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Cumpleaños

  • José Agustín Solórzano
  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

No sé si para bien o para mal, pero envejecemos más rápido que nuestra literatura. A unos días de haber cumplido los veintinueve, escribo esto en el mismo lugar que lo hago hace más de dos años. Estoy rodeado de libros y recuerdo unos versos de Borges: “… del alto de libros que una trunca / sombra dilata por la vaga mesa, / alguno habrá que no leeremos nunca”. Justo ahora, para asegurarme de que lo he recordado bien, me levanto y miro en los estantes. Recorro con los dedos los lomos de varios ejemplares antes de dar con el que busco. ¿Cuál de los libros que he tocado no leeré jamás? Ése será el más importante: el que nunca leí. Vivimos un instante inconcluso, un perenne aplazamiento.

Pienso también en lo que no he hecho, en lo que he dejado de hacer, y sé ahora que la vida se trata de esos momentos que no sucedieron, como si transcurriéramos frente a un espejo que hace lo contrario de lo que hacemos. Una vida acá y otra allá. Quizás sea que ahora tengo el libro de Borges en las manos, pero pienso en el espejo como en una forma de explicar lo que trato de decir: somos un laberinto de posibilidades que, apenas reflejadas, se vuelven un fantasma de lo que pudimos ser pero que, sin duda, en algún otro mundo somos. Acá y allá. Dos o varios universos en los que los otros yo también sienten esa nostalgia espectral de no haber sido o hecho algo. Y cada uno de esos yo está construido por sus carencias, por la ausencia de los otros yo que también lo contienen.

Entonces, volviendo al tema, que hasta ahora no es ninguno: uno cumple años y piensa cursilerías que encubre con metafísica. Ya he dejado en la mesa a Borges y trato de seguir escribiendo. Hago silencio y siento que los libros me miran. ¿Se ríen? Piensan en la brevedad de los hombres, en la aparente necesidad de conocimiento que envuelve al ser humano. Me miran y se saben objetos ornamentales, capaces de comunicar sólo en la medida en que el sujeto los violente: abra sus cuerpos y les arranque un significado vacío que uno tiene que llenar con su conocimiento, sí; pero también con sus complejos, sus prejuicios, sus debilidades y esas ausencias que mencionaba. Cuántas lecturas fantasmas tiene un libro, y cuántos de esos fantasmas que lo leemos lo hacemos por una necesidad legítima de saber y no de pretender. Ellos me miran y se ríen: escucho sus voces garabateando una carcajada.

Podría no seguir con esta nota, que más bien parece la página de un diario, pero pienso que los diarios son una forma singular de la literatura; pienso también que, en la literatura, lo universal es lo que individualiza; lo que vuelve trascendente a un texto es lo que lo hace tangible, humano, perecedero. Tal vez por eso algunos prefiramos los libros en papel, porque nos miran como ahora hacen éstos, porque ellos también pueden morir, aunque realmente lo que muere es el papel, pues el libro permanece; es decir, el libro es su lectura, el libro es su lector.

Así es que escribimos porque queremos volvernos legibles, porque luego de perecer queremos seguir siendo la lectura del mundo que fuimos, aunque ese mundo se conforme por ausencias.

Cumplí veintinueve y recuerdo también que hace diez años escribí: “Qué puede hacer uno a sus diecinueve si no es asustarse”. ¿Era susto o sorpresa lo que sentía? Ya no lo recuerdo; lo que sí sé es que sigo asustado y sorprendido. Aunque debo decir que también las cosas han cambiado. Por decir algo: leo más lento, bebo más lento, vivo más lento. La voracidad de los veinte empieza a desaparecer y a ser sustituida por la contemplación irremediable de lo que queda por hacer, del libro que jamás leeré y del poema que nunca será escrito.

Ya lo dije: somos lo que nunca fuimos. No he hecho nada de mi vida y lo he hecho todo. La paradoja. Me he dado el lujo de creer en mí y he perdido. Soy el único que ha sacado ganancia de mis derrotas. Ahí tengo un lindo epitafio. Hoy estamos de gala.

La vida transcurre así. Otra vez es ayer, otra vez es mañana. Siempre. Los que transcurrimos somos nosotros; el tiempo permanece. No tengo veintinueve: tengo los años que tiene cualquier recién nacido, los viejos que agonizan, Nicanor Parra. Todos podemos morirnos al segundo siguiente; las probabilidades son un juego de azar al que vale más no apostarle. Compartimos eso: la muerte. Y bajo ninguna circunstancia la vida; ésa es para nosotros solos y cada quien se la come como puede, con las manos o con cubiertos de plata, pero en el inodoro todo se mira igual. Basta.

Debo terminar estas divagaciones antes de que se vuelvan ilegibles. Ya veo venir algunos comentarios: ¿estará triste?, ¿te sientes mal?, le llegó la crisis de los treinta. ¿Pero qué le hicieron a este tipo? Pero soy un sujeto alegre, aunque no lo parezca. Pienso estas cosas y las escribo antes de sentarme a la mesa para zamparme la comida que preparé. Luego tal vez lea un rato, beba un ron con cola y vea alguna película.

Al final, tomo el libro de Borges y leo: “El hoy fugaz es tenue y es eterno; / otro Cielo no esperes, ni otro Infierno”. Coloco el ejemplar de vuelta en el estante y pienso: uno menos. ⚅

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[Foto: Paul Medrano]

 
 
 

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