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  • Enrique Montañez

De institutione musica


Para el filósofo chino Lu Chi, el ser humano es “un sonido que surge del silencio profundo”. Por su parte, Pitágoras, como en otro momento hemos suscrito, refería con persuasión absoluta que el alma y el cosmos estaban concatenados a idénticas proporciones numéricas de la armonía musical.

Previo a la Grecia clásica, en las escuelas mesopotámicas prefilosóficas los sacerdotes regidores ya entrelazaban música y pensamiento con la finalidad proteica de establecer un lenguaje que los facultara para comunicarse con los dioses.

En De Institutione Musica, el poeta y sabio latino Boecio afirma que “cualquiera que acceda al fondo de sí mismo sabrá lo que es la música”. En este tratado que resultó la obra por excelencia sobre el tema durante la alta Edad Media, el filósofo considerado como el último de la Antigüedad categoriza la naturaleza de la música en tres tipos, a saber: mundana, humana e instrumental.

La primera es aquella que no resulta posible percibir, es decir, la propia del universo. La segunda se sustenta en la unión armónica de cuerpo y alma, inteligida mediante la introspección (la armonía psicofísica planteada en el párrafo anterior). Y la tercera, de menor valor, es la que consta sólo de las maniobras para ejecutar un instrumento.

En su texto insigne citado, que consta de cinco libros, Anicio Manlio Torquato Severino Boecio aduce que la música, al formar parte de las cuatro disciplinas de la mathesis, “no sólo está ligada a la especulación, sino también a la moralidad”. Al precepto de la introspección se le suma, entonces, el de la moral.

Por tanto, la música es un suceso ontológico, más que metodológico. Ya Platón lo había establecido: ésta tiene el poder de moldear el alma para el bien o para la enfermedad, para hacerla ordenada o desordenada.

Boecio, al igual que su antecedente inmediato, Arístocles de Atenas, testimonia el poder inmarcesible de la música, pues nos relaciona directamente con la esencia universal, la matrix cósmica, de la que procedemos como entidades sensibles.

En el Timeo, Platón hace constar que la musicalidad, es decir, la construcción del alma del mundo a partir de proporciones musicales [dixit Kalkavage], es la adición de la virtud humana y el fundamento de la felicidad.

Llevar una vida en y para la música, sometido a su intimidad preternatural, de encantamiento órfico, es actuar en conformidad con la ley universal, esa danza coral de los cuerpos celestes, y existir en sincronía perfecta con la musicalidad del todo.

La morada del pensamiento en su configuración más benéfica y equilibrada, dialoga Timeo, es el cielo, por eso la musicalidad humana primordial deviene de la astronomía. El ambitus interno y el externo del hombre están conmensurados por la melodía cosmológica. El latido del corazón, el péndulo del tiempo y el afán ondulatorio del mar integran la escala armónica sideral. La vida per se es una canción que loa nuestras raíces astrales.¶

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