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La poesía, la realidad y la imaginación

  • José Agustín Solórzano
  • hace 2 horas
  • 5 Min. de lectura


En cuanto supe el nombre de la mesa de discusión en la que participaría en un encuentro de escritores al que fui invitado, recordé el título de un libro que leí hace algunos años: Postpoesía –de Agustín Fernández Mallo–. En ese entonces yo estaba bastante interesado en cualquier texto que tratara de definir o redefinir el presente. Con la ingenuidad de los tempranos veintes y la soberbia chaquetera de un recién egresado de la carrera de Letras, me sorbí libros de Umberto Eco, de Lipovetsky, de Roman Gubern, de Zizek y de Yuri Lotman, entre otros. Con ellos tuve que maldigerir términos tan variados como hipermodernidad, transmodernidad, rizomático, postpoesía, postmodernidad, popmodernidad y una larga fila de etcéteras.

En fin, las lecturas sirven para destrozar paradigmas. Claro, cuando se tienen paradigmas. Pero yo, más que paradigmas, tenía ganas de reconocer y reconocerme en mi realidad más cercana; quería saber cómo definirla para con ello aprehenderla y poder escribir algún buen libro de poemas que, más que sorprenderme a mí, sorprendiera a esos otros escritores que sí habían logrado definir su mundo y, claro, publicar en alguna editorial medianamente importante.

Por aquellos tiempos, mientras leía, subrayaba y hacía anotaciones sobre lo que me parecía que podía ser de utilidad para mi tesis –la que nunca hice– y para una futura disertación con amigos “intelectuales” –los que nunca tuve–. Pero ahora, en cuanto me enteré de que estaría en esa mesa, supe que mis rayones y mis post-its habían estado esperando este momento.

Así, mientras revisaba esas anotaciones para escribir la ponencia, me encontré, en el libro de Postpoesía, que Agustín Fernández dice sobre el poema y la manera de concebirlo en la actualidad: “La postpoesía trabaja, entre otras cosas, con la basura informativa, con el spam. Entiendo por spam no algo que es basura en sí misma, sino aquella información que puntualmente, en un momento determinado, no nos vale para nada, no nos aporta nada”. Entonces pensé: vaya… ¡pero si esta ponencia es postpoesía!, y continué leyendo: “Un trozo de conversación que oigo al pasar, cinco segundos de teleserie que veo mientras hago zapping o todas las marcas de alimentos de conserva (…) que veo al vuelo cuando tengo que atravesar la sección de conservas en el supermercado si lo único que quiero es comprar yogures. La postpoesía utiliza esas zonas de la realidad, esas que habitualmente estaban al margen…”.

Por ahí sigue Fernández Mallo en esta disertación que salta del análisis de la poesía al análisis de la realidad actual, del postpoema al postmodernismo. Basta analizar un poco lo que acabo de citar para entrever que hacer poesía en la actualidad tiene que ver con hacer un pastiche, una especie de collage en el que conviven discursos poéticos, pero también mediáticos, visuales, filosóficos, sociales y, claro, vivenciales.

Para Fernández Mallo, hablar de postpoesía es hablar del rescate de estas áreas al margen de la realidad. Habría que aclarar que no sucede nada nuevo, que los márgenes se vuelven centros con el tiempo y que la poesía, y cualquier ejercicio creativo –llámese literatura, pintura o ecuación matemática–, responde también, y siempre, a miles de discursos que de manera rizomática se entrelazan en el diario fluir de los discursos. Un poema, una fotografía, una enfermedad, una nueva fórmula científica, no son más que consecuencias del tiempo, del espacio y de sus azarosos movimientos.

Esto, más o menos, es –o entiendo– el postpoema. Aunque llamarlo post sería menospreciarlo o, mejor dicho, limitarlo. El poema, como el hombre, es un animal en constante éxodo temporal. Responde a las necesidades básicas del ser humano y, como él, cambia con los días y las décadas; por eso siempre encuentra esos rincones donde resistir las embestidas de los aferrados definidores del ahora. Lamentablemente, el mejor lugar para la resistencia no es un libro.

El poema es desde siempre una forma discursiva que remienda esos ecos que de la imaginación transgreden a la realidad; el poema es el hilo que se rompe para, con su ruptura, enhebrar el descosido mundo: hacerlo habitable, vestible.

Vamos, que la poesía transgrede el libro. No hay que subestimarla; vive en todos nosotros y, desde nosotros, imaginaria, nos construye para que nosotros construyamos el poema: esa casa ilusoria que nos hace reales.

Por ello, basta decir que la poesía es un diálogo íntimo del hombre con su entorno. Y cada entorno exige un lenguaje que, en lo posible, lo abarque. Es evidente que si el entorno se transforma, la poesía, como lenguaje, transforme sus códigos para lograr intimar con el poeta y, por supuesto, con el lector.

Estoy de acuerdo en que el poema también, y sobre todo, se encuentra en esas zonas marginadas, más que de la realidad, del discurso poético. Estoy completamente de acuerdo en que hay más poesía en una lata de conservas que en el cielo donde tiritan las estrellas. Esto porque el poema es un asunto de percepción, y cuando, por el tiempo y las circunstancias sociales, se vuelve más cercana e íntima una lata de Coca-Cola que todas las estrellas del mundo que tiritan a lo lejos, pues entonces habrá que escribir poesía sobre una lata de Coca-Cola, porque la poesía es capaz de convertir el universo en un lugar tangible, bebible y hasta bajo en calorías.

Por otro lado, no estoy de acuerdo en la definición o la redefinición del hacer actual, ya sea el poético, el político o el social. Definir el presente desde el presente es pisar en falso. Para al menos intentar delimitar la realidad –en este caso, la del poema– habría que entender, primero, que el mundo es muchos mundos y que el ahora es muchos presentes. Entendamos que el ahora nuestro –que decir “nuestro” es ya bastante especular–, esta actualidad que corresponde a los que vamos al supermercado y atravesamos la sección de conservas sólo para comprar un yogurt, a los que entramos al hotel preguntando la clave del wifi, a nosotros, los hipermodernos o los transmodernos inconformes, o los posmodernos consumidores de café importado; esta realidad agobiante y vertiginosa es apenas una entre otras realidades que no compartimos –más que en Facebook–. Me refiero a la realidad de los que no conocen el Walmart, de los que no saben cómo se pronuncia wifi; o me refiero al tiempo –lento o menos veloz que el nuestro– de las que no se wasapean con el marido todo el día, sino que esperan que llegue a casa para preguntarle si ahora sí van a poder encargarse esos tuppers del catálogo de Avon. ¿Cuántas de estas realidades caben en un libro? ¿Cuántos hoy conforman el ahora de todos los que son en todos los ahoras?

¿Y dónde vivimos los poetas? ¿No vivimos acaso en un mundo diferente al de los iletrados?, en un mundo al que sí podemos darnos el lujo de definir y de ponerle motes atrayentes para el consumo de los otros semejantes. Lamentablemente, sólo se puede definir el hacer creativo desde la posición privilegiada de los creadores; ése es el error y el castigo: definimos un mundo que no conocemos y del cual pedantemente nos sentimos parte, cuando el único trozo que nos corresponde lo pagamos en mensualidades, con grandes intereses y hasta que la muerte nos embargue.

Para terminar y dejar en su lugar los márgenes de esta nota, debo decir que la poesía, al menos como ahora la entiendo, debe permitirnos no definir el mundo, sino imaginarlo, porque para ser en el presente primero debemos imaginar ese presente. Somos seres simbólicos, existimos sólo porque nos pensamos y nos significamos.

El tiempo, desde los griegos hasta Einstein, ha sido algo que sucede sobre todo y primordialmente en nuestra cabeza. Por todo esto debemos entender que el presente es un acto, primero de imaginación y luego de acción. El hombre imagina la realidad para hacerla habitable; imaginar es construir sobre la aridez de la realidad y sólo a través de la imaginación podemos entender lo que no existe; es decir, a nosotros mismos. ⚅

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[Foto: David Espino]

 
 
 

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