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  • Lydiette Carrión

El baile desenfrenado de los zapatos rojos


Nuestra irracionalidad como especie humana en pleno capitalismo me recuerda a la niña de los zapatos rojos. Cual niña que se ha negado a dejar unos zapatos rojos que la han aventado a una danza delirante de la que no puede parar.

Así nos vemos: danzando exhaustos y en sufrimiento, por la vanidad de unos zapatos nuevos, brillantes, color rojo.

Alberto Nájar escribe sobre documentos recientemente desclasificados por la organización civil National Security Archive, una ONG (aunque ya no está de moda llamarlas así) dedicada a desclasificar por medio de la ley de transparencia, archivos del gobierno de EU. La nota no sorprende pero confirma, desde los 60, 70, había datos del calentamiento global producido por la actividad del ser humano. Aunque aquí de nuevo, las categorías (las clasificaciones que empleamos para entender la realidad) nos juegan una mala pasada. Ocultan mecanismos específicos.

¿Es la actividad del ser humano o es la actividad de grupos humanos específicos, con un sistema de producción específico? ¿Es la actividad del campesino en Tanzania o en las selvas brasileñas, o más específicamente, es la actividad industrial, y una actividad industrial muy muy específica, que depende de la renovación constante de productos en el mercado?

¿Es a partir del fordismo —que promueve el uso intensivo del coche individual en EU, por ejemplo— o se acentúa con los modelos neoliberales de competencia desmedida? ¿Es la producción de textiles artesanales, anclados a tiempos lentos, para el autoconsumo? ¿O es la industria de la moda, maquinaria que, para existir, debe tornar obsoleto un vestido para la siguiente temporada? Se torna obsoleto el celular (litio, metales, agua contaminada), se torna obsoleto el auto (más metales, más agua, más industria y quema de combustible), la ropa (sustancias químicas, miles de litros de agua). O, también, se ponen de moda los alimentos: todos a comer aguacates, aunque los cerros en Michoacán se queden resecos. Todos a comer el nuevo super alimento: la quinoa, o el grano ancestral de moda…

Podemos decir que hay otras formas de consumo. Aunque de nuevo, el concepto de consumo aquí está ocultando el papel de la producción, y es que, sigue a veces presente esta discusión: ¿quién puede detener la danza desenfrenada que nos lleva a la muerte?, ¿elegir individualmente qué consumimos o transformar en colectivo la forma en la que producimos?

Cuando escribo estas líneas, imagino escuchar cual voces superyoicas a los amigos y familiares con los que he discutido esto anteriormente, sobre todo cuando se trata de producción de alimentos: sin la agroindustria, millones de personas morirían de hambre. Habría hambrunas…

Pienso en las hambrunas que efectivamente existen, aún con agroindustria. Si de verdad es tan beneficiosa, ¿por qué veo niños desnutridos, respirando el humo de los autos en cada crucero de esta enorme ciudad? ¿Por qué la agroindustria no los ha salvado? ¿Por qué Bimbo no los ha salvado? ¿Por qué no los supermillonarios del mundo que hacen generosas donaciones a organizaciones no gubernamentales no los han salvado?

¿Es entonces un tema de producción, o distribución, o consumo?

Hace unas semanas en la Ciudad de México (mi amada Ciudad de México, ombligo eterno de la Luna) alcanzamos las temperaturas más altas jamás registradas arriba de los 2000 metros de altitud. El futuro apocalíptico que muchos científicos, periodistas, activistas, han denunciado ya está aquí, a la vuelta. Y aun así, sé que cuando escribo estos temas —a diferencia de cuando escribo sobre crímenes, violencia, feminicidios— esta columna será poco leída.

Sé que es más sexy periodísticamente hablando escribir sobre crímenes que de producción de alimentos, de agroindustria o agroecología. A pesar de que también los niveles de violencia están vinculados a esta categoría monstruosa de producción.

En el cuento (capturado en lenguaje escrito por los hermanos Grimm, pero la historia es probablemente milenaria), la niña de los zapatos rojos, antes de morir elige salvar la vida y cortarse las piernas. Sacrificar su movilidad por la vida, para deshacerse de estos objetos demoniacos que nos hemos endilgado gustosos, pero que nos matarán en poco tiempo.

¿Podremos detenernos un poco por la vida? ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]


Este texto también fue publicado en Pie de Página

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