La paquidérmica quietud de un espacio cultural
- Hugo de la Rosa
- hace 6 días
- 3 Min. de lectura

El arte y la cultura en Guerrero se encuentran en este momento en un abandono colosal, en una quietud que simula movimiento. Es palpable en la actualidad, cuando uno pasa por los lugares donde años antes se brindaban talleres para actividades artísticas y hoy son sólo espacios donde no sucede nada, y si sucede, son actividades que no están planeadas; como esas charlas por la paz.
Recuerdo que hace unos años, cuando llegué a la capital de Guerrero, me encontré con el palacio de cultura en pleno zócalo. Yo buscaba un espacio donde aprender a dibujar, a pintar, así que me acerqué. Un amigo y una prima me habían comentado sobre los talleres que en ese entonces se impartían en ese lugar. Así que un lunes por la tarde decidí asistir para pedir información.
Entré al lugar con mis documentos en la mano, me recibieron en una bodega que parecía más una oficina de la ministerial, llena de carpetas y cajas de archivo muerto.
En la parte baja me encontré con una maestra y dos chicas que ensayaban teatro o danza, la verdad no sabía qué practicaban, me gustó lo que estaban haciendo, me quedé un rato ahí viéndolas, como un tonto que acaba de descubrir algo bello, la belleza del movimiento, de las formas del cuerpo. Cuando me vieron me acerqué para pedirles información, apenado.
El lugar era un pequeño cubículo, ahí me brindaron la información requerida. Pregunté por el taller de pintura o dibujo. La chica que se encontraba recargada en el escritorio resolviendo, quizá, un crucigrama, volteó a verme y me extendió un folleto donde venían los horarios y los días de los talleres.
En una esquina se encontraba un maestro leyendo un libro, mientras otros chicos pasaban ahí con unos dibujos riendo. El lugar me motivó a querer aprender, me sentí bien, era un lugar donde podría estar sin problemas.
Asistí a la semana, ya inscrito, a mi primera sesión de pintura con el maestro. Estaba nervioso, no sabía nada de pintura. Tenía ciertos conocimientos del graffiti, lo que sabía lo había adquirido de manera autodidacta en mis años de preparatoriano. Entraron tres chicos y se sentaron con el maestro, uno de ellos me vio, lo reconocí, me acerqué y me presenté con el maestro, quien me brindó una sonrisa, me realizó un breve cuestionario: ¿por qué estaba ahí?, ¿qué buscaba en la pintura y qué quería aprender? No supe qué contestar, solo le dije que me gustaba dibujar, era todo.
Esa tarde comenzamos con unos ejercicios y mientras dibujábamos unas frutas, una especie de bodegón, él nos platicaba de la magia de grandes maestros de la pintura que yo, por supuesto, jamás había escuchado hasta entonces.
Al pasar los días mi amor por la pintura se hizo más grande, quería conocer más, buscaba en ese entonces en los cibers los nombres de los pintores que recomendaba el maestro. En ese entonces dibujé un paisaje horrible en gis pastel y una guacamaya con colores extraños.
Ir a dibujar ahí me abrió el camino y la visión de ir a estudiar artes a otro estado, en ese momento no existía la escuela de artes plásticas en Guerrero. Así que, con esas ganas y con ese paso por el palacio de cultura, tomé mis papeles y me fui a estudiar a Cuernavaca.
Durante muchos años se siguieron dando esos cursos en el palacio de cultura, ofreciendo a jóvenes un lugar donde aprender, acercarse a la plástica. Hoy esos talleres ya no funcionan, el palacio de cultura hoy es un cascarón inservible, eso que llaman un elefante blanco. Es triste saber que han dejado de brindar esos espacios a los jóvenes.
En la actualidad existen algunos espacios independientes y se están generando nuevas formas de hacer arte. Hoy sólo nos queda asistir a las charlas por la paz, no vaya a ser que un joven se vuelva artista. ⚅
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[Foto: Vanessa Hernández]




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