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Vecindarios

  • Analí Lagunas
  • hace 3 horas
  • 2 min de lectura

Me gusta imaginar que, en una línea temporal alterna, soy vecina de mis amigas: me asomo a la ventana y comparto con Angélica el verdor de los árboles que se encienden entre la neblina, como faros frente al mar. Por las mañanas, me acompaño con Adriana en el camino a la escuela; ella nos da raite, su rutina le exige trasladarse en algo más rápido que nuestras piernas de muchacha sureña, mujeres que lo mismo caminan una ciudad, un bosque, una playa, habilidad que las dos compartimos como rasgo en común, además de los papás maestros y los recuerdos de una casa con libros.

Imagino que comparto espacios de trabajo con Azul y su escritorio, lleno de aditamentos para la comodidad y productividad; ella me ayuda a entender la vida virtual, sus habilidades para transitar la ubicuidad me descubren el mundo de los algoritmos, las estadísticas y los trending topics; ella me traduce y me devuelve al mundo, como aquella tarde que me rescató de un golpe de calor en el fuerte de San Diego. Entonces el mar, la petenera de Sofía y los animales marinos que Ángela nos descubre entre textiles, las dos bajo el sol de la Costa Grande. Estamos todas, cercanas, encontrándonos en los temas que, a pesar de la lejanía, nos hermanan.

En cambio, el ventanal me devuelve a las terrazas de los vecinos, habitadas por los Rotoplas: esa plaga en el paisaje taxqueño que no sabemos cómo erradicar. Mis vecinos construyen, encimando balcones con patios, como dicta la tradición. En Taxco las casas crecen y compiten con los árboles de jacarandas, a veces bugambilias. Las luces de la mina, que nunca duermen a pesar de llevar casi veinte años en huelga. Y la música nocturna, el trinar de las chicharras llamando agua. Gótico sureño, nombré a estos paisajes.

Un vecindario es un territorio emocional. ¿Se puede construir a pesar de la distancia? ¿Podemos encontrar familiaridad en sitios inesperados? ¿Podríamos mapear este territorio poblado de sentires? ¿A qué suenan los barrios?

Me gusta imaginar nuestras casas como una autobiografía tridimensional. Quizá por eso algunas se entienden entre sí. Como en la teoría de cuerdas, las casas se reconocen a través de resonancias: un libro que responde a otro libro, una cocina que comparte la costumbre de colocar las ollas encima del refrigerador o abajo de la cama, la tradición de menear el guiso con una cuchara de madera, o una ventana que comparte la misma nostalgia de otro paisaje soñado. Tengo la certeza de que son nuestras casas las que ya se han reconocido, mucho antes que nosotras.

Y mientras esto sucede, el kinkitsch de una canción reverbera por toda mi casa. ⚅

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Foto: Nin Solís

 
 
 

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