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  • Federico Vite

El peor insulto


El mayor de los prejuicios que se cierne sobre un escritor no es que sea alcohólico, drogadicto, arribista o promiscuo. El verdadero y malicioso juicio de valor es que se le considere rico. Esa podría ser la ofensa mayor para quien elige escribir durante largas y extenuantes jornadas laborales a cambio de un salario insuficiente. No sobra agregar que se dice en más de un caso: Escribir no es un trabajo/Escribir es para quien tiene tiempo libre, dinero y familia acomodada. Pero vamos, esas elucubraciones son la punta del iceberg que se materializa entre bancos de niebla cuando un amateur de la escritura contempla lo que concibe como Olimpo.

Cuenta el sibarita Tom Wolfe, en The new journalism (Nuevo Periodismo), que muchos de sus compañeros periodistas se tomaban un año sabático para escribir una novela. Lejos de pensar en el descanso de la reporteada diaria, organizaban su anhelo a partir de doce meses de escritura intensa y de corrección rigurosa. Esa era la tirada de dados más grande para un reportero, porque si tenía la fortuna de publicar ese libro y venderlo muy bien (ya saben, no el libro en sí era lo valioso sino el pago por los derechos de explotación para realizar adaptaciones al cine, al teatro y a la televisión) lograría una meta sagrada: retirarse de las salas de redacción para planear el futuro promisorio de un autor. Gracias a ese libro podría dejar el ruidoso, acelerado, molesto y exigente oficio de periodista. Muchos han tenido la fortuna de consumar esa meta. Es decir, la publicación de un libro exitoso en ventas es un símil de ganar la lotería.

He pisado muchas redacciones de periódicos, semanarios, revistas, agencias de noticias, pasquines y un largo etcétera de mamotretos informativos, pero aún no conozco a un reportero nacido en México que haya logrado esa hazaña. A contrapelo de esa idea que esbozó Wolfe por allá de los años 70 del siglo pasado, hoy se vislumbra el Continente Literario de otra manera. Hay reporteros, por ejemplo, que a la par de sus empresas mediáticas escriben un libro y lo publican de inmediato, ya sea ficción o no ficción. Las cosas han cambiado. Son más famosos que un escritor y más influyentes que un político. Insisto: las cosas han cambiado. Son figuras públicas y esa fama les acarrea fortuna. Trabajan como agentes de sí mismos y tienen una fuerte presencia en redes sociales. Son empresarios informativos y asesores de su imagen. Directores de orquesta, les dicen.

Moviendo el punto de vista unos grados, recordemos que quien intenta entrar al círculo rojo de las editoriales sabe que el dinero no es precisamente lo primero que va a encontrar un autor. Pero la fama es otro asunto. Una editorial potente, fuerte, de alto impacto, pondrá a sus autores en las planas de varios medios de comunicación, tendrá múltiples entrevistas y, especialmente, muchas maneras de mostrar al autor, quien hablará, hablará y hablará de su libro. Esa ronda de promoción tiene por objetivo ganar lectores, ya sea mediante las artes conversatorias del escritor o gracias a la simpatía del amanuense en su faceta de socialitè. El dinero, repito, no es lo que más abunda. He oído largas pláticas de borrachos en la que los autores afirman haber recibido 20 mil pesos por el adelanto de una novela en editoriales “trasnacionales”; otros, más optimistas, hablan de 50 mil pesos y en los pasillos de las ferias de libros también se hace hincapié en los 200 mil pesos de adelanto por novela para un autor bien posicionado en el mercado. El dinero no circula mucho, pero el autor, antes que nada, lo que necesita es fama para continuar la loca “carrera” profesional que le conduzca a la notoriedad inobjetable. Porque la fama parece ser la única recompensa valiosa, no la literatura en sí ni el dinero, sino la fama per se. Si se escribe por fama, me temo, se tendrá que invertir dinero. Y eso implica construir un prestigio sobre pilares de hielo.

Muchas personas creen que la publicación de un libro es una varita mágica que potencia dinero y unge a los autores con prestigio, además, les propicia una influencia a prueba de rechazos. Para un escritor amateur básicamente todo es al revés. Obviamente escribe, casi casi afila las palabras, logra terminar un libro y busca la editorial que pueda sacarle el mejor partido a su proyecto o, si así lo decide, puede aspirar a un premio que garantice la publicación de la obra en una editorial seria. Son opciones viables, pero la mayoría apuesta por encontrar una editorial y para ello es necesario buscar un agente o un editor.

Lo habitual es navegar en internet (Facebook, Twitter o Instagram) para ubicar editoriales o agentes literarios. Lo conducente es hacer contacto con esos expertos del ecosistema literario. Se les escribe y la respuesta es amable e interesante. Se obtiene una recomendación que va más o menos así: indican que debe asistir (ya sea de manera presencial o vía zoom) a unos talleres que organizan los agentes literarios o algunos editores de renombre. Se debe pagar una buena suma de dinero por ese servicio.

Una vez acabado el taller —que imparte el agente o el editor al que inicialmente se le preguntó por el servicio que ofrecían en redes sociales— debe volver a pagar para que esa agencia (o ese editor en papel de agente editorial) lea la obra propuesta y la presente a “sellos literarios importantes”. Después el agente (o editor en papel de agente literario) propone la firma de un contrato en el que se compromete a publicar el libro y el dinero que reciba el autor amateur será menor a la inversión ya hecha.

A cambio de todo eso, el escritor amateur obtiene fama y renombre. Sobre todo, fama. Y así cada vez más. Suena muy bien. ¿No? Es como ir a universidades caras para hacer amigos que después te darán trabajo. Pero hay otros detalles. Los editores no quieren libros ocurrentes o interesantes. Ellos necesitan textos rentables. Susceptibles de traducciones fáciles, adecuados para ser rápidamente adaptados a medios audiovisuales. Se aprecia mucho más lo profundamente actual y si es un texto controvertido, mejor aún. Lo que está en boca de mucha gente y genera la atención del público es oro molido. Eso da fama, no sé si literatura de calidad, pero está claro que da fama. Digamos a manera de adagio: Fama mata talento.

Otras empresas del ecosistema literario que pueden encontrar en redes sociales prometen la publicación del libro en otros idiomas. Avientan esa sentencia antes de proponer la edición del libro en español. Finalmente hablan de autopublicaciones. Como último recurso ofrecen un catálogo de precios por los que pueden ayudar al autor. Si escribe poesía o cuento lo meten a una antología. Si escribe ensayo, teatro o novela, la cosa es más compleja, pero hay maneras. Siempre hay maneras. Al final recomiendan un servicio de posicionamiento en medios de comunicación que consiste en hacer una entrevista extensa, al autor que se anime a publicar un libro con ellos, para divulgarla en sitios de alto impacto publicitario.

Para alguien que piensa sólo en la literatura, no en la fama ni en el dinero, le asustará el Continente Literario, donde lo que se requiere, y por lo que se lucha, es fama. Literatura, ¿para qué? Dinero, sí, un poco. Tal vez por eso uno de los prejuicios más injustos para un escritor es que lo tilden de rico en un país de pobres. ⚅

[Foto: Gonzalo Pérez]

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