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Un desempleado romántico

  • Franco García
  • hace 13 horas
  • 3 Min. de lectura

Ya lo decía el gran poeta visceralrealista Ulises Lima: «Si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio». La vida es intensa, oscura y callada en la mayoría de las ocasiones, y ser poeta es la peor estupidez que uno puede elegir en tiempos de hambre. Es sinónimo de vago, de bueno para nada.

Un poeta (2025), del director Simón Mesa Soto y ambientada en Medellín, es una de las mejores películas colombianas actuales porque refleja la vida miserable de cualquier poeta latinoamericano. Para Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos), la poesía solo le ha traído desgracia tras desgracia y cero éxitos. Que el talento no basta. La figura y vida del poeta José Asunción Silva son su mayor inspiración; no obstante, Óscar es un hombre abatido, mas no derrotado: desempleado, alcohólico, que con el paso de los días termina aceptando ser profesor de literatura en una escuela de poca monta. ¿Qué más le queda?

«Yo también debí suicidarme a los treinta», dice el sucio y barbón Óscar. Cuando se vive en los márgenes de una ciudad medio urbanizada y “civilizada”, el destino suele ser precario.

Óscar Restrepo es el vivo retrato de cualquier poeta latinoamericano: chaparro, sucio, feo, desgraciado, muerto de hambre, con ansiedad y depresión, sufriendo las consecuencias de los sueños no cumplidos. Es un poeta universal tropical. Cuenta con dos libros que no le resultaron favorecedores, y sus amigos o compañeros de bohemia lo saben: le sienten lástima, tratan de ayudarlo, pero el tipo es duro.

Y es que la frustración es inherente al ser humano, y se convierte en odio, en crisis emocional y sentimental. La película no está centrada en el amor a la poesía, sino en lo atormentado que suele ser cualquier poeta. No se puede vivir de la poesía en un continente como el nuestro porque la cruda realidad aplasta tus más hermosos y nobles sueños.

Se romantiza la esperanza, aunque es uno de los peores males; leí alguna vez por ahí a un filósofo. La vida siempre será injusta la mayoría de las veces porque hay personas que nacen para alcanzar la cima del éxito y otras para arrastrarse como gusanos sin jamás convertirse en mariposas.

Y sí: vivir es un acto de resistencia para Óscar, darle un poco de sentido a su amor por la poesía. No solo es un hombre que agoniza mientras avanza, sino también un padre que sufre el rechazo de su hija Daniela, quien se avergüenza de él. Es el personaje que asusta a los espectadores: el arte no es una bendición para los “pobres”, sino una maldición, una vara muy alta dentro de los estándares del éxito.

Además, el filme es una sátira de los círculos literarios y demuestra que sin relaciones públicas no se llega a ningún lado. El poeta colombiano lleva en sí un alma demasiado sensible, rota, y en estos tiempos modernos, ¿a quién mierda le interesa la sensibilidad, el arte? Pero él ve en las palabras el verdadero sentido de la vida: amar.

Finalmente, una vez que acepta ser profesor, coincide con una adolescente cuyo talento genuino para la poesía lo hace reflexionar y frenar sus desgracias: Yurlady, la niña morena que escribe con el más puro corazón. Ella no aspira a ser poeta porque vivir en los barrios, en las zonas miserables, significa que soñar solo trae dolor y graves consecuencias. No hay gloria ni aplausos. Hay que comer primero antes que alimentar el alma; hay una familia que mantener.

Le interesan más las uñas, los cortes de cabello, las cosas de belleza femenina. ¿Por qué en los países latinoamericanos se vive de pesadillas? Hay que trabajar, ser productivos; el ocio es pérdida de tiempo. Lo que más se enseña en las escuelas latinoamericanas es a trabajar muy duro, dar más de nosotros, sangrar y llorar si quieres ser “alguien en la vida”. Optar por profesiones útiles, no inútiles como las humanidades.

Yurlady lo entiende al crecer en una familia pobre y sin aspiraciones; por eso es el equilibrio emocional y sentimental para Óscar. Quizás es el reflejo de su niño o adolescente interior y necesita ser tratado con cariño y compasión. Él sabe que esa niña tiene talento y puede salir de la ruina social, ser una pequeña llama para quienes necesitan un poquito de luz.

Sus poemas y dibujos demuestran sensibilidad; nos enseñan a mirar e imaginar mundos posibles en medio de la oscuridad. Óscar hace un pacto consigo mismo al encontrarse con esa pequeña: demostrarle no solo la cruda realidad, sino también el amor en el arte. Que sus palabras crepitan en su ardiente espíritu, fluyen como ríos, brillan como estrellas. Que sus palabras son refugio para los desesperados y desesperanzados. Que ella es la misma poesía en dos pies, resistiéndose a desaparecer ante las duras pruebas de la vida moderna. ⚅

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[Foto: David Espino]

 
 
 

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