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  • Lydiette Carrión

Linchamiento



El primer caso que cubrí fue el de tres policías federales retenidos en el pueblo de San Juan Ixtayopan, Tláhuac, el 23 de noviembre de 2004. En aquella ocasión durante varios días, gente desconocida se había apostado en las inmediaciones de una escuela pública. Los vecinos no lo sabían, pero se trataba de elementos de la división de “antiterrorismo”. Esto porque semanas antes se dio a conocer un documental que narraba la vida de los hermanos Cerezo.

Estos hermanos Cerezo fueron detenidos en agosto de 2001, acusados de ser responsables de unos petardos que estallaron en diversos lugares de la Ciudad. Pero el trasfondo es que la policía los identificaba como hijos de los fundadores del Ejército Popular Revolucionario (EPR), grupo armado que se enfrentaba al gobierno desde 1996. El documental narraba que años atrás, los papás de los Cerezo de alguna manera eran fundadores de algunas colonias recientes en San Juan Ixtayopan.

Es importante entender bajo qué contexto los policías federales estaban ahí: no eran los primeros desconocidos vistos los últimos días, apostados cerca de una escuela pública, por horas. Esto en un pueblo donde todos se conocían. Y el linchamiento, hasta donde sabemos, nada tuvo que ver con la guerrilla: los papás de los Cerezo tenían décadas que no vivían ahí.

Lo siguiente que pasó en 2004 no es tan sólido. Algunas versiones apuntan a que una vendedora de dulces, que además se dedicaba al narcomenudeo, se puso “nerviosa” y fue quien soltó el rumor de que se habrían robado a un niño. Pero quizá no hubo tal narcomenudista; quizá solo hubo quien notó que había tres adultos desconocidos, fornidos y probablemente armados, cerca de la escuela, y el rumor del niño robado surgió.

A los policías los increparon. Éstos respondieron que eran policías y la gente les pidió que se identificaran, pero ellos no lo hicieron. No traían ninguna identificación ya que iban de incógnito, mientras el rumor del niño secuestrado corría como pólvora –no hay nada que enfurezca más a un grupo de vecinos que la idea de que sus hijos puedan padecer algún riesgo–. Los retuvieron, llamaron a las autoridades de la entonces delegación Tláhuac, al entonces jefe de la policía del Distrito Federal –Marcelo Ebrard– y a las autoridades federales. Nadie respondía.

Mientras, llegaban y llegaban reporteros viales y de la fuente de la ciudad. Pasaron las horas y los ánimos se caldearon. Tras 12 horas de silencio por parte de las autoridades, la turba los quemó. Sólo uno sobrevivió, con graves daños físicos. Los policías fueron entrevistados en varias ocasiones por la prensa, que “hizo su labor”. TV Azteca hasta transmitió en vivo el linchamiento en horario estelar. Pero ninguna autoridad puso freno.

Antes de esto, San Juan Ixtayopan era un pueblo de escasos recursos, pero con bajos niveles de inseguridad. Según los censos, tenía un saludable tejido social, la inmensa mayoría de los niños y niñas iba a la escuela y la población mantenía sus tradiciones. Se trataba de un pueblo con un pie en la vida rural y otro en la urbana. Pero estaba conformado de buenas personas. Después de esto, todo fue cuesta abajo. Ahora ha sido tragado por la delincuencia organizada que asola Tlahuac.

Los linchadores podemos ser tú o yo, si se dan las circunstancias.

El otro caso ocurrió en febrero o marzo de 2013 en Santa María Chiconautla. En las semanas anteriores, desconocidos secuestraron a dos adolescentes en las inmediaciones de la parada del mexibús Las Torres. Esos secuestros eran reales, días antes del linchamiento incluso hubo una manifestación importante pidiendo seguridad y avances en las investigaciones.

Aquel día un muchacho estaba tomando fotos a las niñas que salían de la primaria. De nuevo, la gente se percató y lo retuvo. Llamaron a la policía. Nunca llegó. La gente se fue juntando. Incluso llamaron con las campanas de la iglesia. La gente interrogó al joven, que primero negó todo. Luego empezó la golpiza. El joven entonces dijo que sí, que conocía a unas muchachas secuestradas. Hasta aquí podría pensarse que el dicho del joven era producto de la desesperación y el miedo a la muerte. Pero cuando las autoridades llegaron, el joven informó sobre algunos sitios. Las autoridades, días más tardes, informaron a la población que efectivamente encontraron a una muchacha. Sin embargo, agregaron, no era ninguna de las adolescentes que buscaban, sino una muchacha que se escapó de casa.

Y aquí está lo raro. En otra carpeta de investigación, el ministerio público consignó que el lugar referido por el joven estaba cerrado y jamás fue investigado en otra ocasión.

En otras palabras: la gente jamás supo si realmente se investigó lo dicho por el joven que, por cierto, salvó la vida y fue puesto en libertad días después –nadie se atrevió a interponer una denuncia. Quien lo hiciera podía ser detenido por el linchamiento–.

En ambos casos, las autoridades fueron omisas, y en al menos uno de los casos hubo indicios de que podrían estar coludidas.

El linchamiento es una respuesta de la masa. Cualquier individuo, si está lo suficientemente enojado y se encuentra en “manada” puede llegar a participar de un linchamiento. Se ha investigado hasta el cansancio cómo es que cuando somos muchos perdemos nuestro sentido de individualidad y ganan las emociones colectivas. Por eso es que en ocasiones se dan estos escenarios tan desconcertantes en los estadios, por ejemplo. En estos otros casos, sin embargo, destaca la sordera de las autoridades, pasan horas y horas y horas. Y lo más grave, cuando interceden, queda una sensación de insatisfacción.

En mi experiencia, tras un linchamiento (consumado, como en Tláhuac o si el probable delincuente salvó la vida, como en Chiconautla), algo se rompe en el corazón de las comunidades. Si bien puede permitir un desfogue a estas emociones de impotencia e ira, ejercer esta violencia homicida no puede ser saludable para ninguna persona. La culpa, o la descomposición vendrán en los días siguientes. La desconfianza ante los vecinos crece. Y la desconfianza –fundada–ante las autoridades no pasa.

El linchamiento de los probables responsables de la privación de la vida de la niña Camila es otro caso que desalienta cualquier esperanza en un futuro mejor. No es sólo la impunidad de quitar la vida a una niña inocente, sino la indolencia –o colusión– de las autoridades, hasta el grado de permitir la destrucción de los frenos sociales. Es muy grave, muy grave cada hecho similar. ⚅

[Foto: David Espino]


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Este texto también fue publicado en Pie de Página.

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