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  • David Espino

Las palabras y las armas

Actualizado: 30 ene 2023


La primera vez que presencié un asesinato fue en 2005. Estaba llegando a Acapulco por una estancia que se prolongó hasta 2010. Escribí una nota y al siguiente día una crónica que recuerdo se publicaron en El Sur. Me impresionó ver al hombre muerto. En plena Costera. Inerte, sin vida, dentro de su camioneta con placas de Sinaloa. Eran de los primeros asesinatos al estilo narco que ocurrían en Guerrero, o al menos, en Acapulco. Ya saben: Cuerno de Chivo y esas cosas.

Desde ese tiempo a la fecha han pasado 18 años, al menos 120 mil asesinatos más y unos 37 mil desaparecidos. Era 2005 dije. El siguiente año en la Garita ocurrió un enfrentamiento entre policías municipales y narcos del Cártel de Sinaloa en el que los policías ganaron. Un par de meses después sus cabezas decapitadas fueron dejadas afuera de unas oficinas de gobierno en la misma Garita. Con un mensaje: “para que aprendan a respetar”.

La guerra había iniciado. Corrijo, para no correr el riesgo de oírme tremendista: la vía de las armas había iniciado. El Estado creyó que aplastaría a los narcos con toda su fuerza. Del Ejército, de las policías judiciales. Creyó que sería como cuando aplastó guerrilleros en los 70, en los 90. Mal armados, mal comidos, con poca base social. Lo hicieron en Guerrero. Más de 500 desaparecidos de la guerra sucia de los 70.

Lo que vino ya lo saben. El narco tenía todo el dinero del mundo para comprar generales, jefes policiacos. Soldados y policías. Y estaban mucho mejor armados. Y habían aprendido a ser nihilistas, sin que tal vez conocieran la palabra. Nos enfermamos de mafia. Se vino una ola de corridos llamados alterados con toda la apología de la violencia:


Con cuerno de chivo

y bazuca en la nuca

volando cabezas

al que se atraviesa

somos sanguinarios

locos bien ondeados

nos gusta matar…


La letra no podía ser más literal. Entre 80 mil y 120 mil crímenes ligados a la lucha del narco. Entre ellos y entre ellos contra el Estado. 37 mil desaparecidos. Cientos de miles de fosas clandestinas en todo el país. Redondeando cifras. Si estos datos no demuestran que las vías de las armas no es el camino para la paz, entonces, salvando las diferencias, los 15 millones de muertos de la Primera Guerra Mundial tal vez les diga algo. O tal vez el horror del Holocausto.

Lo que no entiendo es por qué si conocemos el resultado atroz de la guerra (de la vía de las armas) hay quienes siguen pidiéndola. Que no hay otra salida. Que a los narcos hay que enfrentarlos a tiros. A sangre y fuego. Insensatos. Como si doce años de fuego y sangre no hubieran sido suficientes. Tal vez si fuéramos nosotros los que estuviéramos en las casas de seguridad. En los plantíos esperando la llegada de los soldados. O los soldados que se van a enfrentar contra hombres que han demostrados ser capaces de todo. No sé. Tal vez nuestra perspectiva cambiara.

Lo que yo digo es que hay otra vía. Que no se debió llevar nunca a las calles el conflicto armado con los narcos. Que estudiando la violencia y sus orígenes pudiera haber otro modo de combatirla. Buscar modelos de ciudades violentas y echar a andar programas pilotos. Se hizo en Río, se hizo en Caracas, se hizo en Medellín. Pienso en Acapulco. Ya lo dije una vez en un texto que puede leerse aquí. La presencia del Estado sí. Pero no con soldados sino con empleos. Reduciendo las distancias entre pobres y ricos. Generando condiciones para que los chicos de las barriadas estudien. Construyendo más espacios deportivos y culturales y dando menos permisos para abrir cantinas, bares, billares.

Se dice fácil, sí. Pero ya se le dio chance a las armas. Ya escupieron fuego y quemaron todo a su paso. Démosle espacio a la palabra. A la inteligencia. Dejemos de pedir más balas. Más muertos. Pidamos paz y entendimiento. No hacen falta otros 100 mil muertos. Otros miles de desaparecidos. No hace falta sembrar más fosas clandestinas. Ni todo el dolor que eso debe provocar en casas de unos u otros. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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