La rendición de Federico Vite, una forma de acercarse al vacío
- Carlos F. Ortiz
- hace 2 horas
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Federico Vite transita del horror al terror, del miedo a la violencia palpable de una ciudad que hace mucho se la ha llevado el diablo, tema que ha sido parte del corpus de su obra literaria, en su caso, la ciudad y puerto de Acapulco. Esa otrora ciudad que era un lugar de descanso, afable, de pronto se precipitó al vacío, y Vite ha sido un espectador, pero también, como un aedo costeño, ha venido contando las historias que suceden en el puerto, esa violencia del crimen, de la descomposición cotidiana que sufre una ciudad que vive bajo el miedo constante.
La rendición funciona como una metáfora del dolor, del duelo, del olvido. Un mirar el mundo y todas las cosas que vamos perdiendo, que nos van quitando, mejor dicho, arrebatando de manera violenta. La muerte de un ser amado, el despojo de un espacio, de la tranquilidad. Dejar atrás cosas que nos sujetan, porque no son significantes. Vite, como Bolaño, Cercas y el mismo Cervantes, hace de su narrativa un juego de autoficción, transita los linderos de la ficción y la realidad. No quiero decir que él sea el personaje, pero sí hay en el protagonista de la novela mucho de Vite: sus reflexiones sobre el cine, la literatura, la violencia, el padre de origen italiano, trabajando de taxista, el desplazamiento por la violencia, el miedo, el encuentro con lo desconocido, lo extraño, lo ominoso, el unheimlich, como diría Freud, ese no sentirse en casa.
El libro se divide en tres partes: la primera, muy breve, donde la familia tiene que abandonar su casa y buscar otro lugar más tranquilo; viven la extorsión por parte de un grupo armado. La segunda parte es la historia de la mudanza a Caleta, a una casa vieja, llena de ruidos y fantasmas. La tercera, y la más breve, es una carta donde el personaje por fin se rinde y decide dejar pasar todo para poder continuar.
Vite transita de esas novelas llamadas del narco a lo que podemos llamar el gótico costeño. Pasar de la mano de James Ellroy a Matheson, de la violencia generada por la delincuencia al terror que genera lo desconocido, a lo espeluznante, de esas situaciones que de pronto no encajan con la realidad, sombras que aparecen y desaparecen, gritos, lamentos, una historia sangrienta de dolor oculta entre secretos y rumores, historias de las que los vecinos hablan en silencio.
Leí recientemente el libro de cuentos Tibia cercanía, de Vite, editado por la Universidad de Sonora, ganador del Premio Nacional de Literatura Fantástica, Cuento de Terror, editado el año pasado. Ahí encontré dos cuentos que de algún modo se tocan con La rendición, novela editada por Almuzara también en 2025.
El primer cuento, Una nueva etapa, es la historia de un reportero que llega al puerto de Acapulco a cubrir la violencia generada por el narcotráfico. Al instalarse en una casa que ha rentado su empresa, descubre que ahí suceden cosas raras, lo raro como algo sobrenatural, lo que está fuera de lugar y de tiempo. Y Apegos, vínculo filial, donde los personajes de algún modo aprenden a convivir con lo extraño, lo raro.
El terror nos permite observar en lo más profundo, desde ahí atisbar el mundo desde un punto distinto. Es un género muchas veces hecho a un lado, marginal, que ha encontrado en las plumas de grandes narradores un nicho: obras como Frankenstein, de Mary Shelley; Drácula, de Bram Stoker; nombres como Poe, Lovecraft, Shirley Jackson, Clive Barker, King, Matheson, que desde sus obras no sólo han pretendido causar miedo, sino que ahí, desde esas historias aparentemente grotescas, han limitado los linderos del terror, de lo brutalmente humano. Ese miedo, como señalaba Lovecraft, a lo desconocido.
Hoy la narrativa latinoamericana ha encontrado en escritoras como Mariana Enríquez, Samantha Schweblin, Agustina Bazterrica, María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda y Fernando Melchor, por mencionar sólo a algunas, un reconocimiento a este género, llevando el horror a lo social y lo político.
En México ya teníamos antecedentes como la zacatecana Amparo Dávila, que llevaba el horror a lo cotidiano, lo doméstico, en la locura; Inés Arredondo y esa atmósfera asfixiante e inquietante; lo sombrío en Guadalupe Dueñas; Francisco Tario; la novela gótica Aura, de Fuentes; el cuento Chac Mool; Elena Garro y la violencia social, de género, sin olvidar que una de las obras fundamentales de la literatura mexicana es una novela breve sobre fantasmas: Pedro Páramo, de Rulfo. 🂓




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