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  • José Agustín Solórzano

Manual para bajar de peso; versos fit de un poeta fat




Hace un par de meses vi de nuevo a Jesús Bartolo, el autor de Manual para bajar de peso. Qué pasó, maestro, le dije, ¿no le funcionó su manual? Contestó con una sonrisa a punto de volverse carcajada: No, maestro, lo del título es nomás un gancho mercadológico. Lo último lo dijo frotándose la panza que claramente se ve no es por ausencia de ejercicio si no por exceso de pan dulce. Jesús Bartolo siempre ha sido un aficionado al pan y a la poesía, para él, incluso llegan a ser lo mismo, sin poema no hay pan y sin pan no hay poema.

En estos tiempos de lecturas bajas en carbohidratos y libros light, llenos de manuales de autoayuda y literatura de desarrollo personal, la obra de Bartolo es un bocado apetecible, dulce para el diabético y goce culpable del hipertenso.

Leer versos como:


Aún la luz no aparece por entre el marasmo de los árboles,

los pájaros iluminan cada rama y la madrugada

con las luciérnagas de su canto.

Aluciernagado, sentado en el borde de la cama,

los escucho encender cada resquicio de la estancia.


nos propone una lectura que debe gozarse por sí misma, un lenguaje que se regocija en el lenguaje mismo. Los pájaros son luz, dice el poema de Bartolo, las luciérnagas cantan y al cantar crean un adjetivo nuevo: aluciernagado, así el poeta nombra las cosas que no existen o, mejor dicho, que existen pero que son invisibles.

Este manual es un diario donde los días se suceden como poemas. El diario del gordito que se niega a levantarse de la cama para retomar la vida y ganarle el paso a la muerte:


Tengo la gordura exacta para morir de un infarto

o ser diabético.

El pájaro agorero que me expulsa de la cama,

que me impele a dejar la zalea de la flojera

y bogar alado Mercurio por la acera, es el miedo.


Si cada palabra fuera una caloría menos, si cada verso una flexión y cada poema una rutina de Crossfit, Jesús Bartolo sería el tipo más en forma que pudieran conocer. Maestro, ¿a qué hora sale a correr si escribe como si no hubiera mañana?, le pregunto. La poesía, al igual que el ejercicio es una disciplina, me contesta. Desde temprano hay que ganar la batalla contra uno mismo: levantarnos de la cama, ponernos los tenis, hacer versos mientras corremos uno, dos o tres kilómetros, luego llegar y escribir, no parar porque la poesía al igual que el cuerpo está hecha para el movimiento.

No voy a mentirles, no estoy seguro de que lo haya dicho exactamente así, o siquiera que esa conversación haya ocurrido, pero sé que Jesús Bartolo lo piensa de esa manera, que escribe a destajo como si en ello se le fuera la vida, como si de no hacerlo pudiera morir de un infarto o diabetes. El pájaro del miedo lo expulsa de la calma y lo hace escribir porque aunque se sabe que  “No se puede tapar el sol con el canto de un pájaro/ ni con el canto de todos los pájaros del mundo”, también es cierto que “Lo que comenzó como una idea puede terminar como un hábito.”

El Manual para bajar de peso es el diario de un tipo que quiere dar cuenta de sus esfuerzos por deshacerse de esos kilos extra; al final los pasos, el sudor y las sentadillas los transforma en versos y aunque varias de las lonjitas se despiden otras permanecen ahí porque la poesía siempre se sobrepone al esfuerzo físico:


Una semana y la gramática con los pasos he reinventado.

Una semana y con los acordes del cansancio hice música.

[…]

Una semana y la báscula no se ha movido ni cien gramos.


La aguja de la báscula es rigurosa y cuenta cada gramo, pero la aguja de la vida avanza siempre y se lleva las horas y los versos. La música que Jesús Bartolo hace mientras trota es un eco de la música que sorraja sobre las teclas de la computadora cuando escribe. El símil del workout y del hacer literario se mantiene durante toda la obra, porque el cuerpo es también una gramática, con sus reglas, su sintaxis y su lenguaje.

No quiero hacer muy larga esta reseña, que el lector guarde aire para la rutina que le espera al recorrer este manual, una experiencia jadeante, pero al igual que cuarenta minutos al trote, también nos permite, entre el inspirar y el exhalar, vislumbrar el mundo como pocas veces lo vemos:


El hombre de la caverna escucha la lluvia pero no la sabe,

el yo lírico sabe la lluvia pero no escucha su voz de agua.

Los dos saben lo que es el esfuerzo y la luna en el cielo ciego,

conocen el verduguillo del frío, el perfume sordo de la umbras

y el braille de los grillos.


Escuchemos lo que no sabemos y abramos los ojos a lo que no podemos ver con ellos. La verdad, la poesía y el sol están frente a nosotros pero deslumbran.

[Foto: Carlos Ortiz]

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