El olor de los hospitales
- Hugo de la Rosa
- hace 1 hora
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Fue en la madrugada cuando murió mi padre. Me avisaron en la noche. Yo estaba trabajando. Apenas hacía un mes y medio le habían detectado un cáncer en sus pulmones. Fue hasta la siguiente noche que pude ir hasta donde estaba. Durante una hora y media de viaje era inevitable dejar de pensar en las cosas que me había enseñado de niño, en los momentos que pasamos. Veía su cara en mi pensamiento, mientras veía de reojo por el taxi la noche.
Cuando llegué, estaba en sus últimos momentos. Apenas y podía respirar. Minutos después comenzó a boquear como un pez fuera del agua. No tenía idea de lo que ocurría, a pesar de que trabajo en un hospital. He visto muchas veces la muerte; muchas veces me ha tocado amortajar un cuerpo, acomodar los cadáveres. Esta vez no pensaba en la muerte de mi padre, porque uno nunca piensa en eso en esos momentos.
Las mangueras y los cables sostenían su cuerpo fatigado como si fuera una marioneta. Con mucho esfuerzo dijo algunas palabras, algo sobre la felicidad. Yo me rompí en ese momento, sentí que eran sus palabras de despedida, a pesar de darme aliento y ánimo. Sonrió un poco y me pidió agua; le serví agua en la cuchara que me señalaba y despacio la puse sobre sus labios y su lengua. “Gracias”, me dijo con una voz que se apagaba. Creo que esa fue su última palabra. Después de beber lentamente de la cuchara, dejó de respirar. El doctor y la enfermera entraron, le limpiaron la saliva que le escurría. Me pidieron que saliera del cuarto y minutos después el médico checó su pulso con un electro para verificar que había muerto.
Eran las dos de la madrugada. No recuerdo el tiempo exacto, pero apenas y se veía la noche por una rendija de una puerta que daba al estacionamiento del hospital. Mi tío, su hermano mayor, que lo había acompañado, tenía la voz entrecortada. Le había hablado a mi abuelita y a mi madre. Yo me senté en el pasillo del hospital, me sentía más cansado que nunca, cansado y triste. Ese cansancio que duele.
Entró un joven con una camilla y una mortaja. Supe que pronto se lo llevaría. Antes de que lo sacara le pedí de favor que me dejara despedirme. Su cuerpo estaba en esa cama de sábanas blancas. Ya no era el mismo. En un rato había cambiado de forma abismal. La muerte transforma los cuerpos muy rápido. Miré su cara, sus manos y su cabello. Salí para que el camillero hiciera su trabajo. Le había ofrecido mi ayuda para moverlo. Se negó y recordé que los familiares no pueden hacer esas maniobras.
Me senté en el pasillo. Una enfermera anotaba algo. Mi mente estaba en blanco cuando vi salir a mi padre en aquella mortaja grisácea, una especie de nube cargada de lluvia. Mi teléfono sonó, era mi hermana. Le di la noticia entre un silencio extraño y el horrible olor de los hospitales. Ese aroma vacío que pulula todo el tiempo en esos lugares. ⚅
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[Foto: Gonzalo Pérez]




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