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El complejo de Edipo no existe

  • Lydiette Carrión
  • 15 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Me gusta mucho leer a Sigmund Freud porque es un gran escritor. En su tiempo, al hablar de sexualidad, fue como si detonara una bomba en el corazón de la Europa victoriana, puritana y reprimida de entonces.

Pero lo que más me gusta es esta idea de que adentro de nuestra mente y de nuestras acciones hay resortes oscuros que debemos buscar e identificar. Siguiendo esta necesidad freudiana de atribuir a algo no visible la fuerza de nuestras acciones, debo reconocer que me emociona mucho cuando descubro algo que nadie ve.

Pues sí. Me gustaba leer a Freud en la universidad. Por eso, cuando Nasnia Oceransky, doctora en psicología social, experta en educación y crianza, me dijo un día que “el complejo de Edipo no existe”, no le creí y luego sentí una enorme decepción.

Pero la emoción fue ambigua. También sentí un profundo desencanto. ¿Qué habría dicho el propio Freud de eso? ¿Que quizá él era una suerte de figura paterna para mí?

Mi amiga me confesó algo similar: a ella también le gustaba mucho Freud, hasta que investigó desde la epistemología y la praxis profesional, cuando tuvo que admitir que, por más que nos guste leer a Freud, no hay evidencia científica de la efectividad de su propuesta. Luego, cuando además trabajó desde la perspectiva feminista el quehacer de la psicología, fue aún más decepcionante.

Ahí no quedó el asunto. Marsha Linehan es una de las terapeutas e investigadoras de la ciencia de la salud más importantes, viva además. Su trabajo es un parteaguas en tratamientos para personas que antes se pensaba eran casos perdidos: personas con conductas altamente suicidas, o lo que desde otras corrientes —así son las ciencias sociales, tienen muchas corrientes no necesariamente inválidas— etiquetan como borderline. Esos pacientes que nadie quiere tratar, porque están metidos en problemas por su impulsividad y porque además tienen el porcentaje más alto de suicidio entre los pacientes psiquiátricos.

Ella narra en sus memorias que, cuando comenzó a estudiar psicología, era otra gran admiradora de Freud. Hasta que en la universidad tomó una clase sobre ciencia y tuvo que aceptar que no había evidencia científica para el psicoanálisis. Entonces decidió que su compromiso estaba en ayudar a los demás y que buscaría respuestas en el conductismo, que partía de una premisa bastante valiosa: muchas veces hacemos las cosas que hacemos por costumbre, porque descubrimos que algo nos alivió en un momento, porque no sabemos hacer las cosas de manera diferente. Su enfoque es además dialéctico: parte de las contradicciones inherentes en cada ser humano, y la terapia es dialéctica también: acepta lo que uno es y, al mismo tiempo, pugna por su transformación.

Ya escribí todo este rollo para cuando me planteé seriamente si el Edipo existe. ¿Y entonces Freud era un farsante?

Pues, como toda ciencia, se avanza y se retrocede. Freud estableció bases válidas hasta ahora, como el inconsciente, y diseccionó muy bien la sociedad en la que se desarrolló. Pero hasta ahí. Y en el caso específico del Edipo, advierte mi amiga, parece ser mayor el daño que la aportación.

La cito: “No hay ninguna evidencia científica que respalde la existencia del Edipo. El Edipo es un constructo teórico que Freud se armó para describir algo que creía que estaba ahí. Y lo que estaba ahí era una relación de los hijos con las madres que es normal: el apego. Pues claro, era la época de Freud, victoriana, una sociedad muy reprimida, y cualquier cercanía… cualquier situación de la madre con el hijo los iba a terminar erotizando. Y curiosamente, para el psicoanálisis, cualquier erotización parece ser peor que, por ejemplo, las violencias que puede sufrir una mujer en la pareja”.


Qué dice el Edipo

El Edipo parte de la noción de que el niño tiene impulsos eróticos hacia la madre. Y a partir de ahí Freud desarrolla sus etapas del desarrollo infantil: oral, anal, etcétera. Pero “lo que Freud estaba observando era a niños que necesitaban a su mamá, que necesitaban contacto”.

Entonces, como el niño ama a la madre, debe llegar el padre a poner las cosas en su lugar. La madre “es mi mujer”. Y entonces el niño debe aprender a “imitar” al papá para conseguirse otra mujer. Es decir, retirar el afecto de la madre. ¿No es una forma de normar verticalmente el cariño y las obediencias en casa?

Entonces, jugando un poco a la imaginación, ¿no será que lo que Freud percibió fueron las bases del patriarcado?

Y esto viene a colación porque en la cuarentena del Covid, de profundo estrés, los niños solían ponerse demandantes, berrinchudos, exigentes con las mamás. Y la mejor forma de criar niños sanos es darles cariño.

Yo sumo el libro de otra terapeuta: El cuerpo nunca miente, de Alice Miller. Ahí ella relata el caso de una joven que aborrecía a sus padres por abusos sexuales bastante objetivos de los que había sido víctima de niña. De pronto, una terapeuta le sugiere que quizá ella lo había “fantaseado”, que quizá era parte de su complejo de Electra (la contraparte femenina del Edipo). La joven tuvo la suerte de dejar esa terapia y cortar de paso con su familia.

Por supuesto, la pertinencia o no de Freud es siempre debatible. Pero como ejercicio de imaginación, podríamos también repensar otra forma de relacionarnos con nuestra salud mental y con sus propios laberintos. ⚅

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[Foto: Carlos Ortiz]

 
 
 

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