La piel del delirio
- Roxana Cortés
- 13 may
- 5 min de lectura

Sarna entra por la piel y sumerge al lector en una zona del mundo ante la que, con frecuencia, preferimos apartar la mirada. Hablo de la degradación, del alcohol, del estigma y de esa mugre social que se adhiere a ciertos cuerpos hasta volverlos emblemas del desecho. El libro de Emiliano Aréstegui Manzano, publicado en 2026 por La Tarántula Dormida e Ícaro Ediciones, construye un dispositivo híbrido para seguir al “escuadrón de la muerte 41 940” en Cruz de Corazón, y lo hace mediante poemas, fotografías y viñetas. Esa hibridez formal le permite desplazarse entre el canto quebrado y el apunte casi documental. El resultado es un libro que se adhiere al cuerpo del lector y lo obliga a sentir, casi en carne propia, la respiración agria de quienes han sido arrojados al borde.
Entre las virtudes mayores de Sarna está su decisión de no embellecer la miseria. Aréstegui deja entrar a sus personajes con el cuerpo gastado, el deseo encendido, la crueldad a flor de piel y esa hambre de afecto que en ellos aparece torcida, herida, casi irreconocible.
Desde la primera parte, “Uno no es ninguno: Ojos de perro / lengua de venablos”, irrumpe un “nosotros” de gran potencia. Se trata de un sujeto coral, quebrado, por momentos borroso, como si la identidad se hubiera erosionado entre la botella y la calle. Allí se cifra una de las apuestas centrales del libro. La experiencia del alcoholismo y del descarte social deja de pertenecer únicamente a un individuo y se vuelve respiración compartida, coro de la caída, comunidad de arrasados. En una página son “semillas que esculpió el mezcal”; en otra, “palos de ruina”, “raíces de perro / oscurescentes”; unas líneas después, “animales con sarna / somos el unto / de la sangre / el vicio y la putería”. Esta manera de desfondar al sujeto recuerda por momentos el murmullo rulfiano, aunque aquí la voz emerge del catre, la banqueta y la botella. Aréstegui escribe desde cuerpos todavía vivos que han aprendido a respirar como si ya llevaran tierra encima.
La imaginería animal intensifica esa operación. Perros, garrobos, tábanos, serpientes, carroñeros. El libro levanta un bestiario moral en el que lo animal nombra la degradación, aunque también la terquedad de seguir vivo. El perro, sobre todo, atraviesa el volumen como una figura decisiva: perro de calle, perro expuesto, perro que acompaña, perro que sobrevive.
Otro de los aciertos del libro está en la lengua. Aréstegui trabaja con un campo semántico profundamente arraigado en el territorio: estero, azogue, abarrote, tejado, parotas, dragos, nanche, chichis, chicomates. Esa materia verbal le da al libro un espesor local muy concreto. Sarna suena a un lugar. Suena a Cuajinicuilapa. Suena a una Costa Chica donde el poema conserva barro, aguardiente y polvo. Sin embargo, esa oralidad rebasa cualquier tentación costumbrista, porque está trabajada con precisión, comprimida por una imaginación verbal muy nítida. Pienso, por ejemplo, en este verso: “Ese abarrote / que sube sus cortinas / como una mujer con reumas”. En tres líneas, el poema vuelve visible una escena entera y lo hace con una mezcla extraña, muy eficaz, de humor, desgaste y ternura.
Conviene detenerse también en la escena de la madre, porque allí el libro alcanza una profundidad especialmente dolorosa:
Vino a visitarme una mujer que dice ser mi madre le sonreí hasta que se dio cuenta que su hijo estaba muerto dijo cómo estás cómo te tratan qué sabes de tus hijos yo le sonreí y seguí sonriendo me dijo quiero que te cuides quiero que lo logres quiero que te cuides muchacho quiero que te cuides y yo seguí sonriendo Hasta Luis Flores se dio cuenta de que ella no es mi madre.
Y poco después, el golpe final: “Ambos sabemos que los muertos no sonríen”. Son líneas demoledoras. En ese punto, la ruina se desplaza del espacio público al núcleo doméstico. El libro entra en la demolición del parentesco, en el borramiento del origen, en la caída de un sujeto que ya ni siquiera logra reconocerse en la figura materna. Allí Sarna se vuelve más hondo, más triste, más feroz en su silencio.
La segunda parte, “Dos es uno: Aguardientes”, abre el libro hacia otro campo de tensión. En ese montaje visual y verbal se perfila también una operación política de gran inteligencia. La incorporación de fotografías funciona con acierto porque las imágenes agregan fricción, espesor y resistencia a una lectura lineal del poema. Los rostros, los cuerpos, la ropa, la calle, los gemelos, el perro junto al cuerpo vencido: todo ello introduce un roce entre documento y visión. En la página 53 aparece una fórmula especialmente reveladora: “Una foto y su reverso”. En cierto sentido, esa frase define el libro entero. Cada imagen visible guarda un dorso, una historia torcida, una leyenda oral, una sombra que nunca termina de caber en el encuadre. Sarna sabe que la pobreza puede convertirse con facilidad en espectáculo; por eso le devuelve opacidad, rumor y espesor verbal.
De ahí también proviene su inteligencia política. El escuadrón de la muerte no queda fijado como simple resto humano. En varios momentos, el libro devuelve el juicio al pueblo, a quienes se creen sanos, decentes, integrados. “Dijeron menesterosos / mas se equivocan / estamos sobrados de todo / ustedes son los minusválidos”. Allí ocurre un vuelco de enorme fuerza. Los expulsados adquieren la forma de un espejo. Aquello que la comunidad arroja fuera de sí regresa entonces como su verdad más incómoda.
Hacia el final, Sarna recupera una sobriedad extraordinaria. El poema “Un día escribiré un libro sobre perros” reordena retrospectivamente todo lo leído. Después de tanta mugre, tanto delirio y tanta recaída, aparece el deseo de un libro breve, triste, sin muerte, con perros comunes, “sin huella de los hombres”. En ese punto el libro toca una de sus fibras más hondas. Ese anhelo de limpieza, de una vida descargada al fin del daño, llega ya herido por la historia que lo precede. El lector sabe que esos perros han vivido demasiado cerca de nuestra violencia, demasiado cerca de la humillación y del hambre. Por eso el cierre conmueve con tanta fuerza. Deja en el aire una tristeza sobria, casi desnuda, y una sensación de desamparo que continúa respirando después de la última página.
Sarna es un libro desigual en algunos tramos, aunque intensamente vivo en sus mejores páginas. Deja en el lector una marca áspera, casi física, como si la lengua del libro siguiera ardiendo después del cierre. Su fuerza nace de haber encontrado una música rota para una comunidad degradada, un bestiario moral y una dicción impregnada de tierra, saliva, alcohol y noche. Pocos poetas aceptan ensuciarse tanto para tocar una zona viva de la experiencia. Emiliano Aréstegui Manzano ha escrito uno de esos libros que, al cerrarse, persisten como el aguardiente, latiendo en su propia quemadura. ⚅




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