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La clase obrera de la literatura mexicana

  • Geovani de la Rosa
  • hace 2 horas
  • 4 Min. de lectura

Hace algunos días me topé con un video donde Julio Cortázar, desmintiendo los mitos en torno al boom latinoamericano, afirmaba que la mayoría de los escritores de su generación escribieron en soledad, en precariedad, en el hambre, lejos de su tierra y sin respaldo editorial. El escritor argentino contaba que sus libros, así como los de Miguel Ángel Asturias, Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa, primero circularon en ediciones mínimas, publicadas casi a escondidas, pasándose de mano en mano como un pan duro que había que repartir. Después, cuando los editores olieron el negocio, llegaron los contratos, los encasillamientos y la etiqueta de “boom”. Esa realidad, ya relato lejano, sigue latente en nuestros días. La mayoría de quienes escriben hoy, principiantes o expertos por igual, no viven de la literatura —oh, no te acerques a esto si no estás dispuesto a hacerlo por amor al arte—, sino que escriben contra la pobreza, contra el cansancio, contra las horas robadas a la vida por un sistema antivital y anticreativo que no garantiza ni lo mínimo para crear, por no hablar de la odisea tóxica que es publicar un libro.

Porque escribir en México —y en casi toda América Latina— es una práctica obrera, aunque suene raro decirlo. Obrera —y no hablo del grupo progre que controla a la editorial de Estado— porque es reflejo y reproducción de las condiciones inhumanas en que sobrevive la clase trabajadora. En el transporte público, mientras se pierden cinco o seis horas diarias entre asientos de plástico y vendedores ambulantes. En los descansos falaces de trabajos mal pagados, donde la espalda ya no aguanta otra jornada. En la madrugada, con los ojos ardiendo porque la renta no espera y al día siguiente hay que levantarse temprano a cumplir con un jefe que nunca sabrá qué es un poema. La clase obrera de la literatura no tiene oficinas, ni estudios de lujo, ni horarios cómodos, ni becas garantizadas. Lo que tiene son libretas a medio llenar, cafés fríos, comida rápida y el vértigo de saber que ningún seguro social cubrirá las enfermedades acumuladas por esa doble o triple vida.

Se escribe desde la resistencia, con el pendiente de que cada página le arranca tiempo a lo necesario para sobrevivir. Y, sin embargo, ahí está lo increíble. De esa precariedad nacen voces auténticas, relatos que no obedecen a un calendario editorial ni a un manual estético y lingüístico, sino al propio pulso creativo de quien lo hace. Como decía Cortázar, ningún aparato de promoción salva a un libro pésimo; pero tampoco hay aparato capaz de detener a quien, aun con el estómago vacío, se sienta a escribir porque sabe que en esas palabras se juega su vida entera, aunque después vengan los rechazos editoriales, las frustraciones, el desánimo, la desesperanza y la impotencia de no tener a las amistades y contactos correctos.

Lo paradójico es que seguimos rodeados de discursos oficiales que celebran “el valor de la cultura”, mientras la mayoría de las personas que escriben lo hacen sin acceso a un salario fijo, a créditos solidarios, a la vivienda social, a fondos para el retiro. El Estado y las instituciones les reparten diplomas, pero nunca un salario fijo. Y los premios, además de ser usados como propaganda cultural, cooptación y empoderamiento grupal, terminan uniformando estéticas y éticas artísticas, creando la ilusión de diversidad, cuando en realidad abundan los mismos nombres —y, pues, qué le vamos a hacer, si no se tiene talento y sí mucha envidia—. Así como las becas, que se distribuyen para unos cuantos, que repiten una y otra vez, como si no hubiera más voces, otros territorios, diferentes formas de decir y estar en este oficio. Qué pena reconocerlo, échenme montón, pero las actas de dictaminación parecen calcadas: los mismos estilos, las mismas justificaciones, los mismos ganadores.

La política cultural del Estado mexicano, hoy bajo el control de las élites de la 4T, se ha vuelto espejo de lo que antes criticaban quienes ahora tienen en la mano las herramientas del amo. Al igual que las editoriales capitalistas, el Estado se apropia de discursos de poblaciones históricamente marginadas e invisibilizadas, con toda alevosía y ventaja —los pueblos originarios, las comunidades afromexicanas, los barrios borrados del mapa—, y los convierte en mercancía folclórica para adornar informes y festivales, bajo la falsa excusa de visibilidad, empoderamiento y demás jerga de su tipo.

El discurso progresista se exhibe como un trofeo mientras los problemas reales de esas comunidades siguen sin resolverse: no hay agua, no hay salud, no hay seguridad ni futuro hacia dónde correr. ¿Estarán enterados de que, en cientos de comunidades ricas en artes milenarias, el monopolio de la violencia lo tienen los criminales? No hay más. Dice Andrés Manuel que la verdadera doctrina de los conservadores es la hipocresía. Pues resulta que la verdadera doctrina de la élite que hoy controla al Estado mexicano es la simulación, al celebrar con rimbombancia el color y la diversidad en el escenario, mientras afuera todo permanece igual o peor.

Y no se trata sólo de las personas que escriben. Lo mismo pasa con pintores, músicos, teatreros, bailarines, artesanos. Toda esa clase obrera de la cultura sostiene con sus manos lo que después se exhibe en festivales, museos e informes de gobierno. Se celebra el producto y se olvida la precariedad que lo hizo posible. Un bordado, una máscara, un poema, una novela llevan en su interior las horas de hambre, de insomnio, de cansancio acumulado de quien los creó.

Por eso, hablar de literatura como resistencia no es una metáfora: es la verdad pura y ruda. Así funciona este oficio. Los libros que nacen desde abajo, en la intemperie, cargan con la dignidad de quienes nunca tuvieron garantías. Y aunque las editoriales llamen a la puerta sólo cuando huelen el negocio, el verdadero valor está en ese primer gesto: en la mano que escribe en el vagón del metro, en la palabra escrita a prisa en un celular de baja gama, en la novela que avanza entre tres empleos y ninguna certeza. Ahí, en medio de la pobreza y el cansancio, se levanta la clase obrera de la literatura, empeñada en escribir, contra todo pronóstico, para dejar constancia de que seguimos vivos y de que hay otras maneras de percibir y expresar la vida y el mundo. ⚅

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[Foto: Carlos Ortiz]

 
 
 

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