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De immanis

Enrique Montañez
hace 9 minutos
2 min de lectura

Las aproximaciones filosóficas a los monstruos, de suyo muy antiguas, son heterogéneas y abigarradas; discurren entre la concepción naturalista y la religiosa. Para Plinio, lo monstruoso es concebido como “lo otro”; para Agustín de Hipona, esos seres extraños son “signos”, “prodigios” a través de los cuales Dios encripta mensajes a los hombres acerca de la salvación de su alma.

Aristóteles, basado en la cosmogonía y la zoonogía de Empédocles, quien confirmaba la existencia de entidades formadas por partes de cuerpos desemejantes, por ejemplo, bueyes con rostros humanos, proclamaba que la monstruosidad no era algo contranatural por sí, sino solo errores en el propósito, pues la “naturaleza no hace nada en vano”.

En De Generatione Animalium, el estagirita argumenta al respecto de los fines en la naturaleza, para lo cual recurre a su principio primero de la comparación entre el arte y esta. De tal manera que, así como las perseverancias artísticas tienen una finalidad, y en ocasiones surgen errores en el proceso, resulta indudable que se presenten yerros en la naturaleza.

“Los monstruos son, entonces, errores de la naturaleza en la consecución de su fin”, suscribe Manzo Silvius; intencionalidad que se enfila hacia lo que es mejor. Empero, entre las premisas de Aristóteles subyace que la generación de los monstruos obedece a un cometido previsto por la naturaleza y, en consecuencia, por Dios.

Los teratólogos del siglo XVII hipotetizaron que el cometido de Dios al consentir la existencia de los monstruos es para realzar la belleza del universo mediante la contraposición con las criaturas normales; providencia de concesión, la llamó Tomás de Aquino. “Los monstruos sirven para adornar la creación en la diversidad”, expone Francisco Suárez en su Disputatio.

El de immanis, es decir, lo monstruoso, lo salvaje, lo inmenso, representa entonces una finalidad universal. No obstante, también encarna un contrasentido teleológico, pues el monstruo compete a la categoría de los fenómenos hasta cierto punto antagónicos a la naturaleza, por lo cual están impedidos de reproducirse; ocurren por generación fortuita, un azar de locura diamantina, fisura en la inteligencia inmanente con que obra la naturaleza.

Y precisamente por su escisión respecto del mundo natural, su valía calológica y grado de atracción se potencian. El goce estético de los monstruos, de acuerdo con la tesis aristotélica, la cual han retomado ciertos rétores de la teratología contemporánea, se explicaría por la coincidentia oppositorum: vida-muerte, luz-sombra, dicha-tristeza.

El monstruo se cristaliza en principio poético, pues, dixit Aristóteles en Física: “…el arte completa lo que la naturaleza no puede llevar a término”. Y así como el poeta, en especial el de linaje heleno, creó dioses impulsado por la necesidad más imperiosa a través de los mitos, erigió al monstruo como su opositor sine qua non en su afán de mímesis de la realidad. Y el arte, en reminiscencia a Nietzsche, es un suplemento metafísico de la realidad natural, yuxtapuesto a esta para, debidamente, contribuir a vencerla por obra de lo sublime. 🂓

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[Foto: Carlos Ortiz]

 
 
 

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