top of page

Cuando la poesía muerde

  • Geovani de la Rosa
  • 16 feb
  • 4 Min. de lectura


Seamus Heaney y W. H. Auden expresaron, con una sinceridad dolorosa, que ningún poema ha detenido una guerra, derrocado a un tirano o evitado una masacre. Pues la poesía no detiene ejércitos ni firma tratados de paz. Tampoco construye hospitales ni abastece de agua potable a un pueblo. Posiblemente, sus efectos son más sutiles, casi imperceptibles y, por ello, los utilitaristas de cada época la han considerado un asunto inútil. Sin embargo, lo que a primera vista parece debilidad, en realidad es su fuerza profunda, porque los poemas no cambian el mundo inmediatamente, pero sí, con lentitud, cambian la forma en que lo miramos, lo pensamos y, en consecuencia, lo habitamos.

Como en el poema Si te quedas en mi país del peruano Enrique Verástegui, donde el verso no es consuelo sino insistencia: quedarse, enfrentar, nombrar lo que duele, lo que persiste, lo que el abandono y la indiferencia intentan borrar. Allí escribe con crudeza: “En mi país la poesía ladra / suda, orina, tiene sucias las axilas”. Verástegui nos recuerda que la poesía es cuerpo, es urgencia, es visceralidad. Nos demuestra que habitar el país de los vivos y los muertos implica ensuciarse, sudar, resistir con todas las imperfecciones y malos olores de lo humano.

La poesía no actúa en el terreno de lo fáctico, sino en el de la conciencia. Sus pertrechos no son las glosas legales ni las armas de última generación, sino las imágenes, los ritmos, las resonancias. La conciencia que se despierta a través de un poema no suele ser espectacular y rimbombante. Es íntima, casi imperceptible, como una grieta en la costumbre. Alguien lee un verso y, sin saberlo, ya no volverá a mirar la lluvia, la pobreza, la injusticia o la ternura de igual manera. Ese cambio minúsculo, repetido en miles de lectores a lo largo del tiempo, configura lentamente otra percepción del mundo. No transforma de inmediato la realidad material, pero sí altera los cimientos desde donde esa realidad se construye.

Quizá el error ha sido medir a la poesía con los parámetros de la eficacia política o económica. Si esperamos que un poema derogue decretos o incremente salarios, inevitablemente nos decepcionará. Pero si lo pensamos como un laboratorio de sensibilidad, un espacio donde se ensayan nuevas formas de sentir y de pensar, la poesía aparece entonces como una fuerza indispensable. Los versos gestan intuiciones que más tarde pueden convertirse en movimientos sociales, en cambios de mentalidad, en gestos de resistencia. Toda revuelta cultural tuvo antes un murmullo poético.

Auden mismo, al subrayar la impotencia inmediata del poema, reconocía su poder mediado, puesto que la poesía contribuye a que seamos conscientes de la realidad que estamos creando. Es decir, nos devuelve un espejo crítico sobre nosotros mismos, nuestros pasos, lo que habitamos. Y, en los tiempos que corren, pocas cosas son más urgentes que esa conciencia, porque muchas veces vivimos como si el mundo fuera algo dado e inmodificable, cuando en realidad se teje a cada instante con nuestros actos, nuestras omisiones y con nuestras palabras. La poesía no cambia el mundo de un golpe, sino que nos recuerda que el mundo puede cambiar, que el mundo no está cerrado.

En Sudamérica, durante las dictaduras, esta conciencia fue un acto de resistencia. Juan Gelman escribió versos atravesados por el exilio, la pérdida y los desaparecidos; Raúl Zurita convirtió el dolor chileno en cicatriz escrita sobre el desierto y el cielo; Idea Vilariño, con su laconismo devastador, dejó constancia de un tiempo de soledad y silencios forzados; Ernesto Cardenal levantó desde Nicaragua salmos contra la injusticia y plegarias de liberación. Ninguno de ellos detuvo la tortura ni la censura, pero sí testimoniaron lo que el poder quiso borrar. Sus poemas, publicados en otros países, fueron leídos en secreto, se transmitieron de mano en mano y encendieron una llama de memoria en medio de la oscuridad. No fueron armas, sino refugios y señales, recordatorios de que, incluso en medio del terror, el lenguaje puede decir “aquí estamos”.

Hoy, cuando algunos levantan la bandera de una “pureza poética” que reniega de toda postura ética, conviene recordar que esa asepsia es mentira. Ni la literatura ni ningún producto intelectual son inocentes; todo acto y creación humana, como la poesía, tienen intenciones, por más que ciertos círculos los disfracen de adorno inofensivo. Cada poema carga una mirada del mundo y una forma de habitarlo; legitima silencios y los rompe. Por eso, junto a la tradición canónica, florece una poesía escrita por mujeres que interpelan el patriarcado, por migrantes que narran el desarraigo, por trabajadores que poetizan su jornada y su desgaste, por afrodescendientes que restituyen la memoria negada, por quienes no tuvieron casa y aun así encontraron en la palabra un techo común. La poesía no es solo un juego estético; es la irrupción de esas voces marginadas que dicen: existimos. Allí donde se impone el mutismo, hoy se alzan testimonios que incomodan y amplían lo humano. Ese, posiblemente, sea el fin de la poesía: desgarrar el velo de lo oculto, abrir otras perspectivas y sembrar sensibilidades nuevas que ningún poder podrá domesticar.

Y así, para cerrar, como dice Verástegui: “La poesía rueda contigo de la mano / por estos mismos lugares que no son lugares / para filmar una canción destrozada… Y por la poesía en mi país / si no hablaste como esto / te obligan a salir… Porque una lengua hablará por tu lengua / y otra mano guiará a tu mano / si te quedas en mi país”.

No es un final cómodo ni limpio. Es un llamado a estar presentes, a soportar lo que duele y nombrarlo, a dejar que la palabra nos acompañe y nos arrastre, incluso cuando todo parece conspirar para expulsarnos. La poesía muerde porque nos obliga a vivir, a mirar, a resistir. ⚅

_________

[Foto: David Espino]

 
 
 

Comentarios


bottom of page