Loco por destruir o la ciudad sin afecto

Aun cuando el cuento sea un artefacto en eterno estado de renovación, existe en general un consenso: debe, per se, aspirar a la esfericidad, debe engendrar la demiúrgica sensación de contenerlo todo, de ser uno en sí mismo. Hay, sin embargo, una escuela del cuento que, sin faltar a esta premisa, logra agregar al cuento una dimensión distinta en lo colectivo, en su lectura conjunta. Estos volúmenes de cuentos nos han sabido acompañar como lectores: Queremos tanto a Glenda, Dublineses, El llano en llamas, El Aleph. Un diálogo profundo y poderoso los atraviesa y los hermana. La genética de Loco por destruir, el volumen de cuentos del escritor Juan Fernando Covarrubias, pertenece a esta familia por sus aspiraciones.
Cabe aquí el hijo que, luego de la muerte de su padre, vuelve a su figura en una exploración íntima que le sirva de ajuste de cuentas; la mirada obsesiva de un hombre que a través de su ventana sigue de cerca el deseo, dejándose llevar por él hasta el desbarrancamiento; la noticia cotidiana que resquebraja la realidad y la deforma para siempre; la cita a ciegas que se padece y que, sin embargo, en su núcleo, palpita en todo momento lo detestablemente humano. Aquí, los personajes viven atados a un fatigoso conflicto con el mundo. Caminos y miradas reflejan una relación inconforme con la realidad que les provoca desazón tanto como un latigazo de orgullo. En su inadaptación no duerme la incapacidad de adecuarse a la realidad y a sus normas; permanece en vigilia un sentido de rebelión quedo e imperceptible que aceptaron hace mucho tiempo y juzgan ya irresoluble.
En la lectura conjunta de estos cuentos se nos revela un personaje desmesurado que lo abraza todo: la ciudad. Lo inquietante, lo extraño, la pólvora a punto de arder, no son manifestaciones de la atmósfera: son los atributos de una ciudad que cobija a sus hijos sin ofrecerles resguardo, una ciudad que lo es todo excepto maternal, cuyas propiedades se confunden con los síntomas de una enfermedad milenaria y atemporal.
Lino Waleski es el personaje sobre el que la ciudad descarga su fuerza, castigándolo por su permanente disposición subversiva. Lo veremos cruzar algunos de estos escenarios, habitando, como diría Alessandro Baricco, “un tiempo anómalo que inútilmente buscaríamos en la experiencia cotidiana”. Y es que otro posible nombre de Waleski podría ser Legión: él encarna distintas vidas en un movimiento que sólo podría ser posible en la literatura. Lo hace, quizá, como una manera de hacer frente a la ciudad y su realidad, desdoblando una inconformidad multiplicada, como un último acto de insurrección al que se nos permite asistir. 🂓




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