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  • Hiram Ruvalcaba

El viaje de Toriyama




Cuando estaba en la facultad de Letras, en la clase de Seminario de Tesis, elaboré un proyecto para analizar el viaje del héroe basándome en la figura de Goku. En aquel momento, ser otaku todavía no tenía los tintes que tiene en la actualidad, y todavía nos hacía un poco víctimas del ostracismo social. (Más a mí, que la neta no me gusta bañarme, jeje.) Así que mi propuesta fue recibida con algo de sorna por algunos compañeros, y también fue carrilla del profesor en años por venir.

Jamás terminé esa tesis, pero sí dediqué varios meses a analizar la obra de Toriyama en un intento por responderme dos preguntas: primero, ¿por qué su obra había trascendido los nichos específicos del manga, y se había transformado en un hito cultural del tamaño que tiene actualmente? Y segundo, ¿por qué aquel alienígena de cabellos despeinados se había vuelto tan importante para la vida de todos aquellos con quienes convivía, con quienes convivo actualmente, al grado que ahora lloramos la muerte de su autor? No encontré respuestas satisfactorias, pero me parece que ahora que ha muerto Toriyama puedo reflexionar un poco sobre por qué tantas personas de tantas edades han padecido (de verdad, en el alma) la partida de uno de los escritores más influyentes de nuestros tiempos.

Comenzaré desde la nostalgia, por supuesto. Y les cuento que la primera vez que vi Dragon Ball yo tenía ocho años y estaba en la sala de mi abuela materna quien, por cierto, nació el 1 de marzo, el mismo curioso día que a Toriyama se le ocurrió dejarnos. El comedor de mi abuela tenía un viejo mueble con un espacio para la televisión, y una puerta en la parte baja en donde el diseñador colocó un reproductor de discos LP que jamás vi funcionar, pero que siempre miraba con fascinación, dándole vueltas a la rueda y pinchándome más de una vez los dedos en la aguja, como una durmiente no tan bella. En el comedor estaban mi abuelo José, mi tío Memo, y mi abuela, y por curioso que parezca los tres consintieron en que Marquitos —en ese entonces aún no era Hiram— encendiera la televisión en el Canal 5 para ver sus “chingaderas ésas”. Yo no sabía en ese momento, no podía imaginarme —cómo hacerlo— lo que aquel niño de pants azul que cargaba con un enorme pescado en la espalda significaría en mi vida. Lo mucho que el pequeño Goku haría por mí a partir de entonces.

Sospechaba, eso sí, que aquella caricatura era diferente a todas las demás que había visto. Cierta intuición que me dejaron Los caballeros del zodiaco, Candy candy o Las aventuras de Fly —que Toriyama ilustró para la televisión—, me dejó claro que Dragon Ball era un anime diferente. Y así lo fui comprobando durante cada una de sus sagas: la de Pilaf, aquel marcianito que quería dominar el mundo, y cuya secuaz, Mai, fue genialmente recuperada en el menospreciado Dragon Ball Súper; la de la infame Patrulla Roja, maravillosa metáfora del fascismo nazi-japonés, que constituyó una de las más intensas críticas del Japón de la posguerra a su pasado imperialista; la de Piccoro Daimaku, que me hizo llorar porque por primera vez vi morir a Krillin y al Maestro Roshi y a tantos héroes —después me acostumbraría— que había amado durante ya varios años; y qué decir de Freezer y su maravillosa metáfora del dominio yankee en todo el mundo; de Cell y su crítica al regreso del fascismo en los albores del siglo XX. Tantas y tantas lecciones de Historia disfrazadas de henki damas y kame hame has.

Vi a Goku enfrentarse a sus enemigos sin perder nunca la fortaleza ni comprometer nunca sus valores: piedad, honestidad, entereza. Lo vi llorar desconsoladamente y esto me ayudó a entender que un hombre debe ser sensible —“sólo lloran los valientes: por ejemplo, los héroes de Homero”, enunció el maravilloso Luder—. Lo vi crecer y cumplir la ilusión del matrimonio con una mujer fuerte, inteligente. Lo vi ser padre y morir por defender a su familia. Lo vi ir y venir de la muerte, nazareno pasajero de un camino de la serpiente que recorrí junto a él, que recorrimos tantos, jadeantes en este valle de lágrimas.

Pero también vi a Vegeta romperse ante el amor de una familia: uno de los villanos más desalmados de la historia rendido ante la posibilidad de vivir en un planeta pacífico, rodeado de sus amigos. Vi a Yamcha y a Bulma terminar una relación romántica que todos creíamos eterna de una manera sana y honesta. Vi a Milk poniendo, contra toda lógica, los estudios de su hijo por encima de la salvación de la Tierra —y no se equivocó: Gohan es el único personaje de Dragon Ball que tiene un trabajo estable, que hace arte y que formó una familia funcional—. Sobre todo, vi a cada uno de los grandes adversarios de Goku rendirse ante su bondad y enmendar el camino, demostrando así que todos merecen el perdón: desde Yamcha hasta Piccoro —el maravilloso padrastro de Gohan—; desde Tenshinhan hasta Majin Boo.

Ninguna otra obra de anime —y pocas de literatura— ha logrado lo que logró Dragon Ball: transgredir la barrera de los gustos e influir lo mismo en niños que en adultos. Pocos personajes de la historia y la literatura han alcanzado lo mismo que Goku: insertarse tan profundamente en la cultura que sólo ver su silueta despierta una respuesta emocional e intelectual específica. Goku es un símbolo de paz, de esperanza, de fuerza, de valor. Un símbolo que reconocen las abuelas que le dicen “Cokún”, o los padres que le dicen “el Greñas”, e incluso los niños que apenas aprenden a hablar y le llaman el “Boizeta”. He visto a las mejores mentes de mi generación confesando que alguna vez intentaron convertirse en supersayajin, y las he visto con orgullo poner música de Dragon Ball en sus bodas, fiestas de quince años, cumpleaños, graduaciones. He visto los índices delictivos y de violencia reducirse cada vez que hubo una nueva transmisión masiva de Dragon Ball. Goku no es sólo un personaje, es el amigo que todos tenemos en común. Un amigo que admiramos y amamos sin ningún tipo de pudor ni vergüenza.

Pero si todo esto no les ha dicho todavía por qué lloro la muerte de Toriyama, quizás habría que hacer una declaración más personal y definitiva. Es ésta: yo no puedo concebir mi vida sin la influencia de Dragon Ball. Dragon Ball estuvo ahí cuando mi madre me dijo que tenía cáncer y que los doctores la habían desahuciado. Estuvo ahí en la muerte de Noé, de José y de Elena. Estuvo el día que conocí el amor, con una Bulma blanca en el desierto de Tlayolan. Goku estuvo conmigo el día que perdí a mi hijo, y confieso que me pregunté si Tristán no se encontraría con Kaio Sama en aquel planeta diminuto que ni Saint-Exupéry pudo haber configurado. Vi Dragon Ball en cada fracaso, en cada éxito, en la salud y en la enfermedad. E incluso ahora, en mi adultez alopécica, sigo viendo Dragon Ball con mi hijo, quien le roba minutos a la tristeza gritando “Chala head chalaaaaa”, en un viaje que espero que no termine nunca.

La vida sigue, Toriyama, pero no es la misma y nunca lo será para los que te amamos. Reviso con una sonrisa los homenajes que tantos grupos en Facebook han promovido en honor a tu memoria y no he podido —quizás no podré— sumarme a ninguno de ellos porque no tengo disfraz de Nappa ni de Krillin, ni puedo pintarme de verde para ser el gran Patriarca que era todo bondad y salvación. Pero desde este nicho en donde miro de frente al Profesor Slump, brindo por ti y por todos los que alzaremos las manos a lo largo de este fin de semana para darte un poco de nuestra energía, de nuestro amor, para que sea un abrazo y un beso filial estés hasta donde estés. Namu amida butsu. Amado maestro, que encuentres tu lugar a un costado de Zeno Sama. ⚅

{Foto: Carlos Ortiz]

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