La ética etílica y la paz briaga
- Emiliano Aréstegui
- hace 1 día
- 5 min de lectura

Las más de las veces es difícil hablar de lo cercano. Puedo decir, porque Ulber ya lo ha dicho, que conocí este libro antes de que fuera publicado, le metí mano a sus raíces y me llené de asombro, pues encontré que Ulber, el poeta solemne y melancólico de Días como esas tortugas que van al mar, había escrito una épica de los fracasados. Y los había instalado en un anfiteatro lleno de vivos que buscan a la muerte en un remanso en el que el tiempo, como lo ha dicho José Luis de la Cruz, se estanca. Este lugar se llama Las Coronitas.
Este libro, por contraste, me resultó el libro más divertido de Ulber Sánchez, pero no es un libro divertido, es irónico, mordaz, a veces hiriente, y mantiene una solemnidad que raya en el desparpajo: «utilice el baño correctamente, no lea poemas de Pizarnik», dice en uno de sus poemas. Es un poema oscuro, sí, pero luminoso, denso y sombrío, aunque alegre y festivo.
Los poetas esconden en sus versos un campo semántico, podemos decir, para escucharnos leídos, que son la suma de sus obsesiones: versos, imágenes, palabras que surcan su quehacer de lado a lado, de libro a libro. Así pasa con la obra de Ulber Sánchez y así pasa en este, su libro más reciente, que es el más alejado del lirismo. En Anfiteatro Las Coronitas, el poeta se desancla del símil, recurso con el que, hasta hace antes, basaba buena parte de su poética, pero el campo semántico permanece.
Aquí el mar, la noche, el amor, el desamor, los ángeles que no son ángeles y que confirman la sospecha de Ícaro, se presentan. Y Dios, siempre Dios, así, escrito con mayúsculas, se hace presente, ahora acompañado de las fotografías de José Luis, que tiene también un estilo que lo marca y lo define.
La patria del poeta es la palabra e Ícaro y el mar lo saben y, ajenos a este bar y a Chilpancingo, se apersonan en este poema que más parece una cantina, universo encerrado entre cristales. Aparece también la sed insaciable del cazador frustrado, del hombre que espera en la cantina a esa que nunca ha de llegar y, mientras bebe, mira y, en ese mirar, el mundo se desdobla, se escancia, se acantina.
Cabe decir que, para hablar de este libro, recorrí, primero, las páginas de sus otros libros. Ulber, el Ícaro chirundo u Onícaro, como también le dicen, es un tejedor de versos y es también un eterno habitante de cantinas. Él sabe que no hay mejor lugar para encontrarse con el mundo. Quizá por eso este libro no es sólo de Ulber, quizá por eso en este regimiento de fracasados, entre la miseria guardada en estas páginas, es alegre, hay, en este libro, una paz briaga, una ética etílica que escampa y se manifiesta y hay también un panteón vivo, una mesa en la que uno se encuentra con Paz, Satie, Lowry, Simic y el eterno Gorostiza, que le presta a Ulber sus putas y sus barcas. Y también se encuentran con colegas como Paul Medrano, pues él también ha escrito sobre Las Coronitas y, en este libro de páginas como mesas cargadas de botellas, también abreva bravo el poeta de la luz, José Luis de la Cruz, el cíclope del ojo mecánico.
Y en el siguiente verso botella, uno encuentra una sentencia: «La gente triste es contagiosa». El poeta lo sabe y lo comparte, pero esta vez nos contagia de una tristeza alegre y comparte la muerte lenta de la paz briaga. Podríamos decir que comparte la putería prudente, el caos ordenado y la sed de los insaciables.
En estas páginas se guarda un himno al fracaso, pero es este un fracaso heroico, la épica cotidiana de los condenados a sí mismos, de los borrachos de amor y del destino intestino de la cirrosis. En estas páginas uno encuentra dudas y certezas, pero también sentencias, advertencias, chascarrillos. Aquí el cura, lo dice por la calle Hidalgo en la que se cimenta Las Coronitas, reúne a sus parroquianos para la sublevación, una sublevación neuronal y aciaga, diría yo, contra la cordura y en busca del sano delirio.
Aquí se abren las puertas de un mundo de voces y postales, el diálogo subversivo de los borrachos que se confunden a sí mismos con niños celestiales, con ángeles obesos, donde uno se encuentra con mujeres ungidas en sus trajes de batalla, sazonadas en sí mismas, dispuestas a cazar a los más nefandos cazadores.
Aquí, en estas páginas, está ella, la mujer de mil máscaras que puede ser cualquiera y, sin embargo, es ella, la que utiliza palabras como anzuelos, y también está la que se fue y la que signó sus muñecas con elefantes marítimos de tierra. Y, sobre todo, está ella, la ausente, la que recogió José Luis de la Cruz en una flor de vainilla y la dejó sobre la barra eterna de esta portada, ella, la dejada, la esperada, la sin nombre, la innombrable. Y hay también otros ángeles borrachos que en la cantina amadrigan.
Este es un bar y al bar se viene a escanciar el mundo, a dialogar con los muertos, a ser observado por todos aquellos que en el beber se fueron, pero que permanecen como sus fotografías en las paredes de Las Coronitas, recordatorio fijo de que el alcohol, al igual que la literatura, es asunto de muchísimas personas, de que la muerte es el paso siguiente, de que la ausencia no existe. En este libro abriga la paz briaga con una luminosidad oscurescente.
Aquí también, huelga decirlo, es parte fundamental otra mirada, una mirada que trabaja la luz y la forma, los lentes, los cristales, la mímesis del mundo subvertido. Acá también está la mano mirada de José Luis de la Cruz, el cómo, ya dije, cíclope de ojo mecánico que supo darle color y textura a este poemario. Muchas de sus fotos juegan con el desenfoque, como recordando la mirada micro-macroscópica de los borrachos, la atmósfera ambarina como de cerveza oscura, la mirada líquida de los que saben de licores.
Lo malo de este libro es que uno quiere emborracharse luego de leerlo. Lo malo de este libro es que es un anfiteatro y acá, a unas cuantas cuadras, está ese bar encerrado en su rosa mexicano. Lo malo de este libro es que es un túnel que lleva al abrevadero de los párrocos del apocalipsis y el desequilibrio. Lo malo de este libro es que, luego de leerlo, a uno le dan ganas de ir a chocar las botellas de líquido ambarino para beber hasta hartarse, porque para los niños celestiales no hay diferencia entre un orfanato, un anfiteatro y una cantina. Ángeles desleales, que así como le cantan a un bar, pueden irse a meter a cualquier otro.
Vamos, pues, angelitos de rubor birriondo, vengan todos a preguntar el precio de estas barcas para navegar en el amor delirio de un letargo de cantina. 🂓




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