top of page

El cansancio del poeta borracho

  • Jorge Manzanilla
  • hace 3 horas
  • 6 Min. de lectura

Hay imágenes en el cine que se repiten hasta el agotamiento, como si el imaginario colectivo no pudiera concebir al artista de otra manera. La última en sumarse a esta larga lista es Un poeta (2025), la película colombiana dirigida por Simón Mesa Soto, que ha cosechado premios en Cannes y San Sebastián y ha sido vista por más de 250 mil espectadores. En el centro de la historia está Óscar Restrepo, un escritor cuarentón que vive con su madre. Su pasado lo recuerda como ganador de un premio nacional de poesía, pero hoy deambula entre clubes de lectura para jubilados y borracheras solitarias. Y, cada vez que puede, le roba el coche a su anciana madre mientras defiende a gritos la pureza de José Asunción Silva, el clásico colombiano que se suicidó de un tiro en el pecho.

La película, según el propio Mesa Soto (2026), “es un intento de retratar el narcisismo de los escritores fracasados y la hipocresía del mundo cultural, ese espacio donde es fácil vendernos como buenas personas mientras se compite ferozmente por la validación”. El director admite que él mismo se refleja en Óscar y que la cinta funciona como una autorreflexión sobre los procesos de creación y el oscuro deseo de éxito. Todo esto es legítimo, incluso valioso. Pero, como profesor de escritura creativa, no puedo evitar sentir un profundo cansancio ante el regreso de este arquetipo: el poeta alcohólico, deprimido, maldito, marginal y narcisista que romantiza su fracaso como si fuera el único camino auténtico hacia el arte.

Ya lo habíamos visto veinte años atrás en Factotum (2005), de Bent Hamer: Henry Chinaski, el alter ego de Charles Bukowski, deambulaba de empleo miserable en empleo miserable, bebiendo hasta perder la conciencia y escribiendo cuentos en habitaciones de moteles horrendos. Esa era una adaptación fiel de la prosa sucia de Bukowski, pero también fue una piedra fundacional de este mito: el buen escritor debe sufrir, debe estar al borde del abismo, debe ser un inadaptado. Décadas después, Un poeta no añade mucho a esa fórmula, salvo un contexto colombiano específico y una crítica al narcisismo que, paradójicamente, termina siendo cómplice del mismo estereotipo al reproducirlo con tanta fidelidad.

Mi molestia, confieso, no es solo cinéfila. Es pedagógica y vital. Cada semestre, cuando recibo a mis nuevos estudiantes de escritura creativa, encuentro al menos a un par que han interiorizado esta imagen romántica del poeta maldito. Creen que, para ser verdaderos escritores, deben abrazar la melancolía, descuidar sus obligaciones, beber en exceso y despreciar cualquier forma de escritura que no sea el verso puro. Algunos fantasean en voz alta con el suicidio de Sylvia Plath o la tuberculosis de Kafka, como si esas tragedias fueran requisitos para la grandeza. Y yo tengo que dedicar las primeras tres semanas del curso a desmontar ese mito: a explicar que las adicciones y los trastornos psiquiátricos son condiciones clínicas que destruyen vidas, no adornos literarios. Que romantizar la enfermedad del poeta es una falta de respeto tanto para quienes la padecen como para los muchísimos artistas brillantes que trabajaron con disciplina, salud y oficio.

Dicho esto, sería injusto no reconocer que Un poeta acierta en varios puntos. La parodia del encuentro de escritores, ese microcosmos de egos frágiles, envidias encubiertas y jóvenes borrachos que recitan versos con afectación, es divertida porque es verdad. He estado en suficientes talleres, ferias y lecturas públicas como para reconocer la puntería de esa sátira. El narcisismo que denuncia Mesa Soto existe: he visto a poetas consagrados apropiarse del talento de jóvenes vulnerables para sentirse redentores, y he visto a instituciones culturales montar proyectos altruistas que, en realidad, solo sirven para engrosar sus propios currículums. La pregunta central que plantea la película —hasta qué punto, cuando hago arte con otro, estoy siendo narcisista y cuánto estoy genuinamente tomando del otro— es incómoda y necesaria.

Sin embargo, el problema de fondo no es solo individual, sino estructural. Mesa Soto (2026) afirma en la entrevista que, en Colombia, la gente no necesita tener éxito: necesita vivir bien, y para vivir bien hay que tener lo básico. Y tiene razón. Pero ahí radica la contradicción: si el sistema no garantiza lo básico, ¿por qué seguimos formando poetas como si todavía viviéramos en el siglo XIX?

Las universidades y los departamentos de literatura siguen egresando estudiantes que dominan la teoría crítica y la historia de la literatura, pero que, una vez fuera de las aulas, no saben editar un texto, no dominan el ensayo argumentativo, no tienen idea de cómo funciona el mercado editorial, desconocen la relación entre escritura y marketing y, mucho menos, han redactado un informe empresarial.

Y aquí hago una pausa: objetivamente, ¿para qué se preparan los estudiantes de literatura al egresar de sus respectivas carreras? ¿Qué herramientas laborales están sembrando? Los planes de estudio no cambian, y esto ocurre porque el profesorado no tiene tiempo para trabajar en cuerpo académico: tienen que meter artículos y congresos para ser parte del SIN; de lo contrario, su salario no les da para vivir.

En este aspecto, tanto el mundo artístico como el mundo académico fluctúan dentro de una misma problemática y enfrentan situaciones similares.

Sería profundamente injusto, sin embargo, reducir la situación del artista contemporáneo a una simple cuestión de soberbia o romanticismo decadente. El cansancio que denuncio no es solo hacia el cliché narrativo de Un poeta, sino hacia la realidad material que lo alimenta y que la película apenas roza con su crítica al narcisismo. Porque el gran problema de fondo, el que convierte la “maldición del poeta” en una profecía autocumplida, es la precariedad laboral absoluta y el funcionamiento clientelar de los sistemas de apoyo. No se trata de que los artistas quieran vivir con una cantidad absurda de roommates o en la habitación de la casa de sus padres a los cuarenta años; se trata de que el sistema los condena a ello.

El problema no es que exista el apoyo, sino que este se concentra en círculos centralistas y cerrados, dejando fuera a la mayoría que sí depende de esos ingresos mensuales para sobrevivir con dignidad. Mientras vemos casos documentados de jurados que incumplen códigos de ética para beneficiar a amistades (Castañeda, 2023), o de escritores que acumulan estímulos públicos mientras producen una obra irrelevante, la gran masa de creadores sobrevive con trabajos que nada tienen que ver con su disciplina.

Esta dinámica de intercambio de favores y opacidad (Rodríguez, 2022, p. 112) genera un mercado laboral distópico para las artes. Los pocos empleos formales relacionados con la cultura suelen ser contratos cortos, por proyecto o por honorarios, sin seguridad social ni prestaciones. ¿El resultado? Un ejército de profesores de escritura, gestores culturales y correctores de estilo freelance que viven al día. La fantasía del poeta alcoholizado en la miseria deja de ser una pose estética para convertirse en el retrato cruel de alguien que, simplemente, no puede pagar el alquiler de un departamento completo.

Y ante la imposibilidad de acceder a una beca —porque las pocas que hay son para los consagrados— o de conseguir un contrato estable —porque las instituciones prefieren rotar personal para no generar derechos laborales—, la única opción viable es compartir piso con tres desconocidos o regresar a casa de los padres.

No es que todos los poetas deban volverse oficinistas. Pero el culto al fracaso y la miseria, esa imagen del poeta alcoholizado y puro que rechaza el mundo laboral, es, en el fondo, un lujo de clase. Porque, para darse el gusto de ser un poeta maldito, alguien más tiene que pagar tus facturas. Y esa no es rebeldía: es privilegio disfrazado de autenticidad.

Mientras las universidades sigan egresando estudiantes con planes de estudio anclados en el siglo XX, que saben de teoría literaria pero ignoran la corrección de estilo, la edición o la escritura corporativa, y los sistemas de becas sigan siendo un club de privilegiados que se autoperciben rebeldes, el circuito se cierra. Romantizamos la pobreza del artista porque es más cómodo que exigir una reforma estructural.

Un poeta me parece una película bien hecha, con un arquetipo pobre, actuaciones notables —especialmente las de los actores no profesionales— y una mirada honesta sobre el narcisismo creativo. Pero me duele que, al final, refuerce la misma imagen que dice criticar.

Yo, como profesor, quiero que mis estudiantes escriban bien, pero también que puedan vivir de ello si así lo desean. El verdadero acto de rebeldía no sería embriagarse en una lectura de poesía, sino dignificar la profesión: exigir sistemas de becas rotatorios, transparentes y masivos, así como planes educativos que permitan a los escritores vivir de su oficio sin tener que mendigar un contrato basura o fingir una adicción para parecer auténticos.

El sufrimiento no es un género literario. ⚅

_________

[Foto: David Espino]

 
 
 

Comentarios


bottom of page