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El no ser del ser

  • Lydiette Carrión
  • hace 30 minutos
  • 3 Min. de lectura


En la terapéutica moderna existe una técnica que se llama “sistemas familiares internos” o sistema de “subpersonalidades”. Esta técnica parte de la siguiente idea: a pesar de que a lo largo de la historia occidental se supone que cada individuo tiene una personalidad definida y central, la psicología moderna y algunas corrientes de la psiquiatría establecen que en realidad cada individuo tiene dentro de sí varias “subpersonalidades”.

Éstas se han creado a lo largo de la vida y se hacen cargo de asuntos determinados. Por ejemplo, las subpersonalidades encargadas de evitar o responder ante una emergencia son llamadas “bomberos” o “policías”. Aquellas que tratan de negociar y salvarnos el pellejo frente a las necesidades del mundo laboral o social son llamadas “managers” (Freud lo llamaría el ego).

Algunas subpersonalidades son “exiliadas” del sistema: aquellas partes de nosotros que nos avergüenzan o lastiman. Un niño sensible cuyo padre lo golpeó y le gritó que no llorara porque eso era de “maricas” tal vez, dentro de sí, encerrará a ese niño sensible para que jamás nadie lo insulte o se burle por verlo llorar. Para el resto del mundo crecerá y se convertirá en un hombre insensible y macho.

El problema es que estas partes exiliadas por lo general contienen aspectos importantes de nuestra totalidad: la sensibilidad, la vulnerabilidad, por ejemplo, y otras cualidades que jamás se desarrollarán y vivirán encerradas, exiliadas, dentro de uno, además de convertir la convivencia de las subpersonalidades en un infierno.

Lo más interesante de esta teoría es que parte de que no tenemos un núcleo o personalidad central, sino que más bien somos un crisol de cosas; somos, de alguna manera, distintas “personas”, según el lugar en el que nos encontremos, con quién estemos platicando o qué se pida de nosotros.

Esta idea cambia paradigmas. La idea de ser muchos y no sólo uno recuerda la cosmogonía o la idea mesoamericana de lo que somos las personas. A diferencia del pensamiento occidental o judeocristiano, que sostiene que poseemos un alma por salvar, los mayas y los mexicas parten de que dentro de cada uno habita no una sola alma, sino muchas almas. Algunas de estas almas están replicadas en otras entidades: los famosos nahuales, que vinculan a un hombre con un perro o tortuga, u otro animal, o incluso con manifestaciones naturales como truenos o rayos. Incluso también entidades que pueden ser sanadoras o propiciar enfermedades a otros y que viven simultáneamente en otros espacios y cuerpos.

De este modo, el ser humano se parece más a un caleidoscopio, en el que se replican, reflejan, concentran y conjugan algunas singularidades del cosmos, singularidades que no empiezan ni terminan en la vida humana, pero que sólo en esta única vida humana estarán presentes en esa precisa proporción.

(Esta idea, por cierto, no es sólo mesoamericana. En el budismo la vida es una ilusión; el ser es una ilusión. Para ellos no hay ser: lo que somos se parece más a un pliegue de un impulso de pensamiento que es el todo. Respecto a ser uno con el universo, mesoamericanos y budistas no estaban alejados entre sí.)

Para los mesoamericanos, lo que distinguía a los seres humanos del resto del cosmos no era su alma única y especial, sino su cuerpo: el cuerpo que contiene de esa forma tan especial (única) las diversas manifestaciones de todas esas entidades que somos, que seremos…

Para los terapeutas que trabajan con el sistema de subpersonalidades o sistema familiar interno, cada subpersonalidad es tan valiosa e importante como la otra. Lo que llaman el Ser es la fluidez para gestionar cada uno de esos impulsos que llevamos… ⚅

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[Foto: David Espino]

 
 
 

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