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  • Ángel Carlos Sánchez

El caos recursivo


Hasta donde podemos inferir toda revisión del mundo es una aproximación. Y no sólo debido al principio de incertidumbre que nos recuerda la imposibilidad de conocer con exactitud la posición de una partícula en un tiempo determinado. Ocurre que la realidad está cambiando siempre, con o sin nuestra intervención. Aunque no seamos capaces de notar esos cambios sino hasta que transforman nuestro entorno de manera significativa. Aprehender el instante es, en el mejor de los casos, conocer el pasado inmediato: poner nuestra atención en sucesos que acaban de acontecer, enfocar nuestra mente en detalles que, creemos, hacen único un momento particular.

Las ciencias han intentado hacer cada vez más cercana y precisa nuestra visión del universo, pero al enfocar el pensamiento en detalles paulatinamente más lejanos o más pequeños, han descubierto de cuando en cuando nuevas variables que, al agregarse a la ecuación que pretende explicar el mundo, nos revelan una realidad más caótica y difícil de entender de lo que se esperaba. Casi cualquiera puede comprender que, como descubrió Copérnico, la Tierra no es el centro del universo, pero sólo unos cuantos pueden imaginarse al espacio curvándose alrededor de las concentraciones de materia, como sugirió Einstein. Para no hablar de “agujeros de gusano” o dimensiones extras ocultas en el mundo de las partículas o subpartículas más breves.

Quizá debido a ello la geometría fractal propuesta por Mandelbrot haya tenido tanta aceptación en relativamente poco tiempo pues, además de la innegable belleza visual de la mayor parte de los objetos fractales que se conocen, el concepto está ejemplificado en casi todo lo que la naturaleza nos muestra cotidianamente. De ese modo, al menos en una primera interpretación, creemos comprender que la realidad vista en diferentes enfoques tiene una estructura básica muy similar. Según ello: la estructura de la hoja es, en otra escala, semejante a la de la rama y ésta a la del árbol. Hay quienes incluso sugieren que Marx analizó la formación de las sociedades capitalistas como un proceso fractal basado en el concepto de la mercancía.

El arte, por supuesto, no podía quedarse al margen de esas indagaciones y nos proporcionó, incluso antes de que la teoría de las fractales hubiese sido enunciada, muestras intuitivas en las que la recursividad del orden y del caos cobran un brillo estético pocas veces igualado. Algunos dibujos de Escher, por ejemplo y los mínimos poemas casi paráfrasis de paráfrasis que Antonio Porchia llamó Voces. Por su parte, Max Rojas llegó a creer que su vasto poema Cuerpos era en realidad una fractal que se seguiría escribiendo incluso después de que él muriera. “Todo es nuevo bajo el sol”, escribió alguna vez Roberto López Moreno aclarando un poco más aquello que Heráclito sugiriera desde la antigüedad: podemos sumergirnos en el mismo poema, pero no bañarnos en la misma poesía.

Por todo eso Fractal roto, el breve poemario de Blanca Manjarrez, connota tanto incluso desde el acercamiento a la semilla conceptual propuesta en el nombre que designa a todo el conjunto: fractal viene del vocablo latino fractus que significa fraccionado, quebrado o roto. Pero no hay pleonasmo en este fractal poético sino iteración, pues, no sólo es una estructura que, revisada en diferentes escalas temporales y geográficas, nos muestra una misma y recurrente geometría de las emociones, de las organizaciones sociales y de los actos, sino que además va dibujando los filosos y sucesivos bordes de una realidad en constante fragmentación.

La estructura de la historia de nuestro país nos desconcierta de un modo similar a la de las emociones que nos causa la incertidumbre de la existencia personal: “Miro sobre el espacio que tengo enfrente: / la hoja es clara, yo ya no”. México es un fractal roto y oscuro, igual que una relación de pareja que no llega a convertirse en amor. Verlo así da al menos la posibilidad de comenzar a comprender el por qué de tantas grietas: “Uno no se ilumina / imaginando figuras de luz / sino asimilando la oscuridad”.

Revisar las recurrencias del fractal-país: “Juárez, Acteal, Ayotzinapa, / Fobaproa, Pemex Gate, / privatización de Luz y Fuerza...” es reconocer, en otra escala: en el fractal-yo, “el humor raro de necesitarte, / el color que colapsa la canción del odio”. Tanto adentro como afuera del ser son las mismas estructuras del caos las que determinan un orden opresivo y falaz: “Te reconoces en muros / que el sol ignora y atraviesa”.

Así como un objeto fractal nacido de la iteración y reiteración de una fórmula matemática sólo es sugerido en la pantalla de una computadora, pues verlo en su totalidad exigiría seguirlo hasta el infinito, la esencia de un poema sólo puede ser percibida parcialmente debido a la multiplicidad y variabilidad de significaciones que éste connota. Sin embargo es inevitable comprender tanto en el uno como en el otro al menos un poco de los fugaces bordes que constituyen nuestra cotidiana realidad: “yo me empeño en comprender / el transitar de los sueños / y los nombres ocultos de las cosas”.

Porque “la nada es la definición que puede hacernos desaparecer” es que existen las fractales: hacia los infinitos entornos de lo pequeño y de lo inmenso se extienden recurrentes estructuras que sólo variarán cuando las ecuaciones usadas para definirlas sean cambiadas. Las sociedades no son ajenas a ese principio. El aleteo de una idea en cualquier pequeña comunidad puede generar una revolución al otro lado del mundo. Afortunadamente la poesía de Blanca Manjarrez también así, fractalmente, lo consigna: “Seguimos enterrados vivos. / Pero es mentira que nunca hayamos existido. / Pero es mentira que estemos solos. / Pero es mentira el no futuro”. Y de ese modo la significación reiterada, no repetitiva, se convierte en poema. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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