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  • Emiliano Aréstegui

Esto del abarrote

Mis abuelos pusieron una de las primeras tiendas de Cuajinicuilapa. La farmacia Santa Isabel vendía de todo, como en botica. Había remedios caseros, aceites, menjunjes. Se vendía mercurio para quitar el empacho, cucuruchos de papel para extraer la cerilla de las orejas. Se vendía, de manera cotidiana, la cura para el empacho: dos sobres de Estomaquil y uno de magnesia hidratada revueltos en 250 m. de Yoli y tremenda purga. Siempre he practicado la automedicación, así que un día, a los 15-16 años me provoqué una purga, vacíe mi intestino en cuestión de minutos, lo malo, decía mi abuelo, es que junto con las miasmas también se va la flora intestinal.

Era enorme una tienda enorme y enorme eran sus bodegas. Había vitrinas con juguetes, se vendían relojes. Semillas a granel, grapas para cercar, clavos huaracheros. Y mi abuelo todas las noches antes de irse a dormir revisaba los seguros de cada una de las cortinas.

Puedo decir que soy un animal de abarrote, descendiente de abarroteros. Yo soy de esos que comen y cobran al mismo tiempo y tienen la camisa abierta hasta al pecho. Una de las cosas que se deben aprender de un abarrote es que hay que sacarle jugo al tiempo. Cuando tenía 18-19 años me ponía escribir en las envolturas de los cigarros. Me gustaba mucho la cubierta de los delicados, pero el cartón de los Marlboro era perfecto para escribir y yo escribía y guardaba y escribía y guardaba. Nunca revisaba, quería lograr un libro con el puro acto de la acumulación, cuando me fui a México mi madre me mandó los cartones y me quedé sonso, había escrito un único poema más de cien veces, siempre el mismo, pero con infinidad de variaciones, aunque siempre empezaba con los mismos versos Fui arrojado a este pueblo para sufrir el mar. El libro hecho por acumulación no fue tal, tuve que pulir, revisar y darle forma y fondo a lo poco que tenía en ese bonche de cartones.

El abarrote y la literatura es lo único que no me ha abandonado. Todo lo demás que he sido, o que he hecho, se ha quedado en el camino. A veces creo que tengo la intención de escribir una novela sobre el abarrote. Tengo anécdotas al por mayor. Tengo un tío que se hizo cargo durante años del abarrote, una verdadera leyenda, un personaje que podría trasladar a la pantalla de mi computadora, y como él, hay varios de los muchos trabajadores que desde hace 80 años han pasado por aquí. Mi tío siempre le gustó cargar un mozo, peón, chalán, adjunto, colaborador, qué se yo. Un día, de esos en los que no había camiones de recolección de basura (cosa común) mi tío y su escudero fueron a tirar los desechos acumulados, llegaron al basurero municipal, estacionaron cerca de un panal. Quizá por el perfume o qué se yo, las abejas se fueron sobre mi tío. Su escudero aprovechó que aquel estaba pidiendo ayuda para agarrarlo a escobazos con el sano pretexto de quitarle las abejas de encima.

También recuerdo a una mujer enorme, gorda y alta que decía que le había quitado las patas de la cabecera a su cama para que al acostarse las vísceras se le reacomodarán en el pecho. La mujer argumentaba que su sobrepeso se debía a que estaba mucho tiempo parada y por eso la panza y todo el cuerpo se le anchaba. La culpa, argumentaba, era de la fuerza de gravedad, no de su ingesta calórica.

Recuerdo también a un perro llamado Tigre. Recuerdo que mi tío no le daba de comer para que buscara ratas, gatos y fuera más fiero. Lo que consiguió fue un perro que robaba carne en el mercado y arrebataba bolillos y el pollo a la gente que hacía sus mandados. Al final lo llevaron al basurero, pensé que se quedaría suelto, pero no, una 22 le quitó el hambre para siempre. Los perros y los gatos son indispensables para un abarrote de pueblo.

Podría escribir páginas enteras sobre los gatos, las ratas, los perros y el abarrote pero acaba de llegar gente. ⚅

[Foto: David Espino]

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