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  • Aída López Sosa

Condenados a repetir la historia

“Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugados por la colera del huracán bíblico...”.

Cien años de soledad





En una ocasión, conversando con un analista experto en geopolítica me dijo que a Yucatán no le hacía bien que se le ubicara como sur, además de que está a la misma altura de Guanajuato, al noroeste, y señaló ambos estados en el mapa. Que el sur es la parte pobre del país y eso era perjudicial, que los diputados locales debían llegar a un punto de acuerdo si querían cambiar la imagen del estado y con esto gozar de mayor presupuesto. Si bien es verdad que el sur concentra tres de los estados más pobres de México, también es real que tiene las playas más bellas, aunque su encanto conlleve a la mezquindad inmobiliaria y a desgracias meteorológicas.

En 1988 viví el huracán Gilberto que asedió la península de Yucatán por más de una semana. Nos asolaba con regresar cuando parecía que todo había pasado y así nos mantuvo en vilo días redondos. En aquel entonces, no imaginábamos los celulares, mucho menos el internet. Dependíamos de Telmex y de Televisa, ni siquiera había televisión por cable, aún seguíamos escuchando casetes y elepés, así que cuando nos quedamos sin servicios nos quedamos realmente incomunicados sin saber qué era lo que Televisa transmitía al resto del país. Por supuesto tampoco llegaron brigadas de voluntarios independientes quizá ni donativos, más que los oficiales de la Cruz Roja y de Cáritas por parte de la iglesia. Estando en la misma ciudad nunca supimos lo que pasó a un kilómetro de distancia. Los ricos a falta de servicios abandonaron sus casas a los empleados domésticos y se fueron a hospedar al único hotel de cadena recién inaugurado donde yo realizaba mis prácticas profesionales en Recursos Humanos, por eso lo sé. La clase media se mantuvo en sus viviendas de mampostería, aunque sin servicios, y la gente pobre perdió lo poco que tenía y terminó en los refugios a expensas de las dádivas del gobierno. Nunca supimos a ciencia cierta el costo de los daños materiales y humanos, solamente lo que publicaban los periódicos, comparsas del poder en turno. Como en cada desastre, Mérida se paralizó un par de semanas o quizá más. Luego nos enteramos de que las casas que se encontraban a la orilla de la playa, se las había tragado el mar, algunas dejaron vestigios de lo que un día fueron. La lección, comprar propiedades en la segunda fila ya que, si algún día el mar regresaba hambriento, sus dueños no sufrirían en vida la erosión de su patrimonio, cuando lo que se estaban erosionando eran precisamente las playas, claro, a un ritmo lento, no como el actual.

Ahora, después de tres décadas, la agresión a las once costas yucatecas es masiva y no por casitas playeras, donde la familia se va a descansar un fin de semana, sino por imponentes complejos de departamentos de lujo vendidos a extranjeros, cuyos precios están en dólares y al cambio van desde los diez millones de pesos mexicanos hasta el infinito, según los servicios y amenidades con que cuenten, pero bien lo valen por tener cien metros cuadrados frente a la costa Esmeralda y ver a los flamencos cruzar volando. Paisaje que fue de los pescadores y de las generaciones que cuidaron celosamente la virginidad de sus playas y que ahora se venden a los extranjeros, quienes terminarán despojándolos y en el mejor de los casos se quedarán a servirlos, esa es la promesa, que tendrán trabajo y mejorará su vida al tener ganancias seguras que no ofrece el mar y sus frutos. La historia se repite en otro contexto.

La visión empresarial del gobierno ha comercializado Yucatán. Los meridanos vemos con nostalgia que las costumbres y la cultura se han ido desdibujando, dejando sombras amorfas de la península que fue antes de la gentrificación y la turistificación, de ese sabor amable al caminar sus calles o al sentarse en un parque a saborear un sorbete mientras se escuchaba una serenata, espectáculo del que ya no participamos porque nos sentimos ajenos a lo que se ha convertido en una marca. Lo originario como atractivo turístico menoscaba la autenticidad al disfrazarlo de artificios quiméricos. Los visitantes creen que los yucatecos vivimos en ese halo de sabores que ofrece la gastronomía o ensoñados entre boleros y bambucos de los tríos, no imaginan que ese rostro es para ellos nada más; sin embargo, con esa ilusión muchos toman la decisión de mudarse a la tierra prometida, olvidando el calor y los moscos, nada que el aire acondicionado y un repelente no solucionen.

Cada año lo huracanes amenazan, es el precio de vivir al nivel del mar, pero ahora con la colonización discrecional de la costa peninsular tememos que se cumplan, porque si la memoria humana es corta, la historia ha demostrado que la naturaleza no olvida. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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