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El pez por la boca muere o cómo perder el pez gordo

  • Aída López Sosa
  • hace 5 días
  • 3 Min. de lectura


Imagino a los jueces, como en aquella película estadounidense de 1957, Doce hombres en pugna, deliberando para otorgarle o quitarle el Óscar al joven Timothée Chalamet, quien era el favorito para hacerse de la estatuilla como Mejor Actor 2025 por su gran actuación en la película Marty Supreme. Y digo gran actuación porque realmente lo es.

Chalamet se preparó por años en tenis de mesa para interpretar la vida del campeón Martin Reisman; incluso su amigo, el también director de la película Josh Safdie, escribió el guion especialmente para él en un rodaje que se gestó durante un lustro para concretarlo en 2024 y que llegara a la pantalla grande en 2025.

Sin embargo, unas cuantas palabras pronunciadas de viva voz en segundos fueron suficientes para tumbar en un santiamén el trabajo de años y continuar sin obtener el galardón después de varias nominaciones sin éxito. Aunque su presencia ya se venía consolidando como uno de los mejores actores contemporáneos, fue hasta que Al Pacino expresó su deseo de que Chalamet lo interpretara de joven en una secuela o precuela de Fuego contra fuego que los seguidores del consagrado actor voltearon a ver al “maravilloso joven de buena apariencia” al que se refería.

Parecía que todo estaba aspectado para que, al fin, a sus treinta años, el joven actor recibiera su primer Óscar. Nueva York estaba jugando a su favor, hasta que abrió la boca unas semanas antes de la entrega, durante un programa en vivo al lado de Matthew McConaughey, para decir que la ópera y el ballet había que mantenerlos casi con vida artificial porque a nadie le importan; en ese mismo momento reconoció que se estaba ganando tiros sin razón.

Pues sí se los ganó con razón, porque justamente en Nueva York, su ciudad natal —donde el director Josh Safdie concibió la idea de la película; donde Al Pacino, en la Gran Manzana, lo propuso como su sucesor durante el Festival de Cine de Tribeca organizado por Robert De Niro; en la misma ciudad donde transcurre la primera escena de Marty Supreme—, ahí mismo, en el escenario del Metropolitan Opera House (MET), varias decenas de artistas, vestuaristas y otro tanto de equipo técnico ensayaban Tristán e Isolda (la joya de la temporada), una de las óperas más aclamadas en el catálogo de Richard Wagner, inspirada en la leyenda medieval de caballería del siglo XII, parte de las historias del rey Arturo. Wagner no solo compuso la música, sino que escribió el libreto en alemán en tres actos que suman cinco horas, por lo que el grado de exigencia y virtuosismo de sus intérpretes es mayúsculo.

Como era de esperarse, el MET, considerado el recinto operístico sin parangón por sus portentosas producciones, en redes sociales le dedicó al joven actor algunos videos para que se informara de la magnificencia que sigue atrayendo públicos de todas latitudes y de todas las edades, pues la ópera es el arte más completo al incluir a todas las demás, incluso el ballet en la ópera francesa.

A través de diversas acciones, el MET forma nuevas audiencias como, por ejemplo, los cocteles antes de la función para que el público adolescente, mediante invitación, comparta con los cantantes; las funciones de los sábados al mediodía para que los niños asistan con sus papás —lo que es esperanzador al percatarse de la atención que estos ponen a las escenas visualmente impresionantes—; así como actividades didácticas en los colegios, con la finalidad de que se conozcan los argumentos y se afine el oído.

Si bien hay personas que consideran excesivo que Chalamet haya perdido el Óscar por esta aparente y trivial declaración sin importancia, existe algo que se llama falacia de autoridad, y el que una figura tan admirada no solo por los actores emergentes, sino por los consagrados, diga que la ópera y el ballet a nadie le importan —hablando por los millones que habitamos el planeta—, hace que sus palabras tengan peso específico y dejen de ser esas que se las lleva el viento. Otorgarle el galardón hubiera sido aumentar exponencialmente el valor de su creencia, y digo creencia porque no tiene sustento científico y menos lógico. No necesitaba que, para abogar a favor del séptimo arte donde él se desempeña, denostara a las bellas artes que existen varios siglos antes que la cinematografía.

Tan fácil como es ir a las funciones, ya sea de la ópera, el ballet o el cine, y constatar que hay público para todas. ⚅

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[Foto: Paul Medrano]

 
 
 

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