Una última faena

La historia de su familia es una consecuencia de lo que pasa mayormente en el país: salieron huyendo del rancho en Zacatecas en el que vivieron por décadas —ellos y sus antepasados— debido a un asunto de invasión de terrenos y un arma y un muerto y culpas y persecuciones. Es un pasaje que todavía, aunque han pasado muchos años, no tengo del todo claro, porque a propósito le han colocado un velo que impide escudriñar a fondo y porque me ha detenido ese axioma de que el que busca, encuentra. Vinieron a la ciudad, se fueron de ella y habitaron un pueblo, y luego otro, y otro más, y acabaron viviendo donde ahora están, prácticamente escondidos, como animales acorralados que tiran para el monte. Chuy, por lo poco que sé, no tuvo nada que ver con el asunto, pero la familia estaba involucrada y la familia, no puede ser de otra forma, tiene su peso.
En ese pueblo en el que acabaron, Chuy tiene un puesto en el mercado local donde comercia teléfonos celulares, audífonos, bocinas y otros aparatos. Cambia de teléfono y de número cada tanto, táctica de escape y de querer pasar desapercibido. Aunque el pequeño mundo que lo conoce le tiene un particular cariño, ganado no por lástima a su condición sino por una camaradería auténtica. Una tarde de sábado, en ese pueblo, fui su ayudante para hacer gordas de horno, hechas de nata pura. El horno está en la parte trasera de su casa, junto a unos árboles frutales y hortalizas. El calor fue casi insoportable. En el trajín nos empinamos tres o cuatro caguamas, tragos que alternamos con gordas recién salidas del horno. No era una combinación que yo hubiera preferido, pero Chuy me animó y puso el ejemplo. Esa noche no pude descansar por las innumerables idas al baño que tuve que hacer.
Chuy pertenece a la categoría de los que llevan sombrero todo el tiempo. Tanto era parte de él que más de una vez imaginé que con el sombrero incluso se bañaba. En el barrio de la infancia se me antojaba que no pertenecía a ese lugar cuando lo veía caminar por la acera, saludar, llegar a casa, sentarse a platicar con el abuelo o con mi madre. Siempre con ellos dos, nunca con nadie más. Esas conversaciones invariablemente tenían lugar bajo aquel sol verde de asbesto donde mi abuelo todas las tardes se sentaba a leer la Biblia. Lo único que las animaba era un botellón de agua y dos o tres vasos para paliar la sed de la caminata y el sol que llegaba verdoso a sus ropas y ensombrecía sus ademanes y sus gestos. Chuy es un gran platicador. Mi madre y mi abuelo también lo fueron.
Chuy es de la generación afectada por la polio. De piernas endebles, siempre camina sostenido en un par de muletas, que nunca le he visto cambiar, que sobreviven derrengadas y afeadas. Es fornido, de gruesos brazos: su figura podría parecer tosca por las piernas que prácticamente cuelgan inútiles de aquel amasijo nudoso de la cintura para arriba, como una ropa puesta a secar en el tendedero de la azotea y que el viento endiablado convierte en un papel volante. Como esos tipos fornidos de gimnasio que parecen roperos con piernas de garza. En las pausas de las conversaciones se retira el sombrero, rasca su cabeza y lo vuelve a poner para continuar la plática. Se llamaba Jesús de Dios, Chuy. Ayer murió por una afección en los pulmones. Muchas veces pensé que su muerte sería de otra forma, no de ese modo que desgasta y aniquila al correr del tiempo. Por el temor en el que vivió, quizá en algún momento abrigué la idea de que lo matarían en un ajuste de cuentas. Quizá así pasó. Ya no se sabe.
Uno de sus hijos me habló para darme la noticia de su muerte; antes de colgar, dijo que Chuy cada tanto recordaba aquella tarde de gordas y caguamas y que en sus últimos instantes le pidió a él y a sus hermanos que prepararan la masa y el horno y que me hablaran para una última faena. No se pudo ya. 🂓
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[Foto: Nin Solís]




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