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Travesía de lo que cae: el lenguaje y la vida

Staff Capote
hace 3 días
4 min de lectura

Yo no sé si a ustedes les suceda, pero a mí el pensar en la palabra travesía me remite a las expediciones. A ese lugar y tiempo en donde la imagen del agua es inmanente a la palabra. María Rivera nos demuestra con su poesía que el agua, el amor, Dios y el dolor son amuletos dentro del poema y, a la vez, el timón que mantiene a flote el cuerpo-barco que somos para no hundirnos al caer en esta travesía. En sus versos vamos encontrando aseveraciones sobre nuestra búsqueda porque:

Perdidos en algún sitio están los nombres de las cosas:

Cuando María habla de la lluvia, nos hace sentir en sus versos que la lluvia es eso: un fluir constante, palabras como agua que transcurre sobre nuestras cabezas, sobre nuestro pensamiento, mientras reflexionamos en las imágenes, el paladeo verbal de sus repeticiones, sus palabras que gotean constantes en el poema:

“…si la lluvia pudiese, si la lluvia. Si la lluvia pudiese escribir este poema, decir todo el amor que soy, que fuera. Si fuera la lluvia, si fuera. Corto de riendas, corto, este amor se me hizo piedra, se me hizo. Como si hacer fuera este fruto. Corto mis muñecas, me hago grieta y no apareces, no aparece Dios sobre las aguas. Si la lluvia pudiese, sí, la lluvia, sonreírte con mis labios, si pudiese. Acercar mis palabras a tu oído, rescatarme de los voraces agujeros que me tienden. Tender un puente de voz para mi muerte, si la lluvia, si pudiese.”

Y es que desde su particular visión del mundo nos adentra en su poética para señalarnos los posibles caminos para encontrar el nuestro:

¿Esto será realmente la vida, y si no la vida, qué entonces?

La poeta se coloca desde una perspectiva que le permite señalar de forma profética los acontecimientos del mundo y sus particularidades de ser en nuestra vida. Encontramos así el poema:

El ojo miente, en su mentira el mundo inventa el orden de las cosas, celebra la liturgia de la luz.

La poesía de María Rivera tiene el aire de nostalgia por un amor extraviado en los mares de la travesía porque “en tu cuerpo naufragan los ejércitos de la muerte:”, lo que provoca siempre que la voz poética no encuentre asidero en ningún sitio:

Estoy en donde no estoy, falto a las cinco de la tarde y a las ocho de la noche.

Las revelaciones de este tipo evocan situaciones en las que hubo “tanta escarcha entre nosotros” y es difícil reconocer desde cuándo “y por qué está de luto la memoria”. Sin embargo, queda descubrir que “en la casa arde un mar de infortunio”. Por lo que es preciso nombrarlo y de esta manera aventurarse a la travesía de lo que cae o de lo que vamos perdiendo, donde solo queda “la huella mineral de mi sequía”.

Dentro de la poesía de Rivera descubrimos el hogar, esa casa que era nuestra y de tanto habitarla se volvió la casa. Se pregunta María: “¿Cabe la casa en la palabra, o la palabra es más grande que la cosa?”; y de esta manera inicia el recorrido por ella, desde los silencios hasta la inmutabilidad de los muebles y objetos que la habitan, para llegar a la reflexión de que solo “podría salvarla… un pájaro”. De esta manera, se sale de la casa solo para volver a ella y descubrir que:

Vuelvo al puerto de donde zarpé, vuelvo con la angustia y el mareo, pero no es el mismo puerto, o no regresa la misma que partió.

La voz de María es necesaria en la poesía mexicana por la revelación y reflexión de la que está hecha: “Cómo decirte este silencio, me pregunto, este fúnebre silencio que anda por mi casa”. Es necesario sentir cómo “una bugambilia arde sobre mi frente” para comprender que “…el transcurso no es el tiempo, es un golpe de tierra sobre la frente”.

María Rivera lo sabe, sabe que es solo a través de las palabras, del lenguaje, de la poesía misma, donde se puede habitar y encontrar el refugio buscado en esta travesía. Por eso, en el poema “Clase” ofrece una cátedra sobre el poema, sobre la forma de escribir poesía para Rivera, donde expone las ideas de unos “Ellos” que opinan. Sobre todo el verso que representa la postura de María: “¡Ah…!”, a propósito de esas opiniones: “No cantamos no hablamos de nosotros, nosotros somos otros”. Donde ella dirá: “mira cómo aúlla en mi intemperie tu lenguaje”. Para María, la poesía es mucho más fuerte y profunda que esas suposiciones; para ella es necesario aclarar que: “el lenguaje siempre / se mueve hacia adelante”.

Durante esta travesía poética, María Rivera nos muestra el camino a través de un verso revelador, en donde nuestra vida es una búsqueda constante de algo que no imaginábamos:

Viene a ser que claridosamente veo que no hubo sino ardor de ser, ardor de soportarse a uno mismo siendo nadie.

Descubrimos que en uno mismo está la tormenta y que a donde vayamos la llevaremos, porque “Dios está aquí, entre nosotros, muriendo” y hablar con él es hablar con uno mismo:

“Acuérdate de nosotros, Dios, los que sufrimos, los que quedamos tendidos al paso del camino. / Recuérdanos, no olvides levantar nuestros corazones torturados, por esta sed maldita, por esta sed de maldecirte”.

La poesía de María Rivera es una invitación a sentir la palabra honda y reconocer que su palabra es la viva muestra del dolor y la búsqueda nuestra porque, como dice en su verso más citado:

“No tengo corazón para las cosas felices de este mundo:” 🂓

 
 
 

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