top of page

El umbral de lo blanco

  • Marlan Valverde
  • hace 14 minutos
  • 3 min de lectura

“Además, ella se olvidaba con frecuencia

de que su cuerpo (como todos los cuerpos) era una casa de arena.

De que se desmoronaba y seguía desmoronándose.

De que se escurría incansable entre los dedos”.


En el invierno de 2014, después de terminar su novela Actos humanos, la autora surcoreana Han Kang se trasladó a Varsovia para pasar una temporada en un retiro de escritura. Ella misma cuenta que conocer la historia de “la Ciudad Fénix”, la cual fue destruida casi en su totalidad en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial y posteriormente reconstruida, la consternó profundamente, a la vez que dialogaba con el libro que escribía en ese momento.

Un par de años después, Blanco se presentó al mundo. La obra es una propuesta literaria que se construye alrededor de una lista de cosas de color blanco, escrita con fragmentos breves que funcionan como oraciones o meditaciones, acercándonos más a una elegía que a una novela tradicional. El libro se divide en tres apartados: Yo, Ella y Todo lo Blanco. Cada relato que los conforma lleva el nombre de una de las cosas blancas de la lista; en torno a ello se desarrolla un diálogo introspectivo que cuestiona y reflexiona sobre la existencia, la pérdida y el dolor.


“Las pupilas negras del bebé, que nada pueden ver, se mueven hacia la cara de la mujer, hacia donde suena su voz. Sin conciencia de qué es lo que acaba de comenzar, los dos seres siguen unidos. En el interior de ese silencio que huele a sangre, con la manta blanca entre sus cuerpos, continúan unidos”.

El núcleo del libro es la muerte de la hermana mayor de la autora, que nació prematura y murió unas cuantas horas después. Kang escribe desde la supervivencia, sintiendo culpa por existir en un lugar que no le corresponde. El color blanco, en el contexto cultural surcoreano, se asocia con el luto, el tránsito espiritual y la vestimenta funeraria; en la escritura se utiliza como esa carga simbólica que acompaña el duelo a través de las palabras.

Kang es una autora que no se queda en la superficie; lo ha demostrado en sus obras anteriores como La vegetariana, La clase de griego o Imposible decir adiós, ese estilo crudo e insondable que la convierte en una escritora imprescindible de la literatura actual. No teme sumergirse y sumergir al lector para hablar desde las profundidades; en esta obra se sitúa desde ahí para meditar sobre su propia existencia y conciliar el duelo.


“Algunos recuerdos permanecen incólumes a pesar del paso del tiempo. Y a pesar de los estragos del dolor. No es cierto eso de que el tiempo y el dolor todo lo tiñen. No es cierto eso de que todo lo arruinan”.

En esta lectura llena de capas, la autora parece sugerirnos que el dolor no puede narrarse de manera lineal. Los espacios vacíos, el ritmo lento, las escenas incompletas y el vacío estético hacen que el silencio se vuelva parte del significado e invitan a abordar la literatura desde la contemplación.

La obra está acompañada por fotografías de un performance artístico protagonizado por la propia autora en colaboración con el fotógrafo Douglas Seok. La muestra se denomina “Tiempo sin lenguaje” y busca situarse en los bordes entre las palabras y el silencio. Las piezas artísticas se realizaron a la par de la escritura de Blanco, emparentándose con el contenido del libro, en un intento de Han Kang por “acceder a esta suerte de espacio imposible que no admite comprensión ni palabras, en el que la escritora enterró simbólicamente a su onni”.


“Que yo esté viva implica que tú no puedas vivir. Solo entre la oscuridad y la luz, solo en ese resquicio azulado, conseguimos mirarnos las caras tú y yo”.

La potencia de Blanco reside precisamente en aquello que decide callar. Kang comprende que existen dolores imposibles de narrar unilateralmente; por ello fragmenta el lenguaje, vacía los espacios y convierte el silencio en parte esencial del relato. El libro no busca representar el duelo de manera tradicional, sino aproximarse a él desde sus ruinas. Así, la autora construye una ceremonia íntima de memoria: le concede existencia literaria a alguien que apenas alcanzó a vivir unas horas, transformando la escritura en un gesto de permanencia. Convierte el blanco en un umbral entre la vida y la muerte. ⚅

Comentarios


bottom of page