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  • Marxitania Ortega

Hemingway mata Trinity 2/3


Como hija de mi época, soy altamente permeable a la cultura de masas. En la casa de mi infancia la televisión estaba prohibida, pero había muchas fugas a la restricción. La principal era la casa de mi bisabuela, en donde mis tíos y primos veían compulsivamente películas de Jackie Chan, Steven Seagal y Jean Claude Van Damme. Ni ellos ni yo podíamos despegar los ojos de la pantalla. Pero fueron Trinity y Beatrix Kiddo, ya en los años dos mil, las que pusieron en mi cuerpo las ganas de pelear, blandir una espada, fortalecerme y probar el sendero del arte marcial. Estudiaba yo en París en ese entonces y ahí se me ocurrió inscribirme en un dojo de Aikido.

Paris, 22 años, mucho vino francés, jazz, música electrónica, y clases de aikido los sábados a las 8 de la mañana. Si las clases hubieran sido los miércoles quizás hubiera logrado algún progreso, pero así, llegaba “en vivo” a ser lanzada de una esquina a otra del dojo o, a rodar como perrito, a decir de mis compañeros. “Mademoiselle Ortega, ce n’est pas une danse”, repetía el sensei, un anciano francés respetable, a quien una hilera de señores franceses muy atractivos, reverenciaban.

A las pocas sesiones me di cuenta que mi cuerpo no aguantaría el entrenamiento. Salía de la clase temblorosa, adolorida y a punto del desmayo. Tendría que elegir entre el aikido o la fiesta. Sobra decir que Hemingway le ganó a Trinity.

Cuando volví a México, decidí retomar mis ganas de explorar el aikido. Me contaron que el maestro del equipo de la UNAM era un gran sensei, aunque sólo admitía a discípulos comprometidos, pero yo ya estaba en otro momento de la vida, había empezado a hacer yoga, meditación, estaba lista para la disciplina. Una mañana me presenté al estadio olímpico. Me impresionó el parecido entre el sensei mexicano y el francés. Ambos tenían el cabello escaso y cano, la piel blanca, casi roja, los ojos azules y a pesar de ser viejos eran robustos y fuertes.

El maestro me dio un largo discurso. Dijo que un discípulo debía obediencia incondicional a su sensei. ¿Estaría yo dispuesta a obedecerlo?

¿Se refiere a obediencia en el dojo, verdad? Pregunté, por precaución. Luego me dio otro largo discurso para explicarme que el arte marcial no sólo se hace en el dojo sino en la vida.

Después de varias horas de escucharlo, salí de ahí sabiendo que no regresaría. ¿Obediencia incondicional? A nadie.

Meses más tarde pensé que quizás debería probar el kung-fu, después de todo, era más popular en México gracias al increíble Bruce Lee. Me metí a un gimnasio cerca de mi casa que ofrecía unas clases llenas de adolescentes fornidos. En aquel tiempo aún no había salido Kung fu panda, pero el maestro, un chaparrito carirredondo con bigote ralo, bien podría haber sido Shifu, el sensei rata, sólo que sin su sabiduría, pues me tocó ver a uno de los adolescentes contarle, asustado, que había tenido una riña callejera, que había lastimado severamente a su rival y que los policías le habían dicho que debería tener cuidado porque ya se había convertido en un arma y podía terminar matando a alguien.

Al maestro le brillaron los ojos, sonrió maliciosamente y le dijo que luego hablaban. No hubo un discurso sobre utilizar el arte marcial sólo como defensa. No volví, me sentí incómoda ante una pedagogía que no marcaba límites en el uso de la violencia.

En esos tiempos pensé que mi búsqueda en las artes marciales había terminado, hasta que el chi-kung, una disciplina china, considerada como arte marcial, me salvó en un momento muy complicado.

Después de unos días de camping en la Huasteca, mi brazo derecho decidió moverse de manera autónoma durante dos semanas. El diagnóstico médico fue epilepsia mioclónica, un tipo de epilepsia parcial que se manifiesta en el temblor de las extremidades. Durante muchos meses tomé antiepilépticos y estuve muy asustada por esa extraña disposición de mi cuerpo a moverse sin mi voluntad, o en contra ella.

El chi-kung, a través de la respiración, de los movimientos conscientes y del manejo de la energía, me hizo recuperar la confianza y volver a sentir que la única voluntad que habitaba en mi cuerpo era la mía.

Después del largo encierro por la pandemia del COVID volví a buscar las artes marciales, no para mí, sino para mi hijo. Habíamos visto juntos todas las temporadas de Cobra Kai y aproveché la inspiración que le inyectó la serie. Después de la larga cuarentena, el niño era un molusco desparramado en su silla frente a la computadora. Ya no parecía tener estructura ósea.

Yo no me planteaba hacer ningún tipo de ejercicio fuerte, pensaba que para mí el tiempo de un cuerpo bien tonificado había pasado. El COVID me había dejado sin masa muscular. “Flaca mala” me dijo, cuando me vio después del encierro, un amigo cubano. Pero mi hijo, en la pandemia, también había perdido sus habilidades sociales, le daba mucha inseguridad entrar solo a clases y convivir con extraños, así que decidí acompañarlo.

Hay muchas cosas que las madres decimos que hacemos por los hijos, aunque en realidad, sabemos que lo hacemos para nosotras. Arrastrarme a las clases de artes marciales junto a mi hijo fue una de ellas. Llegamos en condiciones deplorables y, poco a poco, el cambio en el cuerpo se fue sintiendo. El aumento de la capacidad respiratoria, el aumento de la masa muscular, el hambre karateca después de clases. Entre golpes, patadas y el aprendizaje de una filosofía corporal distinta, mi hijo descubrió que tenía un cuerpo y yo recuperé mis músculos y mi fuerza. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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1 Comment


Gabriel Arteaga
Gabriel Arteaga
Aug 01, 2023

En hora buena decidió a ser mejor y superar demasiados conflictos físicos, emocionales y mentales. La felicito. Hoy varios jóvenes, según estadísticas medicas, les afecto severamente el encierro de la pandemia, la falta de practicas sociales, escolares y físicas y el mismo encierro, los han llevado a crisis de pánicos y miedos terribles a la muerte, por lo que han tenido que recibir ayuda psiquiátrica en hospitales, conozco a algunos jóvenes, y es terrible. Uno de los mejores hospitales se encuentra en la Ciudad de México en la calzada de Tlalpan en donde han logrado disminuir tal afección. Gracias Charlie. Cuídate mucho y Dios te de muchas bendiciones para ti y toda tu familia.

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