La cicatriz de donde provengo
- Indira Isel Torres Crux
- hace 3 horas
- 2 min de lectura

Si la tartamudez fue para Gonzalo Rojas la belleza y la cercanía de su poesía, para mí lo fue la herida de mi pierna. Me la abrí a los ocho años. La carne quedó abierta y se me veía el hueso. Todavía no sé cómo ocurrió exactamente. Recuerdo una banca con una esquina filosa. ¿Quién haría algo así? ¿Quién se sentaría cada tarde a afilar una banca hasta convertirla en cuchillo? ¿Quién, en Ocotlán, Jalisco, sería capaz de transformar una banca de parque en un arma contra la pierna de una niña? Tropecé, caí y grité como un cerdito rosa. Mi madre fue por mí. Yo repetía una y otra vez: mi pierna, mi pierna, mi pierna. Ella levantó el vestido y vio la carne colgando. Vio el hueso.
He escrito esta escena muchas veces y todavía no entiendo por qué sigo regresando a ella. Quizá porque las heridas nunca terminan de cerrarse del todo. Permanecen en el cuerpo, esperando que la memoria las toque. Mi memoria recuerda la Cruz Roja, la enfermera y la pus. A los quince días de esto se me pudrió un pedazo y llegó la amenaza de gangrena.
Mi pierna todavía me duele. Me duele cuando paso los dedos sobre la cicatriz. Durante años no soporté que nadie la tocara. Mis novios tenían prohibido acercarse a ella. La escondí bajo pantalones y shorts largos. Renuncié a playas, ríos y albercas. Odiaba el mar porque el mar implica mostrar el cuerpo. Y por ocultarme engordé más (pero eso es otro texto que tengo que escribir).
Durante mucho tiempo creí que aquella marca era una deformidad, una vergüenza, una prueba visible de mi fragilidad y la distracción que tanto dicen que me caracteriza.
Con los años entendí otra cosa. Comprendí que esa cicatriz fue una de mis primeras maestras. Me obligó a mirar hacia adentro; a veces creo que me hizo escritora. Me enseñó que el cuerpo, mi cuerpo, guardaba historias y que pronto hice algo con eso: un poema, un pastel, un cuento, una mentirilla, un ensayo, un barquito de papel. También me hizo visible. Mientras mis padres atravesaban sus propias decepciones amorosas, mientras el mundo de los adultos parecía derrumbarse sobre sí mismo, yo estaba ahí, con la pierna abierta, reclamando atención, exigiendo cuidados, recordándoles que el dolor existe y que yo estaba ahí, ahí, ahí.
Hoy amo esa cicatriz. Amo su forma irregular, su dimensión exagerada, esa apariencia de cesárea mal hecha. A veces pienso que de ahí nació otra persona. La niña que cayó en una banca filosa y la persona que escribe sobre ella no son exactamente la misma. Entre ambas existe una abertura, una marca, una costura. La cicatriz es la evidencia de que algo se rompió, pero también de que algo fue capaz de reconstruirse. Durante años vi en ella una pérdida; ahora veo una forma de recuerdo. Si Gonzalo Rojas encontró en la tartamudez una puerta hacia la poesía, yo encontré en esta herida una manera de entenderme. Mi pierna cuenta una historia que mi voz todavía sigue intentando alcanzar. O todavía se dibuja inalcanzable. ⚅
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Foto: Nin Solís




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