Cuando cierran los lugares que nos representan
- Carlos F. Ortiz
- hace 3 días
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Hay lugares que se vuelven representativos de una ciudad, que llegan a formar parte de su historia cotidiana, que están presentes en el imaginario y en las anécdotas. Lugares como Don Cafeto, que estuvo muchos años en el andador de la Libertad de Expresión; o La Covacha, en la esquina de Zapata y Madero; o el ¿Ton’s qué?; el cine Guerrero, el cine Colonial o el cine Jacarandas. Lugares que nos traen recuerdos a los viejos habitantes de esta ciudad.
Cuando un lugar como estos cierra, la ciudad cambia su fisonomía. Algo se mueve. Sus habitantes pierden una parte de sí mismos. No es negar la transformación, es tratar de retener eso que se nos escapa: esos espacios donde habitamos, que fueron parte de nuestra vida.
El cierre de la librería Macondo —o al menos de su sucursal principal— es el cierre de una época. Treinta y dos años. Llegué a ella en mi etapa de preparatoriano. Ahí compré mi primer libro de Bukowski, de Fante, de Mishima, de Herta Müller. Una gran parte de mi biblioteca salió de ese lugar ubicado en Galo Soberón y Zapata. Ahí, donde en el 2000 había un café: el Aranza, y donde La Tarántula organizó presentaciones de libros y lecturas. En aquel lejano año, inicio de siglo, aún no sabíamos de la violencia del narco, del miedo de caminar por ese andador sin temor a una balacera, a encontrarse con un cadáver a nuestro regreso a casa.
El cierre de una librería, de una biblioteca, de un centro cultural nos afecta a todos. No sólo a los que los visitan. Nos afecta porque nos quedamos sin un espacio que nos permite acercarnos a nosotros mismos, acercarnos a los otros. Que está ahí esperando. Ahí conocí amigos. Esos que habitan en la dimensión de un libro, en el infinito del espacio y del tiempo. También amigos con los que he compartido un café, una charla, con quienes he intercambiado lecturas, preocupaciones, ilusiones.
Cierra ese espacio, esa ciudad imaginaria que habita un lugar de cien años de historia, de más de cien mil historias que pueblan los libros en los estantes en espera de un lector. Cierra y deja un lugar en silencio y vacío. Esa esquina ya no será la misma.
Las ciudades cambian como en esa novela de Paul Auster, El país de las últimas cosas, sin ese vértigo ni esa prisa, pero cambian. Casas que derrumban, edificios que aparecen de pronto, OXXOS, tiendas de autoservicio, tiendas de ropa, de productos chinos, de zapatos, bares; baches, semáforos que desaparecen. Calles sin numeración, sin nombre. Laberintos de una ciudad que se disipa, que va terminando acaso como un recuerdo.
Las ciudades cambian, los habitantes cambian. El mundo, las canciones, la manera de observar, de vestir: todo es diferente. Vamos perdiendo algo en esa batalla en el desierto, y como Carlitos, enamorado de Mariana, vemos que la ciudad ya no es la misma, que nosotros ya no somos los mismos.
Macondo cierra. Chilpancingo pierde un espacio. El andador Zapata es devorado por las tiendas de ropa, por cantinas. Los transeúntes ya no sentirán el llamado de esas vitrinas, de las seductoras portadas de los libros que llamaban de pronto como sirenas en un mar de letras. Cierra y una tristeza que llega como un frío silencioso recorre mi carne. Sé que podré visitar la otra sucursal, pero un golpe de nostalgia me abraza. Andar por esa calle ya no será lo mismo. Hemos perdido tanto que la ciudad se va diluyendo. Se nos va escapando.
Las circunstancias son muchas: la falta de lectores, de políticas culturales, del incremento salvaje de las rentas. Una librería, una biblioteca, un cine, un teatro, una galería, un centro cultural no deberían cerrar sus puertas. Son espacios necesarios para construir lugares de convivencia y de encuentro.
Cuando un estudiante mata a dos maestras en Morelia, debemos pensar: ¿qué hemos hecho mal?, ¿qué nos ha pasado? Cuando una maestra en un pueblo de la Costa Chica desaparece y no se sabe nada de ella, debemos ponernos a reflexionar. Cuando una niña en Taxco es asesinada, y muchas adolescentes son desaparecidas, debemos observar nuestra ciudad y ver qué nos hace falta. ¿Cuántas librerías, bibliotecas, teatros, cines, galerías, museos hay en nuestra comunidad? Podemos culpar a los narcocorridos, los videojuegos, el internet, el TikTok, a los gringos, al cambio climático; podemos ver con mala cara al vecino. Pero eso no basta.
El cierre de Macondo limita las posibilidades de un mejor lugar. El cierre de la biblioteca central nos arrebata un lugar de nuestra memoria. Y no es estar en contra del cambio, es estar en contra de la falta de un proyecto urbano, un proyecto cultural. ⚅
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[Foto: Paul Medrano]




Saludos, hace un tiempo vi al “cafeto”, y con esta lectura se encaminaron muchos recuerdos.