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Un laberinto de ausencias y metamorfosis

Jorge Manzanilla
hace 5 días
3 min de lectura

Hay libros que se leen con los ojos y otros que se leen con el cuerpo. María Elena González nos ha enseñado más sobre los segundos, tal como sucede en su más reciente libro: El jardín que se apropia de mí. Sus doce relatos nos sumergen en un universo donde la enfermedad, la muerte y la memoria se entrelazan con una prosa que duele y embelesa a partes iguales. La autora construye un cosmos narrativo donde lo cotidiano se vuelve siniestro y lo sobrenatural emerge sin estridencias, como si siempre hubiera estado ahí, agazapado entre las páginas de un diario familiar. Gracias a este libro, podemos ver(nos) qué somos y para quién.

Desde el primer cuento, “Acuosa”, quedamos atrapados en una atmósfera de pesadilla lúcida. Una mujer cuyo cuerpo se transforma en gelatina transparente, que descubre que puede respirar bajo el agua mientras su piel se desprende en jirones que se convierten en peces, establece el tono de lo que vendrá: cuerpos que se desmoronan, identidades que se disuelven, realidades que se pudren desde dentro. La influencia inevitable de autores como Amparo Dávila o Julio Cortázar se va sintiendo poco a poco, pero la voz es propia, íntima, femenina, con una honestidad que a veces resulta insoportable.

El libro se organiza en torno a una idea central: el cuerpo como territorio en disputa. Los personajes son mayoritariamente mujeres que habitan estas historias y que, a su vez, experimentan transformaciones que van desde lo literal hasta lo metafórico. En “Quebrado”, una esposa descubre que su marido se está convirtiendo en árbol, y el horror no radica tanto en la metamorfosis como en el reconocimiento de que su matrimonio ya estaba muerto mucho antes. En “Reptiles deslizándose por el suelo”, una escritora ve cómo las letras cobran vida y se apoderan de su cuerpo, en una alegoría brutal sobre la creación artística y el sacrificio que exige.

La autora no teme al asco ni a la incomodidad. Describe escaras, olores fétidos, cuerpos que se descomponen. Pero lejos de regodearse en el morbo, utiliza estos elementos para explorar algo más profundo: la soledad de quien cuida, la culpa del superviviente, la indignidad de la vejez cuando el sistema la abandona. “La burla” es quizá el ejemplo más demoledor: Sonia, que planificó su vejez con precisión militar para evitar el sufrimiento, termina sus días en una residencia, incontinente, malhumorada, tocando un timbre que nadie responde. La muerte, a la que durante toda su vida esquivó con estrategias y pizarras, se toma su tiempo  Se burla.

Otros cuentos exploran la memoria desde ángulos más luminosos. “Aunque yo caiga en el olvido” es una carta de un anciano a su esposa con Alzheimer, un texto que podría caer en la sensiblería, pero que se sostiene gracias a detalles precisos: las manos que reconocen la aguja, la campana que no suena, la fotografía comprada con los ahorros. Hay ternura aquí, sí, pero también una lucidez terrible sobre lo que significa amar a alguien que ya no te reconoce.

El cuento que da título al libro, “El jardín que se apropia de mí”, funciona como culminación, epítome y síntesis. Una anciana, viuda, con glaucoma y problemas de cadera, repasa su vida desde una residencia. La narración alterna el presente —las caídas, los pañales, la morfina— con los recuerdos: un matrimonio infeliz, una hija muerta, una cajita de música rota. La escena en que cae en el jardín interior y nadie la auxilia es de un patetismo que roza lo insoportable, pero la autora sabe cuándo retirarse, cuándo dejar que la imaginación (¿o la demencia?) ofrezca un consuelo: los niños disfrazados de duendes, el enfermero que la ignora, la voz del nieto que finalmente la rescata.

El jardín que se apropia de mí, de María Elena González Ortega, es un libro entrañable, y no lo digo en el sentido más genérico: lo digo desde lo emotivo de sus personajes, de la cercanía que la autora traza en cada una de sus metáforas y transformaciones. Este libro sin problema puede verse entre lo real maravilloso y el realismo mágico de sus personajes. Es un libro de lo fantástico, de lo poético y del amor por situaciones humanas que nos embargan todo el tiempo, como, por ejemplo, la pérdida de la juventud, de la salud, de los seres amados, de la cordura. Pero también es un libro sobre la resistencia, sobre la dignidad de los que se quedan, sobre la belleza que persiste incluso cuando todo se desmorona. Como el jardín de la última protagonista, estas historias se apropian de nosotros, nos habitan, nos obligan a mirar nuestras propias grietas. Y quizá eso sea lo mejor que puede hacer la literatura: recordarnos que estamos vivos, que aún duele, que aún importa. 🂓

 
 
 

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