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El poeta, la resistencia como tragedia

  • Hiram Ruvalcaba
  • hace 2 días
  • 2 min de lectura

Acabo de ver la película de Simón Mesa Soto. He leído a muchos de ustedes hablar maravillas de ella; a otros los he visto criticarla severamente. Como quiera, tener opiniones divididas es suficiente para llamar mi atención y decidí verla pasado el hype inicial.

Mi veredicto: me parece una película muy bella. Deberían verla cuando tengan oportunidad.

En primer lugar, la trama está muy bien desarrollada; avanza a un ritmo estable, con una noción de la causalidad que no tropieza y, sin mucha faramalla, construye un universo en donde la poesía —en su decadencia, pero también en su romántico esplendor— es el principal motor de los personajes. Hay muchas cosas llamativas: las continuas referencias a José Asunción Silva, el humor con el que se refleja la tragedia de vivir la poesía, el contraste entre el mundo “literario” y el mundo “real”.

Ubeimar Ríos —que hace el papel de Óscar— es un chingón; se nota que ese wey se metió a varios círculos literarios para construir un personaje que, como todos los inolvidables, nos representa a todos. Óscar es insoportable, es un cretino, es un pusilánime: un poeta, pues, jajaja, de ésos que vemos en las tertulias literarias y decimos: “qué bueno que soy narrador”. Pero hay otra cosa que Óscar tiene que me parece vital: es un hombre honesto, que se da cuenta de su condición y que, al final del día, se resiste a la tentación de entregarse a la corrupción —bastante real— de los circuitos literarios. En su resistencia hay también una clara tragedia: por no entregarse, acaba como paria. Quizás haya una enseñanza aquí para nosotros.

El cambio generacional que se presenta en Yurlady también es parte de esta tragedia que, en mi opinión, se trata con humor y sutileza. Recuerdo que hace años escuchaba a Monsiváis decir que “los jóvenes ya no leen poesía porque no va con el iPad”. El comentario —bastante boomer, pero cierto— se refleja en una Yurlady que tiene el talento nato, envidiable, de la poesía… pero no lo quiere, no le interesa y no tiene por qué interesarle. Óscar aprende, con nosotros, que no es posible imponer un ideal literario en nadie. La literatura es un germen que se contagia —y hay gente inmune a él, y pues ni pedo—, nunca una doctrina que se impone; ése es el mensaje que rescato y, en general, en el cual creo como docente y escritor.

Finalmente, creo que hay un último comentario que me parece importantísimo señalar: estoy seguro de que, al ver la cinta, muchos de nosotros nos sentiremos un Óscar incomprendido, pero miren que, en los años que llevo en el gremio (ya más de 20), me he topado con pocos Óscares y muchos, pero muchos Efraínes o símiles culeritos del grupo de poesía: seamos autocríticos, seamos humanos. El gremio lo necesita.

Qué hermoso es Medellín, por cierto. ⚅

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Foto: Eric Miralrío

 
 
 

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