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Digger de Iñárritu

Agosto D. Lombardo
hace 14 minutos
2 min de lectura

(Spoilers)



Me sorprende gratamente ver a Tom Cruise abandonar su molde habitual de galán para encarnar a un viejo podrido, loco, codicioso y egoísta en la nueva película de Iñárritu. La cinta funciona como una metasátira de horror que rompe múltiples paredes al evidenciar, en cierto punto del filme, un montaje teatral, reflexionando sobre el propio oficio del cineasta y dialogando con referentes de la puesta en escena como Birdman, pero también con elementos deliberadamente irreales, como cierta mascota del protagonista.

En un pasaje clave, cuando le reclaman a Digger por el desastre ambiental provocado al excavar en los casquetes polares para extraer petróleo, lo que desencadena el desprendimiento de un iceberg masivo que inunda ciudades y destruye vidas reales, él intenta culpar a la gente bajo el argumento de que sus excesos existen porque el público demanda esa dinámica de viajes, comodidades y lujos, pero omite los combustibles, el transporte y la energía de uso común. Sin embargo, responsabilizar al consumidor de esa maquinaria monstruosa es una falacia y un reflejo crudo del cinismo del capitalismo tardío. La demanda individual puede influir en la producción, pero difícilmente basta para desmantelar una industria de semejante magnitud, cuyas decisiones fundamentales recaen en las élites corporativas que controlan los recursos, la extracción y los medios de producción, mientras las personas comunes se ven obligadas a subsistir dentro de un modelo cuyas reglas no controlan. Véanse el Protocolo de Kioto y el Acuerdo de París como ejemplos de los esfuerzos internacionales por regular las emisiones y establecer compromisos frente al cambio climático. Aun así, hay quienes compran la moto de la culpa, justo como en la vida real. De ahí la polarización que ha generado la película entre espectadores y críticos, divididos ante sus planteamientos, sus recursos narrativos y la manera en que aborda sus implicaciones éticas.

La obra expone de manera frontal la banalización del horror y del dolor impulsada por las dinámicas de poder de las élites, cuestionando éticamente por qué se estetiza y se lleva al terreno de la comedia un desastre devastador. La película parece moverse en esa contradicción: ¿hasta qué punto representar la tragedia como espectáculo constituye una forma de denuncia y en qué momento corre el riesgo de convertirse en una apología macabra de aquello que pretende criticar? Al revelar el andamiaje escénico y debatir los límites de representar la tragedia como un espectáculo inofensivo, la cinta intenta desarmar la pasividad del espectador y apunta directamente hacia la responsabilidad de quienes detentan el capital. Sin embargo, exponer el artificio no garantiza por sí mismo una conciencia crítica; también cabe preguntarse si el espectador reconoce la denuncia o simplemente consume el horror como parte del espectáculo. Nada de esto queda lejos de las consecuencias ambientales que ya comenzamos a sufrir y que, de no cambiar las dinámicas que las producen, podrían agravarse en breve.

Definitivamente, una película controversial que hay que ver. 🂓

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[Foto: Nin Solís]

 
 
 

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