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  • Refugio Pereida

Lunes al sol


—La peor lectura que he presenciado.

—¿Sigues en la ciudad?

—Sí.

—Vamos a desayunar.

Por supuesto ellos —digo ellos, mis amigos— estuvieron encantados. Tuvieron ante sus ojos la belleza. Fueron atraídos por las enormes columnas de Hathor, hija de Ra y esposa del dios Horus. La alegría, la danza, las artes musicales de la diosa del amor egipcia se les reveló —a ellos, nomás.


Afuera del hospital, sobre todo en urgencias, los familiares yacen sobre cartones. Algunas mujeres se maquillan porque es de mañana. No se sabe pero existe la esperanza de que su paciente sane pronto.

Una mujer indigente está despertando. ¿Por quién estará sobre el cartón? ¿Acaso por un hijo, una amiga, un camarada? Quizás es solidaria con el dolor humano y espera todos los días que una familia sonría cuando ven aparecer por la puerta a quien ha sanado. O quizá está ahí para acompañar de lejos al que llora, al que se le ha roto la vida, al que le han arrebatado el amor, al que no tiene un peso y recibe cada noche un tamal, una torta, un café.

No falta un alma caritativa que se apiada de sus semejantes, de los dolientes, de los que esperan fuera del hospital con los bolsillos desganados y solitarios, que no tuvieron más que para el transporte que los ayudó a llegar a urgencias. Esa mujer no me mira. Mira un punto fijo. Desde ahí lo ve todo como una María Sabina. Recoge con lentitud su caja de cartón, la acomoda sobre las rejas. Y sigue mirando algo, algo tan transparente como el dolor.

Hay una carroza fúnebre en la avenida, muchos autos que entorpecen la circulación, pero se entiende. Baja una persona y luego carga en brazos a una mujer medianamente joven. Su cara tiene golpes. La coloca en una silla de ruedas. Ella lleva un gorro de estambre azul claro como el cielo de esta mañana.

¡Ah! Qué bien se siente el sol sobre todo en los pies. Luego de rodear el hospital, se encuentra una larga, larguísima barda que ha sido tatuada por varios pintores en homenaje a la labor de los trabajadores médicos.

Alguna vez alguien dijo que en los frescos de las paredes del Tlalocán de Teotihuacán se encuentra un poeta. Le pregunto a mi sobrina Elsa, porque es arqueóloga y trabajó durante varios años en esta zona:

—¿Es un poeta?

—Hay varios. Recuerdo que los interpretan como personas que están cantando. O simplemente, están haciendo uso de la palabra.

—Eso hacen los poetas: cantan, hacen uso de las palabras.

En los murales se ve a un hombre escribiendo, fantaseo. Si esa imagen permaneciera después de varios siglos se podría especular que es un indicio de una civilización antigua ocupada en cantarle a la vida porque la palabra nos construye, nos utiliza como materia para representar un mundo o varios, porque el lenguaje habría de ser plasmado para describir la naturaleza humana ante el infortunio y hacer de ella un poema.

La interpretación del pasado, más si han transcurrido siglos, es fascinante. Nos maravillamos al escarbar, tocar el polvo, mirarnos la manos, encontrar los vestigios del color, al sentir el viento que mueve los pétalos de un crisantemo pintado en la pared, en una mañana como la de hoy, y al levantar la cara igual que en la película española Los lunes al sol. ⚅

[Foto: Gonzalo Pérez]

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