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Gracias por tanto, Willie Colón

  • Efraim Medina Reyes
  • hace 3 días
  • 2 Min. de lectura


Alguna vez lo encontré en un negocio de discos usados en Milán. Estaba acompañado de un amigo común que nos presentó. Ese amigo era parte de la organización de un festival dedicado a la música latinoamericana que hacían en aquella ciudad italiana, y Willie figuraba entre los invitados principales de aquel año. Conversamos brevemente. Yo le hablé del Carnaval Internacional de las Artes (evento creado por Heriberto Fiorillo en Barranquilla y del cual fui codirector por quince años). Willie y yo intercambiamos números de celular. Antes de despedirnos le dije:

—Gracias por tanto, Willie.

—No te puedo prometer que iré —respondió él.

—No es por eso —dije.

—¿Y entonces por qué?

—Por tanto.

Nos estrechamos las manos. Fue la única vez que lo vi personalmente. La noticia de su muerte me ha producido una rara melancolía. Sé que todos tenemos que morir un día, pero no pensaba que también Willie. Quizá se deba a que los sonidos que él creó están íntimamente ligados a mi infancia y a que el niño que aún me habita nunca desarrolló el concepto de morir.

Aprecio, sobre todo, sus trabajos con Héctor Lavoe. Mi álbum favorito es The Hustler. He amado cada una de las canciones de The Hustler. El instrumental que da nombre al álbum sigue siendo parte de la banda sonora de mis ensoñaciones y desencantos.

Hoy, después de cenar, me encerré en mi habitación, con la luz apagada, a escuchar algunas de esas canciones y proyectar en la pantalla oscura de mi mente mi vida de aquel tiempo. Vi las sucias y desniveladas calles del barrio, las fachadas descoloridas de aquellas casas, los negocios de víveres y abarrotes. Los chocolates Jet, tantas veces inalcanzables. Sentí de nuevo el sabor acre de las privaciones, el miedo a los seres violentos que deambulaban imponiendo su ley. Todo tan áspero bajo el calcinante sol. Todo tan hosco y brutal y, sin embargo, la música de Willie y la voz de Héctor cubriendo la superficie del dolor e inundando la malparidez de la vida con briznas de alegría y noticias de otra dimensión: la dimensión del ritmo, de la cadencia y el baile liberador. Gracias por tanto y hasta siempre, querido Willie. ⚅

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[Foto: Carlos Ortiz]

 
 
 

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