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La estela del sonido y la melancolía

  • Adriana Ventura
  • 16 feb
  • 4 Min. de lectura


Leer Chilango Blues (La tinta del silencio, 2024) es una experiencia inmersiva donde la música y la poesía configuran la cartografía del desamor. A modo de los viejos casetes, el libro se divide en dos partes: Lado B y Lado A. Cada uno de los poemas se denomina Track y se acompaña de un Archivo. En el poemario conviven diferentes voces: la voz lírica, la documentación archivística de una serie de mujeres que han padecido el dolor de un corazón roto y las voces de los músicos.

Los poemas son pistas que casi siempre abren con epígrafes de artistas emblemáticos del blues: Bessie Smith, Leadbelly, Neil Young, B.B. King, Etta James, Nina Simone, entre otros. Me gustó que sin declararse tal cual, el libro propone un acercamiento para irse acompañando de la música; podemos ir leyendo al mismo tiempo que escuchamos las canciones originalmente enunciadas como epígrafes. Las tonadas melancólicas se fusionan al tono triste de la voz lírica que se declara cercana a la muerte, o quizá, deseante de ella.

Dicen los melómanos que nadie sabe lo que es amor si no ha escuchado un blues. También dicen que el conjuro para sanar del desamor es escuchar no un blues, sino muchísimos y luego reunir todas las voces para levantar un concierto que llene de ruido el silencio en el que se hunde quien ama cuando se le ha dejado de amar. A ver, que levante la mano quién no ha estado en situación de desamor y no se ha consolado con música, cualquiera que sea.

Muchos de los poemas que se reúnen en Chilango Blues aluden al dolor, al deseo de muerte, a la orfandad. Se recuerda el primer abandono y se rememora en cada tramo. El tono poético es muy cercano al de los poetas románticos, por la recurrencia al desfallecer, al sentir la muerte en carne viva por la pérdida y las súplicas. Hay poemas que invocan a la deidad suprema para que ayude a sanar:


Dios ¿estás? ¿existes? ¿puedo pronunciarte si te he olvidado? No recuerdo la señal de la cruz ni el Padre Nuestro pero escucha esta plegaria: soy carne transparente, fantasma detén este castigo, esta pena

La agonía también invoca a las ancestras literarias, a las suicidas ficticias y reales, por ello en diversos momentos se menciona a Anna Karenina, a Alejandra Pizarnik, a Virginia Woolf, a Alfonsina Storni, a Sylvia Plath. Porque se sabe: “90% de las personas con el síndrome de corazón roto son mujeres”. Vale la pena mencionar que no solo participan en el libro personalidades literarias, también aparecen registros de mujeres de la vida real y cotidiana, un poco como fantasmas que van poblando la ciudad, un territorio construido por la voz poética: así una mujer de nombre Eva, de la Ciudad de México; u otra en Guadalajara que fue engañada por el hombre amado; otra más de 20, a quien la hirieron con el filo de las palabras y una frase bastó para cortarla; o a Penélope de 63 años, abandonada también. Al terminar el Lado B, que se titula “Taxonomía del dolor”, pensé que los hombres pueden matar a las mujeres de tantas formas, y cada vez que una muere, morimos un poco todas las demás. Es acertadísimo el título de esta parte, se clasifican y nombran las formas y los efectos del corazón roto. Los poemas de Evelyn Garfias Varela tienen la capacidad de hacernos sentir la muerte de cada una en carne propia y en este, su libro, nos reunimos todas para bordear los olvidos en los que ellos (los hombres) nos han dejado.

En el Lado A, “Reminiscencias”, acudimos al recuento de los hechos que la voz poética atravesó. La convivencia con la pareja, el trazo de la memoria se empeña por pasar una y otra vez por los mismos sitios, los cuartos, las calles, los parques recorridos, “como un disco rayado” solíamos decir. A veces las repeticiones son lacerantes, como en el poema Prisciliano Sánchez 733 A.


Arrullamos esa cama entre los brazos de una promesa que devino féretro para contener el gemido y la rabia. Nos amamos como se aman soles anaranjados como si fuesen el ojo de la dicha y, aun así, fuiste el monstruo de mi infancia, ahí, justo en el centro del cuarto 7. Me arrojaste como Luzbel entre nuestros huesos con las alas del demonio gris en mi garganta mientras paría lobeznos tristes entre mis piernas de árbol (quisiste morir en mala hora, un año y medio después).

Transitar los recuerdos puede ser pesaroso, porque el pasado quema. No es casual que en la coloquialidad se hable de cenizas simbólicamente para referirse a los ayeres. Así, algunos poemas de Evelyn también nos remiten al paso por el infierno, se evoca a Virgilio como guía, tal como en la Divina Comedia.

El recorrido va más allá de la vivencia inmediata, se recorren muchos pasados. Se padece de corazón roto muchas veces en una vida y cada vez significa una muerte. Lo confirmo con el poema Saisei:


estoy pensando en suicidarme por cuarta vez al fin que he tenido muchas viudas por cada muerte

Quiero subrayar las alusiones médicas a los ataques cardíacos denominados tako-tsubo por las vasijas en donde los pescadores nipones atrapaban a los pulpos. Y que justo el tako-tsubo es un padecimiento que se reporta sobre todo en mujeres. Descubrir estas referencias me evocó de inmediato la imagen que ilustra la portada de la plaquette. Así como la recurrencia a la figura del pulpo en comparación con los corazones humanos. De paso sea dicho, la portada es bellísima y convive a plenitud con la propuesta literaria.

Los poemas de Evelyn son tristes, desbordan la melancolía. En cada verso hay una propuesta que invita a mirar las sombras para descubrir la belleza del dolor. La poesía se enlaza a los versos duros y suaves del blues y nos colman. Bravo. ⚅

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[Foto: David Espino]

 
 
 

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