Entre autócratas, genocidas y difusores de odio te veas

Primero, ya es momento de que dejemos de pensar que la democracia y la libertad de expresión son una llave maestra que te permite hacer cualquier cosa y, bajo esa idea, abrirle paso a regímenes de muerte, campañas genocidas y discursos de odio. El púlpito democrático es para la ternura colectiva, para el cuidado comunitario, para la libertad al servicio del bien, los derechos y la dignidad en común. Y ese púlpito está en crisis y amenazado precisamente por quienes buscan todo lo contrario, a saber, hacer de la muerte colectiva el trend de cada día.
Soy de una región del sur de México donde el Estado reprimió, por décadas, a cientos de personas sólo por hablar de libertad y exigir democracia. No confundamos esas esperanzadoras luchas sociales del pasado con andar sembrando la lógica de la matanza-limpieza étnica, la destrucción física deliberada, el desplazamiento violento y forzado y, para colmo, difundiendo apologías y negacionismos sobre la barbarie y exterminio que hay contra muchos pueblos y civilizaciones de nuestro orbe.
Lo más canijo es que mientras se cataloga —de eso va la segunda parte de este escrito— como autoritarios y populistas a gobiernos de izquierda, populares y sociales tratando, como pueden y como entienden, de darle un poco de dignidad a la vida de las personas, las élites —económicas, políticas, culturales, etc.— de ultraderecha y fascistas pueden andar esparciendo la violencia, con armas y discursos, sin consecuencia ni señalamiento ni repudio alguno.
Precisamente esas personas deberían tener en claro que el cuerpo propio, la libertad propia, ese individualismo en el que les gusta actuar y pensar, con el que se identifican, termina donde empiezan los cuerpos, las libertades y lo individual de las personas que tenemos alrededor. Y ser el genio en cualquier cuestión humana no te exime de ello, de respetar en dicho y obra a quienes nos topamos de cerca y a la distancia. ¡Qué retrógrado que en el primer cuarto del siglo XXI aún pensemos que son legítimas opiniones de masacrar, matar, desaparecer y demás barbaries de nuestra época y, lo más grave, que haya apoyo hacia ellas!
Los derechos democráticos, por los cuales millones de personas han luchado a lo largo del tiempo y en distintos lares de este planeta, son para vivir dignamente en paz, no para andar reproduciendo la maldad y la violencia exterminadora. Bien decía el expresidente AMLO —jódanme por citarlo—: la hipocresía es la ideología de los conservadores. Así que, desde mi humilde opinión, estar del lado correcto, si es que existe, es estar del lado de la vida digna.
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Segundo, los procesos de transición democrática en América Latina, por los que lucharon los movimientos sociales, populares y de izquierda —inhumanamente reprimidos por décadas—, fueron cambios políticos regulados, gestionados, controlados y manipulados por las élites de derecha. De ahí mi dicho de que las democracias latinoamericanas son irremediablemente burguesas y, por tanto, capitalistas, a saber, tremendamente institucionalistas, defensoras de la lógica del Estado burgués; son democracias ajenas a los intereses vitales y de dignidad de las masas sociales, el pueblo, como lo llaman acá.
Y esto que digo se nota porque en cuanto alcanzaron el poder, por la vía electoral, élites nacidas de lo social, popular e izquierda empezaron a tildar a esos «regímenes democráticos» de autócratas, populistas y demás jerga, para restarles legalidad y, a su vez, legitimidad.
Este discurso de «gobiernos autoritarios de izquierda» se mantuvo por décadas bajo una guerra de baja intensidad hasta que llegaron algunos golpes de Estado en contra de estos gobiernos y al grado de que ahora, mediante la tecnología digital de la que son dueños, manipulan la percepción de la ciudadanía. En los últimos años se radicalizó esa ofensiva y nos tiene en este embrollo de ya no sólo luchar contra la derecha con supuestos valores democráticos, sino contra las oligarquías locales, regionales y globales, la extrema ultraderecha, que lo único que le interesa es el extractivismo variado, que usa tretas antidemocráticas según para defender la democracia. Y ya no se esconden ni moderan, actúan con total cinismo y descaro, como los difusores de discursos de odio que son aplaudidos por sus rancios seguidores.
Así que cuando a un gobierno social, popular o de izquierda lo tachen de autoritario, más valdría levantar el polvo y conocer los oscuros intereses y por quién abogan quienes dicen eso. Cuando se defiende a alguien que reproduce un discurso de odio y exterminio habrá que ver de qué filiación y sangre azul llevan en las venas y sus patéticos seguidores babeando por ser como ellos. Los autoritarios, antidemócratas, dictadores y demás hasta llegar a los neofascistas son otros. A ellos no les importa la democracia ni la vida, sino satisfacer su insaciable voracidad por el capital, por el territorio y por consumir las precarias vidas humanas en pos del progreso y el desarrollo. Que nunca se nos olvide. 🂓
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[Foto: Erc Miralrío]




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