino]

 
 
 

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