top of page

Trino de grosellas verdes en el alba

  • Luz Guerrero
  • hace 20 minutos
  • 4 min de lectura

Cuando Jesús me propuso con América para presentar Trino de grosellas verdes en el alba, estábamos en un bar cerca de aquí y América dijo, señalando una lámpara que prendía y apagaba, que el poemario era como esa luz. Una radiografía. En días posteriores, cuando comencé a leer el libro, lo hice teniendo esa imagen en mente y, en efecto, me pareció atinada si hacemos de ella una analogía con la búsqueda (sepa Dios de qué, cada quien tiene la o las propias) y el descubrimiento.

La búsqueda sucede muchas veces cuando la luz se apaga (esto en el sentido no textual); incluso, me atrevería a decir, en un estadio que precede al proceso de racionalizar, categorizar o dar sentido a lo que percibimos con los sentidos. Ocurre mientras uno, en este caso la voz poética del libro, camina a tientas y captura señales, estímulos, que de primera no ofrecen un significado claro. El descubrimiento, el ¡eureka! o la claridad, es ese momento en que “la luz se enciende” y podemos interpretar las señales, ver y andar.

En este poemario, los estímulos son muchos y muy variados, como solemos observar a lo largo de la obra de Jesús Bartolo; sin embargo, por el tema y la forma (poemas de verso largo), estos estímulos nos arrastran consigo en medio de flashazos que oscilan entre búsqueda y claridad. Podemos oler, mirar, escuchar, sentir, saborear e intuir sin pausa y apenas a veces con la tregua que concede el sueño nocturno, esa pequeña muerte circadiana.

¿Qué se busca? Cada uno de ustedes lo decidirá según su entendimiento. Para mí, lo que vale es el retrato de ese transitar de la búsqueda al descubrimiento, en un proceso no lineal ni mucho menos sosegado.

El libro se divide en cuatro partes, la primera para mí representa el comienzo de la búsqueda hacia lo profundo (el sótano) y, con ello, el comienzo del desasosiego. Lo quieto que siempre se mueve —escribe el poeta— abrirá el ojo. Y en ese abrir el ojo, se abre paso a las premoniciones, las dudas acerca del destino, los fantasmas, las deudas, la sensación de que algo aún desconocido acecha y hay que seguirle el rastro a través de las sensaciones y señales que antes mencioné.

En los sótanos siempre hay un foco fundido y otro a punto del último estertor: lo invisible es videncia y la videncia una maraña oscura que espera el alba para revelar que la luz eléctrica es un fantasma que sale por las noches a gritar su pena de mujer exuberante.

La segunda parte, El latido de los caracoles en la incredulidad del rocío, va ya de una incipiente claridad; comienza la tarea de racionalizar lo que antes percibieron los sentidos. Y no existe manera de racionalizar, de llegar a la claridad, al menos una que haga sentido para uno mismo, sin prejuicios, creencias, puntos de partida, pues, como la envidia o el odio que se aprenden en la infancia y fungen como nuevo margen dentro del cual circunscribir lo que se percibe y el actuar el resto de la vida.

Sin embargo, no nos hallamos en este punto ante algo definitivo: encontramos dudas acerca del porvenir, que parece nunca ser y, cuando está siendo, se transforma. La disyuntiva da la fe: ¿en qué creer? ¿Habría que hacerlo en las premoniciones? ¿En los sueños? Lo que sí es que llegamos a una verdad: la claridad sin autocondescendencia es un golpe de realidad y la realidad es crudeza.

La Parte tres, titulada Muda y ciega la claridad avanza de oído, la voz poética nos recuerda lo que sugerí antes: para acercarse a la claridad, una de las vías es seguir a la intuición, que habla con una voz muy quedita. La búsqueda parece llegar a su fin ante la proximidad de una única certeza universal, la muerte.

La Parte cuatro, El miedo arterial y triglicérico, nos lleva de vuelta a los anuncios del cuerpo, su inquietud, las dudas humanas que llegan con cada nuevo amanecer y no cesan por mucho tiempo.

No hay claridad venida de la razón que venza nuestra condición humana de seres emocionales, de seres con miedos. Menos para aquellos que tenemos la costumbre de cuestionarnos: ¿Qué es lo cierto? y elegimos a veces por sobrevivencia, porque la claridad es una hernia atravesando la intemperie, creer en lo que no es cierto.

Mi poema preferido:

Un hombre se mete la alegría con un embudo por los ojos y llora. Un hombre se unta poesía en la lepra de su cuerpo y un milagro verde vuela. La claridad es una hernia atravesando la intemperie. Otro hombre se empapa de oscuro y su resplandor entumece a los demás. Uno más da un beso y se le avinagran los labios con la larva del abandono. La claridad es una hernia atravesando la intemperie. Un individuo se saca el corazón y lo coloca en un expendio de carnes: se sienta con su mandil de carnicero a mirar podrirse al cocodrilo de su pecho. Un prójimo bienaventurado amarra lo que cree que son pecados al cuello y se arroja a un río: ebrios son los motivos de quien trae avinagrados los labios. La claridad es una hernia atravesando la intemperie. Un gato restriega su lomo en la agonía de un hombre que lustra sus zapatos con el ombligo de la muerte mientras le asegura a su hijo que nunca va a morir. (…) ⚅

Comentarios


bottom of page