Manual para ganar un premio literario
- Geovani de la Rosa
- hace 4 horas
- 4 min de lectura

¡En estos tiempos hay tantas personas decididas a dejarse atrapar!
Jaime Jaramillo Escobar
Ganar un premio literario en México es un oficio lleno de contradicciones, estrategias sutiles y, por supuesto, una pizca de suerte. Desde que llegué a este páramo lo entendí y lo confirmé una vez, yendo a escuchar a una poeta chilena, cuando, al final de la lectura, platicando de poéticas con uno de esos multipremiados de la poesía mexicana, me espetó que cómo me atrevía a criticar a una vaca sagrada; que él era su amigo y que no por haber ganado un premio de prestigio —tan prestigioso que el Fondo de Cultura Económica no me quiere sacar la segunda edición en México— podía andar señalando las falencias poéticas y los calzones sucios de un genio literario nacional. El poeta multilaureado se hizo el digno y me dejó con la crítica en la boca. Ahí lo entendí todo por enésima vez: ganar un premio no es solo escribir bien; es aprender la coreografía delicada entre lo que el jurado espera, lo que el mercado tolera y lo que tú, en tu momento de lucidez poética, te atreves a plasmar en el papel. Y hablaré desde la poesía, un campo de batalla que me es más cercano.
Primero, hay que entender al jurado, esos lectores que parecen vivir en un tiempo paralelo, donde cada verso se discute en voz alta como si fuera un funcionario de la 4T hablándole al pueblo de México. No buscan coherencia ni profundidad; buscan la frase que suena convincente en la junta de dictaminación, el guiño que todos aplauden aunque nadie sepa por qué, el pequeño gesto que puede ser citado en actas sin que nadie entienda cómo llegó ahí. Y, ojo: a veces ni ellos mismos saben lo que buscan, y tal vez nunca lo sabrán del todo. Esa es la parte divertida.
La voz del autor es crucial, pero no debe ser desbordante. La autenticidad es premiada, sí, pero el exceso de experimentación o de rareza puede ser tu sentencia. Hay que sonar original sin parecer que escribes desde otro planeta. Y, aun así, que algo de tu excentricidad logre colarse, porque la memoria del jurado se agarra a esos detalles que tampoco saben explicar.
El libro que presentas debe contar una historia, aunque no siempre lineal ni explícita. Tres series de poemas, un hilo conductor o un orden intuitivo; la clave es que, al leerlo, alguien sienta que todo tiene sentido, aunque no pueda decir por qué. La nostalgia, las vidas ajenas y la crisis existencial suelen ser apuestas seguras, pero siempre hay que dejarlas rozar la frontera del enigma.
En la selección de poemas, el criterio es doble: fuerza y resonancia. Un solo poema puede sostener un libro si logra quedarse en la memoria del lector. Por eso conviene cuidar cada palabra, cada imagen, sin miedo a que algo se pierda en la traducción de tu mundo al papel. La economía verbal no es un pecado. Todo lo contrario. A veces es la única manera de que tu obra respire, deje respirar al lector, vaya por un vasito de agua, dé un sorbo al café o al cigarro, y se haga inolvidable.
El territorio y la localía son armas de doble filo. Mostrar tu mundo, tu ciudad, tu barrio o tu selva es indispensable, pero siempre hay que convertirlo en algo que trascienda. Que un mango caído o una sombra olvidada en algún paraje remoto hablen, de alguna manera, del mundo entero. Esa sensación de familiaridad en lo extraño es lo que suele atrapar a los jurados, aunque nunca lo admitan.
Y no olvides los temas calientes de la poesía actual: política disfrazada de lírica, violencia que se puede convertir en metáfora elegante, experiencias personales que parecen universales y, siempre, siempre, algún guiño a lo social que no moleste demasiado. Lo demás es accesorio: la oralidad, la intelectualidad, las amistades literarias, el prestigio de tu editorial o tu reputación en los círculos correctos pesan más de lo que imaginaste. La sutileza en estos temas no premia, la simulación sí.
Finalmente, hay que manejar el efecto «novedad sin riesgo». Introduce el giro inesperado, la frase curiosa, la imagen chocante que no te comprometa demasiado. Futuro, utopía, mundos posibles: todo vale si parece profundo y si alguien puede recitarlo en la junta de dictaminación sin atragantarse. La literatura especulativa, en este contexto, no es evasión; es acto de supervivencia. Lo importante es que conecte con el «sentido literario» que todos dicen valorar, aunque en realidad nadie sepa muy bien qué significa.
Si logras ensamblar todas estas piezas, el libro puede abrir puertas y, con suerte, premios. Si no, aún te queda el mérito de haber construido un universo coherente, un espacio donde la memoria, la emoción y la imaginación conviven. En México, eso no es poco. Y quizás, en algún momento, alguien recuerde un poema tuyo y diga: «Esto era distinto, y me dejó algo que no sé explicar». Ahí está tu verdadero premio, entre la ceremonia, el simulacro y la sonrisa educada que todo lo disimula. ⚅
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Foto: Nin Solís




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