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Perdí mi teléfono y regresó

  • Alfonso Morcillo
  • hace 5 horas
  • 4 min de lectura

Perdí mi celular de una manera absurda, estúpida. Y lo recuperé de una manera absurda, por demás inverosímil y casi imposible.

Por razones que son motivo de otro texto trabajo en una tienda buena bonita y lo que sigue. El uso del teléfono es restringido y además ni tiempo hay de estar revisando redes sociales o mensajear, pero siempre hay que revisar que no sea un llamado urgente. Ya me pasó una vez y fue una llamada para darme una mala noticia. Mi jefe me dijo: "Si te tienes que ir, ve". Ante la muerte irremediable no hay nada que hacer. No soy del servicio forense ni soy cura para ofrecer exequias. Así que agradecí el gesto y me dediqué a seguir trabajando, con el recuerdo del familiar fallecido. Uno no quema sus cartuchos a la ligera. Saldría por la tarde y podría asistir a los funerales.

El caso es que saqué el teléfono para ver de qué piba el mensaje. Nada importante, podría contestar después. Eran las 7:45 de la mañana. Dejé el aparato sobre un refrigerador, cuando siempre, hasta ese momento, siempre, lo devolvía a mi bolsillo. Una hora y media después me percaté de su falta. Mi pantalón pesaba menos de lo normal, el cinturón cumplía su función de mantener la prenda alrededor de mi cadera. Algo estaba mal. En ese momento le dije al jefe: "Márcame". Me llamó y de inmediato mandó a buzón. Volvió a llamar dos coscones más, el mismo resultado. Era evidente que el celular había sido robado. Peor, lo había olvidado y alguien lo tomó. Hice memoria y recordé el momento último en que saqué el teléfono. Me dijo el jefe: "Al rato revisamos las cámaras; de todos modos el teléfono ya lo apagaron y ya vemos si es cliente frecuente".

Ese viernes llovía, pero a la vez no era frío. El calor subía, el bochorno agobiaba. El sudor corría por mi cabeza y se confundía con la lluvia, aunque no me mojé, solo que tuve que salir a cumplir un encargo. Un compañero de trabajo me preguntó si el agua en mis lentes era producto del llanto, la lluvia o el sudor; no pude más que reír a carcajadas.

Horas después revisamos las cámaras y estuve revisando. En primer plano entrando, saliendo, haciendo, yendo, viniendo. No se ve el momento en que dejo el artefacto por el que unos roban y otras lloran por su falta. Y de repente, helo ahí, el sujeto toma el teléfono, lo mete en la bolsa derecha de su sudadera, saluda a su amigo que andaba en otro pasillo, hacen sus compras, charlan. Fin del video. Su rostro en primer plano es inconfundible. "Lo recordaré", me dije en ese momento.

Al salir, lo primero que hice fue recuperar mi número y hacerme de un teléfono nuevo. Lo que se dice dar el tarjetazo. Tardé horas en recuperar las aplicaciones esenciales y comunicarme. Al otro día, sábado, a las 7 a. m., ya estaba en el trabajo. Tenía un teléfono nuevo que me prometí no perder. He arruinado aparatos. Los he cambiado, vendido, pero nunca perdido u olvidado. Hasta esa vez. Y en mi juicio. Joder.

Eran las 7:05 y por la puerta apareció el vato, el morro, el sujeto, el tipo que se había llevado mi teléfono. Como dije, inconfundible, moreno, cabello parado, pelos necios, la misma sudadera negra. Dejó su casco de motociclista en donde la gente guarda sus bolsas. Entró, tomó uno o dos productos, fue a caja a pagar. Lo encaré.

—Oye, ayer, como a estas horas, poco más tarde, tomaste un teléfono allá en el área de refrigeradores.

—No.

—Sí, fuiste tú.

—No.

—Sí, tenemos el video, tomaste el aparato, lo metiste en tu bolsa, compraste cosas, te fuiste.

—No, no fui yo, fue mi amigo.

—No, no fue tu amigo, fuiste tú y el teléfono es mío, así que te pido me lo devuelvas. Y si lo vendiste al menos dame el dinero.

—No, no fui yo.

—Sí, sí fuiste tú —intervino mi compañera—, tenemos el video.

Pagó su compra y se fue. Dejó su casco. Le revisé. El puro casco valía más que mi teléfono. Le dije a mi compañera: "Va a regresar por su casco".

Después de algunos minutos, entró a la tienda una señora y otro chaval. El parecido con el del teléfono era evidente. Se dirigieron a mí. La señora, claramente la madre del rastrillo de ocasión, me dijo:

—Oiga, venimos a entregar este teléfono. El mío. No queremos problemas, venimos por el casco de mi hijo. No queremos problemas.

Tomé mi aparato celular. Les entregué el casco. Se fueron. El morro aquel no ha vuelto a la tienda.

Revisé el teléfono, los datos ya habían sido borrados en el intento de hacerse de un nuevo teléfono. Perdí las fotos, los videos, algunos documentos, que es lo importante. Recuperé el teléfono de forma insólita, cuando ya había hecho el gasto de madrazo de un nuevo artefacto seudointeligente. No quedaba de otra más que venderlo y recuperar algo y así he hecho. Un teléfono inteligente volvió a las manos de un tipo que con cada día que pasa va olvidando, perdiendo la memoria, recuerdos, pero que todavía tiene suerte y algunos flashazos que le ayudan a recuperar ciertos momentos. La fe en la humanidad, esa ya la perdí hace muchos años, antes de empezar a perder la memoria. ⚅

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Foto: Nin Solís

 
 
 

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