top of page

El oleaje del duelo

  • Analí Lagunas
  • hace 5 horas
  • 4 min de lectura

Hablar de Nadie me dijo, de Gela Manzano, es entrar a un territorio donde la maternidad deja de ser una categoría estable y se convierte en una experiencia corporal atravesada por la incertidumbre, la pérdida, la memoria y la transformación. Quisiera que el tema central de este libro no me atravesara tanto, no convocara a un dolor que de tan particular resulta inabarcable, universal. Una experiencia compartida en cualquier punto del mapa que trazan los afectos.

La poesía de Gela, en este libro, se instala dentro de una tradición de escrituras de la maternidad que atraviesan la experiencia y ponen el foco en las zonas ambiguas donde están presentes el miedo, el desborde emocional y el duelo. Lo primero que llama la atención es el modo en que el texto trabaja la vulnerabilidad desde una escritura íntima: acompañamos a la poeta, durante la primera parte del libro, en un proceso oscuro que me recuerda invariablemente el viaje que realiza Orfeo al inframundo para recuperar a Eurídice. Este mito, uno de mis favoritos, me remite por completo a Nadie me dijo, cuyos temas centrales son el duelo y la imposibilidad de vencer totalmente a la muerte, y cómo el arte es una fuerza capaz de cruzar, incluso, el umbral de la muerte.

Un elemento muy presente en este libro es el mar, que no funciona solamente como paisaje. No es decorativo ni contemplativo. Es una presencia orgánica que invade la escritura y que puede leerse como una extensión de lo materno. Hay algo profundamente amniótico en la manera en que aparece: el mar como líquido originario, como espacio de gestación y, simultáneamente, de amenaza. Esa dualidad me parece central en un tema como el maternaje, porque el agua materna (el amnios) no es únicamente refugio, también puede ser abismo, inmensidad. La madre se convierte en un cuerpo abierto, intervenido por otros cuerpos, por otras necesidades, por otras temporalidades: “Quedé abierta, ofrecida a las visitaciones, al viento, a la presencia”, como escribió Rosario Castellanos en Se habla de Gabriel.

En ese sentido, el mar funciona también como metáfora de la identidad fragmentada: las olas regresan, pero nunca son la misma ola, lo que las convierte en una imagen perfecta del duelo, porque sabemos que el duelo nunca es lineal. Va y viene como oleaje. Hay días de calma aparente y momentos donde el dolor regresa con violencia. La escritura del libro parece moverse entre mareas emocionales que nos muestran cómo el duelo puede alterar la percepción del tiempo, del cuerpo y del mundo. Y eso me parece una de las cosas más valiosas del libro: que no intenta reconciliarse con la pérdida, no ofrece redención fácil ni aprendizaje moral. La escritura permanece dentro de la herida. Desde una perspectiva académica, podríamos decir que el texto desmonta las narrativas tradicionales del duelo que buscan etapas, resolución o sanación completa. Aquí el duelo se habita como una condición permanente de la existencia.

Hay humedad, sal, oleaje, respiración.

La poesía de Gela trabaja muchísimo con la memoria corporal del vínculo. Porque la muerte de una hija no elimina la maternidad; al contrario, la vuelve espectral. Las madres seguimos siendo madres incluso cuando ya no tenemos a quién cuidar físicamente. Y esa contradicción atraviesa todo el texto. Y en esta dicotomía es donde yo encuentro resonancia con mi propio proceso de escritura. Los temas que investigo y sobre los que escribo tienen que ver con las maternidades desde lo monstruoso, lo abyecto, lo innombrable y lo socialmente silenciado. Y pocas experiencias han sido tan silenciadas como el duelo materno. Existe casi una imposibilidad cultural para mirar de frente a una madre que ha perdido a su hija. Se espera contención, dignidad, incluso silencio. Pero el libro de Gela Manzano rompe ese pacto de silencio y convierte el dolor en lenguaje.

También es importante notar cómo el libro cuestiona la maternidad como sinónimo de plenitud. La maternidad aquí está atravesada por el terror de la fragilidad. Amar a un hijo implica también descubrir la posibilidad insoportable de perderlo. Y esa conciencia convierte el amor materno en algo profundamente vulnerable.

Por eso la escritura de Gela Manzano resulta tan poderosa: porque no romantiza ni el dolor ni la maternidad. Construye, en cambio, una poética del duelo donde el cuerpo, el agua y la memoria quedan enlazados. El mar deja de ser paisaje y se vuelve estado emocional; la voz poética escribe desde un vacío imposible de nombrar del todo: el de una madre que sobrevive a su hija. Y ahí el título adquiere otra dimensión devastadora: “Nadie me dijo” también puede leerse como la constatación de que nadie prepara a una madre para la posibilidad de la muerte filial, porque culturalmente pensamos la maternidad bajo la promesa de continuidad, de futuro, de preservación de la vida.

Lo más devastador y maravilloso, como experiencia estética provocada por este libro, es descubrir que la maternidad sobrevive a la ausencia de la hija, continúa como eco, como una especie de oleaje interno que nunca se detiene del todo. ⚅

Comentarios


bottom of page