Volver a arder
- Caleb Olvera Romero
- hace 3 días
- 3 Min. de lectura

Tenía años con la sensación de estar atrapado en un bucle.
No era una metáfora. No hablaba de rutina ni de monotonía, sino de algo más preciso y más inquietante: la arquitectónica secreta de los acontecimientos de mi vida en intervalos exactos. Cada doce años, moría. A los doce, la primera fractura: la infancia terminó sin ceremonias el día en que cambiamos de la escuela a la secundaria.
A los veinticuatro, otra ruptura: abandoné la casa paterna convencido de que el mundo comenzaba en otra parte. A los treinta y seis, comprendí el patrón. El ciclo que se cierra cobrando la factura y el nuevo que inicia con su inquietante renacer.
No fue una revelación súbita, sino una sospecha melancólica. Mismos lugares, mismas dinámicas sociales y, sobre todo, la aparición de fotos que había visto 12 años antes.
Comencé a hacer investigaciones y cuentas, a marcar fechas, a superponer recuerdos como quien calca mapas transparentes.
Las culturas antiguas habían sospechado algo semejante. Crisipo de Solos hablaba del eterno retorno y de la ekpyrosis, esa conflagración universal tras la cual el cosmos renace idéntico. Los hindúes describieron los grandes ciclos del aliento de Brahma, los yugas que se suceden como estaciones cósmicas. En Mesoamérica, los calendarios rituales marcaban el fin y el comienzo de los soles; en China, todo es un engranaje celestial y perfecto.
Todas parecían mitologías remotas. Ahora eran diagnósticos.
Aquí mismo, en esta ciudad aparentemente moderna, la vida también se repetía: el gobierno atrapando a los capos el mismo día cada 12 años, las mismas fiestas patronales, los mismos discursos políticos, las mismas reuniones familiares donde se pronunciaban idénticas frases con pequeñas variaciones apenas perceptibles.
A los treinta y seis, estas teorías ya eran una verdad obvia. Comprendí que cada doce años el universo personal atravesaba una muerte simbólica, caracterizada por la disolución de la identidad (primera persona) que creía definitiva. Todas las versiones anteriores habían sido versiones transitorias, consumidas por un incendio periódico.
A los cuarenta y ocho, el patrón alcanzó una violencia inesperada. La metáfora se volvió literalidad. Caí de un andamio. O eso dicen, pues no recuerdo nada.
Cuando tuve conciencia, había dos paramédicos y una ambulancia en la que me transportaron al hospital. Tuve la certeza de que el ciclo había exigido un tributo literal.
Sin embargo, algo era distinto.
Quizá el tiempo se repetía, pero no era exactamente el mismo. En cada vuelta del engranaje aparecía una conciencia distinta. Si a los veinticuatro reaccioné con desesperación melancólica, a los treinta y seis lo hice con resignación amarga; a los cuarenta y ocho, con una serenidad que no sabía que poseía.
El nuevo ciclo —porque sabía que habría otro— repetiría los eventos esenciales: los símbolos, el conflicto, el dolor y la muerte que precede al renacimiento. El mundo era una obra de teatro condenada a repetirse una y otra vez.
Pero mis decisiones no. No estaba en una cárcel circular, sino en un taller. El tiempo me ofrecía los mismos materiales cada doce años. Lo que retornaba no era el destino, sino la ocasión.
El verdadero bucle no era el de los acontecimientos: creer que todo es nuevo nos vuelve imprudentes; creer que todo es idéntico nos paraliza. La verdad estaba en otro lugar: en la repetición como ensayo.
Ahora espero el próximo ciclo con una mezcla de curiosidad y gratitud. Sé que algo en mí volverá a arder. Habrá una pérdida que me obligará a soltar lo que ahora soy. Pero no empezaré desde cero.
El tiempo podrá girar sobre sí mismo como los calendarios antiguos; yo, en cambio, avanzaré dentro del bucle. Y en esa leve desviación —imperceptible para el universo, decisiva para mí— he descubierto una secreta forma de esperanza. ⚅
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[Foto: Carlos Ortiz]




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