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  • Antonio Salinas

Futbol de calle

Perdimos porque no ganamos

Ronaldo Nazário


¡Bolita por favor!

Dicho popular



Gol, gana, es una de las tantas expresiones clásicas del futbol llanero, de la cascarita, de la reta. Es apostar sin medias tintas, perder o ganar. Es dejar el último aliento sobre el polvo del concreto, es probar el sudor amargo con la boca seca, la metáfora rodando sobre la calle. En este momento la vida se amalgama en un objeto esférico que sube y baja; que ni los autos, ni el perro que te ladra, mucho menos los gritos de la abuela o del padre; pueden o deben desconcentrarte de ese idilio amoroso de la que quizá sea la última jugada, y, en tus pies o tus manos toma sentido el vacío o la gloria contenida como una estrella que flota, que ilumina, pero no cae, no al menos en este preciso momento cuando se conjugan tiempo y espacio en un balón que rueda, igual que rueda el mundo sin darte cuenta, porque estás sumamente absorto, no en el fondo, sí en la forma.

“Sólo goles limpios”, “no se valen cañonazos”, “el que la vuela va por ella”, “de a chesco”. Son muchas las frases que corren por las calles, sobre la banqueta, en los terrenos baldíos y en las canchas de terracería, pero me quedo con “El que mete gol, gana”. La oración, con todo y sus significados surge como un grito, casi una imposición que se pronuncia, regularmente, por la noche. Cuando alguien dice Gol, gana, todos los monstruos de la oscuridad se paralizan, ahora sí, todos en la calle se ponen serios, como si, paradójicamente, antes el partido era sólo un juego, ahora sí a ponerse las pilas. No necesita decirlo alguien, el jugador de calle lo sabe o lo intuye. La interpretación más directa es una suerte de trato, aparentemente, para dar por terminado un partido en términos justos, pero, el fut no es justo; a veces la frase la decimos porque no se le ve fin al juego y, en muchas ocasiones el equipo que había estado jugando mejor, el que llevaba ventaja en el marcador se echa la soga al cuello: quien dice Gol, gana, puede ser el equipo que termina perdiendo, y arrepentido. Quien mete el gol celebra con todo el calor de quien ha anotado un Gol, gana en la calle, quien pierde, se lleva a casa, muchas veces, los tenis abiertos del empeine, el short roto, la playera sucia, alguna uña quebrada, las rodillas sangradas, sobre todo, la losa del fracaso. En general el futbol mundial se está resolviendo con el clásico “El que mete gol, gana”.

Hay a quienes el futbol no les gusta porque dicen que es el opio del pueblo, que el fut mueve contratos millonarios, que el fut es una pantomima donde está todo arreglado, un circo para idiotas, que hay notables diferencias entre el futbol femenil y varonil, que por estos lares se va a dar la siguiente guerra, que esto o que lo otro, y es probable que la mayoría de las críticas tengan razón, pero yo quiero hablar en la forma en la que he jugado y veo el futbol. Creo que haber visto en mi infancia, durante el mundial del 86, a Maradona, Platini, Laudrup y al portero Jean Marie Pfaff, hacer con la pelota lo que un artista crea con otras herramientas, logran que mi pasado y mi presente se encuentren en el filo de dos pasiones. Los sentimientos y las emociones que subyacen o que trastocan el arte y el futbol no son tan disímiles, depende, como en cualquier obra de arte, qué balón ha rodado dentro de nosotros, cuando digo balón me refiero a la vida, es decir, cómo nos acercamos a una obra o cómo la percibimos, pasa algo parecido con el futbol.

Si no gustas del futbol está bien, nadie es más feliz, supongo, por no gritar con pasión una atajada, reír por una pincelada o llorar por un gol. Hay quienes tampoco ríen o lloran por ver una obra de teatro o leer un poema. Lo que va a ocurrir al interior de nuestra cancha ya estaba en juego desde el vientre, sólo hay gambetas, regates, toques que nos levantan de nuevo del asiento. Jugadas cotidianas que nos dicen Suéltala, pídela, sálele, háblale, nos vas solo. Y así vamos construyendo la condición futbolera y la condición artística, en medio del gran césped de la vida.

Quiero seguir hablando del futbol que jugué de niño. Cuando iba en primero de primaria — recuerdo el momento como un dibujo calcado en mis ojos—, lo que más me gustaba era el receso porque allí se armaban las retas, yo era una pirinola, los más grandes me invitaban refrescos, donas o dulces para que jugara en su equipo. Mi grupo no jugaba al fut, no lo hacían en la hora del receso porque la cancha la controlaban los de quinto y los de sexto año, ellos decidían quién participaba. Recuerdo muy bien un partido en la escuela, después de marcar el gol del gane, la niña que me gustaba, la que me parecía la más coqueta y bonita de todas las niñas de la escuela y el universo, me volteó a ver, suena simple, pero para mí eso valió el gol del gane, a pesar de que no pude dormir.

Yo sé que el fut es injusto, ejemplo de ello es el mundial en Catar, pero lo que pasa en esta sede del mundial, pasa en otros países futboleros que han organizado mundiales como Brasil, Sudáfrica, Estados Unidos o Francia, este último ganó el pasado mundial con 13 jugadores que tienen al menos un padre del continente africano. Y cuando regresaron a su país, los franceses celebraron con su selección el campeonato y la diversidad cultural. La avenida de Champs-Elysées se convirtió en un mar de euforia. No se diferenciaba entre raza, religión u origen. El trato a los migrantes en Francia es tan cruel como en México. Pero insisto, yo quiero hablar del futbol de mi infancia, ese que jugué en los callejones del barrio de Petaquillas, lo repaso como si fuera hoy, como si doña Tomasa la dueña del terreno a donde iban a dar la mayoría de las pelotas y los balones me estuviera gritando porque le rompíamos las tejas de barro de su casa.

Nota: Dedico este texto a Santiago, compañero de equipo y vecino con quien compartí la cancha en el último equipo que jugué. Santiago, según, quienes lo conocían mejor que yo, llevaba dos o tres días trabajando de tiendero en un negocio de drogas de la colonia. Su cuerpo fue encontrado en comercial Plaza Sendero, Acapulco, en enero de 2011, su familia lo reconoció porque portaba, en lo que quedaba de su dorso la camiseta del Colo Colo, equipo para el que jugábamos. Ese día encontraron mutilados alrededor de 15 cuerpos, entre ellos, el cuerpo de Santiago. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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