El Espejismo del Feed: Hacia una política más allá del algoritmo
- Agosto D. Lombardo
- hace 2 días
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La tecnocracia moderna opera bajo el disfraz de la neutralidad técnica, presentándose como una gestión aséptica de la realidad donde las decisiones no se toman por convicción moral o justicia social, sino por una supuesta eficiencia matemática. Este enfoque es el primer paso para desmantelar la conciencia de clase, ya que convierte los problemas políticos —que son conflictos de intereses entre grupos— en simples errores de cálculo que sólo los expertos deben corregir. Al despojar al ciudadano de su capacidad de cuestionar el “cómo” y el “por qué” de la organización económica, se le reduce a un mero usuario del sistema, alguien que debe adaptarse a las reglas del mercado como si fueran leyes de la física, inmutables y ajenas a su voluntad. Esta lógica, sin embargo, no es un mero determinismo tecnológico, sino una herramienta de poder conscientemente diseñada, que encuentra en el Estado un aliado fundamental al adoptar una gobernanza basada en indicadores, métricas de riesgo y evaluaciones de impacto que vacían de contenido sustantivo la deliberación pública.
Esta arquitectura de pensamiento encuentra en las redes sociales y las plataformas digitales su herramienta de implantación más perfecta, funcionando como una cámara de resonancia que atomiza la experiencia colectiva. Los algoritmos, lejos de ser un monolito neutral, están diseñados para maximizar el tiempo de permanencia y la extracción de datos, lográndolo mediante la explotación de sesgos cognitivos que sustituyen la solidaridad por el resentimiento. En lugar de que el trabajador identifique las estructuras que perpetúan su precariedad, el feed le devuelve una narrativa fragmentada donde el culpable es siempre un igual o alguien ligeramente más vulnerable. Se implanta así un mindset de vigilancia constante y competencia feroz, donde el éxito ajeno se percibe como una derrota personal y el fracaso propio como una falta de voluntad individual, nunca como una falla del diseño sistémico. Esta dinámica se ve agravada por la fragmentación interna de las clases, donde el precariado, la economía gig y las divisiones generacionales son explotadas para disolver cualquier empatía de clase incipiente.
El peligro real reside en la creación de una identidad aspiracional que anula la realidad material. A través del consumo constante de contenidos que glorifican la hiperproductividad y el emprendimiento sin capital, se moldea a un sujeto que defiende políticas que le perjudican activamente bajo la promesa de que algún día formará parte de esa élite. Es la victoria definitiva de la tecnocracia digital: lograr que el individuo se convierta en su propio capataz, asumiendo una ideología de clase alta sin poseer un solo medio de producción, mientras los sesgos algorítmicos aseguran que cualquier pensamiento crítico sea filtrado y reemplazado por una métrica de rendimiento personal. El pensamiento crítico deja de ser una herramienta de liberación para convertirse, en este contexto, en un estorbo para la optimización del sistema. Este proceso es el núcleo de un capitalismo de plataforma que transforma la vida misma en datos rentables y la ciudadanía en un conjunto de comportamientos predecibles y gestionables.
Esta colonización del pensamiento se consolida mediante el lenguaje de la autoayuda financiera y la mística del esfuerzo individual, que actúan como el brazo moral de la tecnocracia. Al transformar la supervivencia económica en una cuestión de psicología personal, se logra que el individuo vea su precariedad no como una injusticia, sino como un síntoma de una mentalidad deficiente. Las redes sociales han democratizado esta retórica de tal forma que el discurso del capital ya no necesita ser impuesto por grandes instituciones; ahora es replicado por el vecino, el compañero de trabajo o el influencer de turno que predica que el mundo está dividido entre ganadores y perdedores por elección. Esta narrativa crea un cortocircuito en el pensamiento crítico, pues obliga a la persona a centrar toda su energía en “arreglarse a sí misma” en lugar de intentar arreglar el entorno que la asfixia, convirtiendo la frustración social en una depresión privada y silenciosa. No obstante, este sistema no es omnímodo; en sus intersticios surgen contradicciones y resistencias, como comunidades que se organizan para hackear los algoritmos, denunciar la extracción de datos o construir redes de solidaridad al margen de las lógicas de la plataforma.
A medida que los entornos digitales se vuelven más sofisticados, la vigilancia algorítmica empieza a castigar el pensamiento divergente, no mediante la censura directa, sino mediante la invisibilización. Lo que no es cuantificable, lo que no genera rentabilidad publicitaria o lo que invita a una reflexión pausada sobre la estructura de clase, simplemente desaparece del radar. El resultado es un ecosistema donde los sesgos se endurecen y la empatía de clase se disuelve en favor de una paranoia constante hacia el otro. Se impone un estado de alerta permanente donde el ciudadano, convencido de que vive en una meritocracia técnica perfecta, termina por odiar cualquier intento de redistribución o bienestar colectivo, percibiéndolo como un robo a su futuro éxito imaginario. Así, el sistema se vuelve inmune a la crítica: la tecnocracia pone las reglas, el algoritmo las ejecuta y el propio individuo, despojado de su conciencia, se encarga de vigilar que nadie se salga del guion. Esta inmunidad, sin embargo, es relativa, pues la misma dependencia del sistema en datos y predicciones genera crisis epistémicas periódicas, donde la realidad material irrumpe y quiebra el espejismo de la burbuja digital.
La ruptura de este ciclo exige una desobediencia intelectual que empiece por reconocer que la tecnología no es una fuerza de la naturaleza, sino una herramienta de poder diseñada con objetivos políticos concretos. Recuperar la soberanía mental implica, en primer lugar, romper la burbuja del algoritmo mediante la búsqueda deliberada de la fricción: leer lo que no nos gusta, frecuentar espacios físicos de debate donde el rostro del otro impida la deshumanización automática y sospechar de cualquier solución que se presente como puramente técnica o inevitable. El pensamiento crítico en la era digital no consiste sólo en dudar de la veracidad de una noticia, sino en comprender la arquitectura del silencio que rodea a las grandes desigualdades, y en exigir diseños tecnológicos alternativos que prioricen la deliberación colectiva y la propiedad común de los datos. Es un acto de higiene cognitiva que rechaza la idea de que la vida es una competición de optimización personal y vuelve a poner el foco en la interdependencia y la responsabilidad compartida, devolviendo a la esfera pública lo que la tecnocracia intentó reducir a un cálculo privado.
Esta reconexión con la realidad material pasa necesariamente por sustituir el aislamiento del feed por la organización colectiva, donde la experiencia del otro valida la propia y rompe el espejismo de la culpa individual. Al compartir la precariedad, ésta deja de ser una marca de fracaso personal para convertirse en una evidencia política, permitiendo que el “pobre de derecha” o el trabajador atomizado vean las costuras de un sistema que les exige lealtad a cambio de promesas vacías. Sólo cuando se comprende que el mindset de éxito es en realidad una cadena de producción ideológica, se puede empezar a construir una identidad que no dependa de la aprobación del mercado. La verdadera rebelión contra la tecnocracia no es el ludismo o el rechazo a la técnica, sino la insistencia en que la dignidad humana y el bienestar social son valores que ningún algoritmo puede medir ni sustituir, rescatando así la política del terreno de la administración para devolverla al terreno de la voluntad humana. Esto implica luchar por una gobernanza democrática de la tecnología, donde su diseño y sus métricas estén sujetos al escrutinio y control colectivo.
El despertar de esta conciencia anestesiada no es un proceso cómodo ni inmediato, pues requiere desmantelar la propia identidad que el sistema ha construido cuidadosamente para nosotros. La urgencia de este cambio radica en que, mientras el individuo permanezca atrapado en la lógica de la meritocracia digital, el poder tecnocrático seguirá avanzando sin oposición, transformando derechos fundamentales en servicios privilegiados y ciudadanos en datos rentables. No basta con ser usuarios críticos; es necesario volver a ser sujetos políticos que entiendan que su valor no reside en su capacidad de adaptación al mercado, sino en su capacidad de transformar las condiciones de su existencia. El primer paso para destruir la hegemonía de estos mindsets peligrosos es, paradójicamente, el más sencillo y a la vez el más subversivo: dejar de mirar la pantalla como un espejo de lo que desearíamos ser y empezar a mirar a nuestro alrededor para reconocer quiénes somos realmente y a qué clase pertenecemos, entendiendo que la lucha por una tecnología distinta es, en esencia, la lucha por una sociedad distinta. ⚅
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[Foto: Carlos Ortiz]







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