Memoria basta
- Jacinto Arriaga
- hace 1 día
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La vida de una familia también puede contarse a través de los objetos que permanecen cuando las personas se han ido. Un patio, un árbol, una canasta colgada en un corredor, un sendero que dejó de usarse, una campana que llamó a generaciones enteras. El libro de poemas Basta el cuerpo (Casa de Hydra Editores, 2026), del poeta guerrerense Noé Blancas, está construido con esa materia aparentemente sencilla, donde también habitan primos, abuelas, panes, pájaros y casas vaciadas por el tiempo. Son elementos que, bajo la mirada del poeta, adquieren una densidad emocional capaz de sostener una reflexión en torno a la pérdida, la memoria y la permanencia.
Desde el poema inicial, “Para morir”, aparece una de las tensiones que recorren este libro: la convivencia entre el desgaste y la dulzura. El mundo mostrado aquí conserva todavía sus sonidos cotidianos, sus danzones, sus guitarras, sus mercados y sus pájaros, y sobre todo ello se posa una conciencia aguda de la fragilidad. El poema avanza entre imágenes domésticas hasta desembocar en una atmósfera donde vivir y despedirse parecen formar parte de un mismo movimiento:
Basta la gris mañana, con su aullido, y el frío que se repite, cuando el agua desenreda los trastos de la fiesta de antenoche; en que todos olvidaron encender el silencio en la guitarra que se asfixia entre cumbias y danzones. (…) Basta que la memoria se desbaste de las gaviotas y el pezón dormido, y se le enjute en cardo el río translúcido.
La memoria se hace presente como un territorio sometido a la erosión. Lo que interesa a Blancas es observar cómo ciertas imágenes permanecen incluso cuando las personas ya no están.
Esa vocación se alcanza en “Patio sendero”, el poema que condensa el corazón emocional del libro. Allí el patio familiar deja de ser únicamente un espacio físico para convertirse en una geografía de la experiencia colectiva a través de los años. Por ese camino pasaron abuelos, padres, primos y vecinos; por él circularon los saludos, las rutinas y las formas de convivencia de una comunidad rural; por él “se cruzaban los que lo conocieron / sembradío, rastrojo, saludándose: / ¿Qué, ya vienes? Ya vengo. Pues yo, apenas”. Con el paso de los años llegan las migraciones, las ausencias y las muertes, y el sendero conserva la huella de quienes lo caminaron.
La fuerza del poema radica en que la historia familiar nunca aparece como anécdota privada. El lector reconoce en esas escenas una experiencia compartida por buena parte del México rural y provinciano de las últimas décadas: pueblos que se vacían lentamente mientras las nuevas generaciones parten hacia otros lugares. La experiencia individual adquiere una resonancia colectiva cuando el poeta guerrerense escribe:
También nosotros hemos emigrado. Una noche mi hermano y yo salimos para nunca volver. En el Chapule mi padre nos bendijo. Y otra tarde también él, con mi madre y mis hermanas, abandonaron para siempre el patio que un día fue camino. Nadie lo anda.
Algo semejante ocurre con “El cascalote”, uno de los textos más entrañables del conjunto. El árbol que crece en medio del patio funciona como una especie de archivo vivo de la familia. Mientras las personas envejecen, parten o desaparecen, el cascalote permanece observando el paso de las generaciones. La imagen resulta especialmente poderosa porque evita cualquier sentimentalismo. El árbol adquiere significado por acumulación, por convivencia, por haber sido testigo silencioso de una historia compartida, pues “a medio patio, / se anclaron, en sus ramas minuciosas, / la hosca infancia, el contar de los abuelos, / los primos amaestrando las cigarras, / las vacas que volvían siempre durmiendo”. De esta manera el árbol deja de ser un elemento del paisaje para convertirse en depositario de la memoria familiar.
La canasta de la abuela Victoria cumple una función semejante en el poema “La canasta”: un objeto cotidiano concentra afectos, cuidados y formas de organización comunitaria. La canasta alimenta, protege y sostiene. Tras la partida de la abuela, permanece suspendida en el corredor como una presencia vaciada.
La transformación, esa desaparición de un mundo entero, resulta devastadora precisamente por su sencillez:
Se vació la canasta, allá en su altura. Inalcanzable se volvió la plaza con sus mesas de panes a racimos, y sus puestos de nanches y pinzanes. En vano uno se estira, como al beso, a su mimbre marchito, quebradizo; su vientre vano es desabrido hueco. Ya “Arriba, en la canasta” nada cura. Ya es un candado su asa, no más llave, ni portal, ni frutero, ni remedio.
Lo que vuelve memorables estos poemas es su capacidad para descubrir la dimensión humana que permanece adherida a las cosas. Un patio, una canasta, un árbol o un sendero dejan de ser elementos del paisaje para convertirse en lugares donde el tiempo sigue respirando. Esa atención a los espacios habitados y a las huellas que dejan las generaciones acerca la escritura de Blancas a una tradición poética que ha encontrado en la experiencia cotidiana una forma de leer la historia íntima de las comunidades. Desde ahí construye una voz propia, donde la memoria familiar, la religiosidad popular, el mundo rural y la cultura literaria confluyen con naturalidad, sin jerarquías ni artificios, hasta formar una lengua que parece nacida de la conversación entre los vivos, los ausentes y las cosas que aún los recuerdan.
Otro de los ejes del libro aparece en “Las ágrafas horas”, donde la reflexión se desplaza hacia el tiempo y el trabajo cotidiano. El poema despliega cuestiones que atraviesan muchas vidas contemporáneas:
A veces quiero hacer las paces con mi cuerpo, amarlo como a un río de brazos fuertes, y veloces piernas. A veces necesito que se agoten las horas en la espalda, matemáticamente calculadas. (…) A quién le sirven las ágrafas horas. Cuál es la eternidad de las caricias.
En estos poemas las preguntas adquieren fuerza porque surgen después de evocar la hamaca bajo el tamarindo, los primos, la infancia y las pequeñas escenas familiares. Lo que está en juego es el valor de aquello que suele quedar fuera de los registros oficiales de la historia: los afectos, los cuidados y las horas compartidas.
El libro concluye con “Esta tarde han de irse los abrazos”, un poema atravesado por la conciencia de la despedida. Aquí el lenguaje se vuelve más desnudo y directo. El poeta contempla cómo las cosas abandonan lentamente sus nombres mientras los muertos permanecen acompañando el paisaje. Los versos finales poseen una serenidad dolorosa: “Esta tarde se irán ya sin sus nombres / las manos que desnudan tus cabellos. / Se quedará el camino, el sol, los muertos”.
Basta el cuerpo construye una reflexión sostenida sobre la permanencia. Sus poemas regresan una y otra vez a aquello que sostiene una existencia: la familia, los objetos heredados, los espacios compartidos, las voces que siguen resonando cuando la casa ha quedado vacía. Al cerrar sus páginas permanece la sensación de haber acompañado una memoria que todavía respira entre los muros, bajo la sombra de un cascalote o en el fondo de una canasta donde alguna vez alcanzó para todos. Más que recuperar un pasado, Noé Blancas observa cómo ciertas presencias continúan habitando el mundo aun después de la partida. ⚅
